• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

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Escuelas taurinas

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Apenas saludó, de entrada, me di cuenta de que el hombre es andaluz. Se trata del técnico que viene a poner a tono la calefacción antes de que llegue el frío que anuncian moderado (pero frío, al fin) en este Madrid todavía bullanguero. El hombre revisó rápidamente el del dormitorio y pasó luego al de la sala. Una de las nietas había dejado el televisor en el canal Sur, el de Andalucía, para ver un espectáculo de flamenco, por lo visto.

Pero ahora lo que comenzaba era La gran final –en diferido– de las escuelas taurinas de Andalucía.

—Pues, mire lo que son la cosas, ese pueblo de Armedinilla, donde se celebra el festival, es donde yo nací. Es un pueblo de no más de 2.500 habitantes, cerca de Córdoba. Todos los años tiene lugar ahí el gran concurso en el que uno de los tres alumnos de las escuelas taurinas de Andalucía, el que gane el concurso, tomará la alternativa como novillero. Son unos chavales que no pasan de los 18 años, pero que ya han hecho todo lo que corresponde a los estudios taurinos.

Cuando concluye el trabajo, el hombre se queda petrificado frente al televisor.

—Si quiere, siéntese, para ver el espectáculo…, digo.

—Eso, si a usted no le molesta acompañarme.

Es sábado, son las 5:00 de la tarde, como en el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejía” de Lorca. Comienza a disminuir la animación en la calle. ¿Qué otra cosa puede uno hacer si no es complacer a este simpático menestral?

No soy particularmente aficionado a los toros, pero ha comenzado a llamarme la atención, como a tantos, justamente ahora, su función en la vida española cuando los radicales, que comienzan a encaramarse en las alcaldías en España de la mano de los socialistas, han manifestado su intención de prohibir las corridas de toros, de abolir la llamada “fiesta nacional”. Saben del arraigo de esta tradición y quieren estrenarse de esta manera con el fin de poner los pies donde estaba la cabeza, según aprendieron en sus apresuradas lecturas de Marx.

Y conste que aunque aseguran que lo de los toros es por proteger a los animales –“esos vecinos no humanos”,  como se dice ahora– una vez afianzados en el poder, comenzarán a tratar a quienes no estén de acuerdo con sus prácticas, a los opositores, como animales de la peor calaña, según lo confirma la experiencia.

Ya comenzaron a cambiar el nombre a las calles, eliminar algunos actos religiosos tradicionales y establecer una especie de ministerio de la verdad y de otras capitulaciones para que la verdad sea la de ellos. En una palabra, instaurar lo que fue “el frente popular”.

Necesitan para ello manejar el tema de la pobreza, una vez que hayan terminado con la economía, en su afán de multiplicar el número de los pobres, ya que son su mejor clientela. Todo ello bajo el amparo de esa nueva voz, la llamada “oclocracia”, o sea, la pretensión de entregar el gobierno a las masas populares.

Pero volvamos al asunto. El espectáculo en la plaza de Almedinilla se desarrolla con la solemnidad ritual con las que se desenvuelven las corridas de toros en las plazas más famosas del mundo. Se trata de una novillada con astados, cuya diferencia con la de los toros no es mayor de la  que hay entre una castaña y una nuez.

—No hay otro camino, señor, esta es una profesión arriesgada –comenta el menestral–. Es muy grande la selección y es terrible lo que han escuchado sobre riesgo y muerte, que aunque no son tantos los toreros que mueren en el ruedo, sin embargo, nunca hay que descartar un mal fario.

—¿Y como sabe usted tanto de esto?

—Yo también anduve en eso. Pero me faltó valor, sabe usted, y aquí me tiene de jornalero. Mientras que ese chaval que lo está haciendo tan bien y a quien no creo que iguale ninguno de los otros dos, ya se ha buscado la vida, a partir del momento en que hoy le den la alternativa como novillero.

He tenido la paciencia de ver el espectáculo completo y tengo que convenir en que la enseñanza y el aprendizaje en este oficio han sido de primera en estas escuelas taurinas de Badajoz, Jerez de la Frontera y del Puerto de Santa María.

Dicen que la suerte suprema del toreo es la de la espada, pero al ver en la mano de aquellos tres muchachos, casi niños, aquel enorme estoque curvo, se me encoge el corazón. Es la primera vez que van a matar un novillo-toro y si persisten, de ahora en adelante, serán conocidos como “mataores”.

Ya, al despedirnos, le hago la observación de cuál va a ser el destino de estas escuelas taurinas, si se prohíben las corridas de toros.

—Intentan –dice el menestral–; que lo logren o que tengan tiempo para lograrlo, es otra cosa. Ni los toros, ni las procesiones, ni el Rocío, ni la Feria de abril… eso para hablar de Andalucía, no va a ser abolido. Pero que digan en Pamplona que van a prohibir los san fermines… En estos días, estos radicales descabezaron al toro de Osborne, ese que simboliza a España en carreteras y autopistas que, en el fondo, no es más que una publicidad.

—Pero ya lo recompusieron y ahí sigue y ahí seguirá el toro de Osborne que hace tan visible la España viajera. Y en Armedinilla, mi pueblo, seguirá celebrándole el concurso para dar la alternativa al mejor alumno de las escuelas taurinas andaluzas. Todas esas amenazas no son más que tormentas de verano, como ya pasó con la presidencia del tal Zapatero que dejó a España  hecha unos zorros…

Concluye así el menestral y a mí no se me oculta que lo que viene va a oscilar “entre la España y la pared”.

atanasio9@gmail.com