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Atanasio Alegre

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Churchill, gramática de una vida

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¿Quién no ha leído o escuchado alguno de esos sentenciosos juicios –convertidos muchos de ellos en auténticos aforismos– pronunciados o escritos por Churchill mediante los cuales el que ha sido considerado el inglés más importante de todos los tiempos encaminó su vida o ayudó a otros a encaminarla o sencillamente puso en ridículo a alguno de sus enemigos? ¿Quién no se ha servido alguna vez de estos aforismos de un autor tan citado como ha sido Churchill para dar un consejo, quedar bien o sentar plaza de culto en una reunión en la que se vio obligado a cerrar un asunto cuando ya su propio imaginario no daba para más, de manera especial cuando se trata de encarar dificultades?

“Nunca llegarás al final de un viaje, si te paras a tirar piedras a todo perro que te ladre”.

A Winston Churchill le funcionaron, de manera especial, para las que constituyeron las dos metas sobre las que basó su concepción en torno a la finalidad de la política: la paz y la libertad. En una carta que su hija Mary Soames escribió a Churchill, en uno de sus cumpleaños, le dice que por encima de los sentimientos de máxima admiración que siente por él como hija, le agradece, como cada uno de los ingleses, el beneficio de la libertad.

Si como insinúa su hija y es voz generalizada en Inglaterra, cabría preguntar: ¿Es Churchill el más grande los ingleses?

Lo fue, sin duda, en la llamada hora decisiva. “No odio a nadie, excepto a Hitler y eso es profesional”, dijo. Sin embargo, cuando Hitler no era todavía más que un peligro potencial, fue avisado desde la Embajada británica en Berlín de que el canciller era un blanco fácil para un francotirador, desde algún punto de las instalaciones, a la hora de su paseo diario a lo largo de la galería de la Cancillería alemana. Churchill fue enfático con los servicios secretos:

—This is not sporty.

La hora decisiva llegó cuando desplegó su estrategia al frente de las operaciones militares que terminaron dando al traste con el ejército nazi, la poderosa Werhrmacht. En esa hora se sirvió de una oratoria implacable (¿hubo alguien con mayor lustre en la Cámara de los Comunes después de Disraeli?) y de sus escritos que le valieron, más allá de cualquier discusión literaria, el Premio Nobel de Literatura, pero su gramática vital fue mucho más compleja.

Es lo que insinúa sir David Cannadine, que preside la comisión encargada de la organización de los actos conmemorativos de los cincuenta años de la muerte de Churchill. Cannadine ha publicado, con el título A la sombra de Churchill, un libro en el que reúne ensayos y documentos en torno a la figura de este hombre con la idea de fijar en sus justos términos “la britanidad” de Churchill o, lo que es lo mismo, el fundamento de su acción política, sin ánimo, en todo caso, de llevar a cabo un suerte de revisionismo sobre la importancia y el alcance históricos de este hombre.

“Sin él ni yo hubiera sido lo que soy ni siquiera hubiera estado aquí”, dice este historiador. ¿Pero lo hubiera sido Europa, e incluso lo hubiera sido el mundo?

Paul Celan, uno de los grandes poetas de aquellos días, lo vio muy claro al definir lo que estaba sucediendo en una sola expresión: “La muerte es un maestro que viene de Alemania”.

La imagen que nos ha llegado de Churchill con su sombrero de copa, a veces, borsalino, otras; el cigarro puro entre los labios de los que no lo separaba incluso cuando entraba o salía de alguna de las clínicas que solía visitar, y su afición por los mejores vinos españoles lo convirtieron en un gustador de la vida. Lo fue en la medida en que le dejaron en paz sus depresiones que le obligaron no solo a tratamientos frecuentes, sino a emprender viajes constantes durante un largo periodo de su vida para hacer frente a la disquinesia de que era víctima.

Pero de todo ello, lo que trascendió fue esa manera de habitar Inglaterra como un ciudadano cuya presencia llenaba todo el país, presente en imagen, por tanto, hasta en el más remoto rincón de Inglaterra. Y en tal sentido, no hubo actividad humana ni arte que no admirara, escritor que fuera tal a quien no conociera, o empresa artística que no admirara como lo fue la pintura, en la que con mejor o peor mano, se definió como paisajista. Todo eso le universalizó. En otras palabras, fue tan cuidadoso como celoso, de no dejar de ser noticia constante: He is still news, se dijo de él.

Y lo fue también en su hora final, en su despedida de este mundo o en la que el mundo le hizo a él. Porque nunca se había producido en la historia un sepelio al que asistieran tantos jefes de Estado y gentes de la primera fila, esos que se conocen como las cabezas coronas, aquel 30 de enero de 1965 (murió el 24 de enero) en el entierro de un hombre, después de haber sido velado en el Parlamento y oficiadas las exequias religiosas en la catedral de San Pablo, donde solamente la realeza gozaba de esta distinción en exclusividad. Fue conducido al cementerio surcando en el Hanvengore el río Támesis con una solemnidad que, de acuerdo con el cronista del momento, realzaba “las doradas enseñas de nuestra nación”

Pero hoy su memoria, quiérase o no, vuelve a estar vinculada a la aparición de los nuevos populismos que Churchill combatió, incluso donde se esperaba que tuvieran menos cabida, como en la propia Inglaterra y en la Unión Europea. La idea soterrada de todos estos movimientos, a la larga, es convertir a Europa, como antaño, primero, en un campo de concentración o en un gulag, y después en un cementerio bajo el motor de aquellas nostalgias.

¿Tendremos que contar algún día con la aparición de un nuevo Hitler y, en contraste, con otro Churchill con igual sensatez, valentía y sentido dialéctico que actúe como contrapeso en los nuevos escenarios emergentes?

El mundo ha evolucionado, o al menos es lo que parece, en dos sentidos: el de la locura y el de la sensatez, falta saber hacia qué lado va a inclinarse la balanza.