• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

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Cadenas, poeta de atisbos

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Por aquí ha pasado en estos días Rafael Cadenas, poeta del habla castellana en su totalidad y venezolano de nación, calzando como de costumbre su holgado chaquetón, ropa casual y esa manera de no estar, estando, y verlo todo, como si no quiere la cosa, a través de muy agudos atisbos. ¡Que no se me olvide mencionar ese inseparable zurrón que carga siempre en bandolera! ¿Qué es lo que llevará dentro del mismo? Pues…

Lo cierto es que aquello de Sartre de que los escritores no son ruiseñores, se cumple en Cadenas, no solo por lo del atuendo, sino por lo que escribe. Cadenas no escribe ni ha escrito nunca para recrear el oído de quien lo lea. Y si gentes de pensamiento, como Heidegger, se apoyaron en la poesía para hacer filosofía, Cadenas hace el camino inverso: se apoya en la filosofía para hacer poesía, la suya, la que ha ido trascendiendo en el momento en que ha sido necesario volver a explicar el país que tenemos. Hölderin escribió un día: “Nos toca estar bajo las tormentas de Dios a nosotros ¡sus poetas! con la cabeza descubierta”. Tormentas de las que tampoco se ha librado este poeta venezolano, que tanto las resiente, sobre todo, la de estos tiempos.

Cadenas vino a Madrid para que se escucharan sus versos durante una de esas fiestas de la poesía, y alguien –tal vez, ese incansable organizador que es Julio Ortega– movió los hilos para que se le rindiera un homenaje en la Casa de América, ¿en previsión hacia su candidatura para el Premio Príncipe de Asturias de las Letras?

Un cumplido homenaje en el que tres escritores españoles –dos y una poetisa, para ser exactos–, cada cual a su manera, explicaron a la audiencia las razones por las que Cadenas es un poeta mayor de la lengua, si bien fue el escritor venezolano Antonio López Ortega quien nos explicó a todos, incluyendo a quienes componían el panel, por qué a través de la poesía ha venido a ser, por el simple procedimiento de su escritura, el mismo Cadenas “un país llamado Cadenas” en ese empeño de derrotar la barbarie con la sindéresis.

López Ortega leyó un texto impecable, audaz, construido con esa elegancia de que suele hacer gala el venezolano cuando se decide a sacar lo mejor de sí mismo. Un texto, en mi criterio, que debe ser conocido colectivamente, no solo por el señorío que lo adorna, sino por la sabiduría que contiene.

Saber y sabor.

Al fin del homenaje, Julio Ortega invitó a Cadenas a que nos hiciera saber sobre su poesía y procederes, en conocimiento, empero, de esa manera con que Cadenas cultiva los silencios para hacerse entender.

En mi caso, creo que fue ese el momento en el que por fin he venido a saber lo que carga Cadenas en ese imprescindible zurrón pastoril que siempre le acompaña. Lleva ahí, sin duda alguna, el pensamiento mentalmente disecado de gentes como Borges, Heidegger o Ramos Sucre –y por esta vez metió ocasionalmente dentro de ese zurrón al poeta vallisoletano Jorge Guillén, de quien aseguró, por cierto, que “a Heidegger le hubiera encantado leerlo”–. ¿Por qué? Pues, muy sencillo, porque todos ellos como el mismo Cadenas han llegado a calibrar a través de atisbos, sin necesidad de montar otras plataformas conceptuales, una visión de las cosas y del eje que las mueve, que cuando cae en forma de texto en manos de lectores tan agudos –como mostró serlo esa noche López Ortega– constituyen al componerlos coherentemente no solo las delicias de quien los lee, sino la inquietud de quienes han contribuido a que las cosas hayan tomado el camino de la inoperancia. Sin saltarse, desde luego, aquel principio de Wittgenstein de que los límites del propio mundo no son otros que los del propio lenguaje.

atanasio9@gmail.com