• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

El Alirio que conocí

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Asistí por vez primera a un concierto de Alirio Díaz a finales de la década de los 70, en una sala de conciertos en Hamburgo. Interpretó ese día el Concierto de Aranjuez. Desde entonces su figura, rematada por aquella noble cabeza caroreña ya algo estatuaria en sí misma, no se me borró de la mente. Como bis, en aquella oportunidad ofreció una de las fugas de Bach que levantó al público de sus asientos.

A la salida, un amigo alemán, en conocimiento de mi procedencia, me preguntó, con ánimo de conocer todo lo que yo pudiera contarle sobre el Maestro, comenzando por una pregunta elemental, que le aclarara de dónde había salido ese monstruo de precisión interpretativa: “Es venezolano” –dije–espaciando levemente las sílabas.

Cuando trató de inquirir más todavía sobre este guitarrista que tanto le había llamado la atención, me limité a responderle que había escuchado que era un buen guitarrista, pero nunca antes lo había escuchado. Eso fue todo lo que dije y el amigo debió pensar: “Estos latinoamericanos no saben siquiera lo que tienen”.

Así quedaron las cosas, hasta que con la mudanza de los días, allá a mediados de la década de los 90, apareció por mi oficina en la Dirección de Cultura de la UCV, el maestro Alirio Díaz con una alumna italiana que se adelantó a expresar, sin más rodeos, cuál era el motivo de la visita.

“¿Cree usted que el Maestro podría dar un curso superior de guitarra, conmigo como asistente?”

Había tocado en el Aula Magna con la Orquesta Municipal bajo la batuta de Carlos Riazuelo el día anterior. A mí debió conocerme en el almuerzo que Riazuelo solía ofrecer después del concierto a los solistas al que ese día asistí.

Los cursos se programaron, pero no llegaron a materializarse, porque de regreso a Carora, donde estaba residenciado en aquel momento, desde Roma llamaron a Alirio para un programa mucho más interesante y concreto que el que estábamos incubando.

Pero fue en esa ocasión, y escuchando sus anécdotas con aquella fluidez con la que enlazaba un acontecimiento con otro, cuando supe de la vida que Alirio Díaz llevaba en el pueblecito de Candelaria en el que vivía en el alfoz de Carora.

“Lo primero que hago, antes de que amanezca, es salir armado con una grabadora al campo para recoger el sonido de los pájaros en su saludo al nuevo día. Y eso hasta que llega la hora, después del primer café cerrero, de regresar a dar cuenta de un desayuno caroreño en toda regla”. Ese fue uno de los quehaceres de Alirio, salir en busca del sonido, fuera el del canto de las aves o el de los conjuntos de arpa, cuatro, maracas y voz para recrearlo luego a su manera.

No abundaré sobre sus orígenes, su primer acceso a la guitarra, sus privaciones iniciales y demás, porque el amigo Juan Páez lo ha hecho con la donosura y el buen decir que le caracterizan en un artículo escrito a bote pronto, una vez que se conoció el deceso del maestro Alirio Díaz.

De aquella época, de todas formas, data una nota mía que publiqué sobre aquella conversación, titulado: Un Día(z) en la vida de Alirio.

Sea como sea la cosa, pienso que tiene que haber alumnos conocedores de su música, algún biógrafo, en suma, que no deje pasar por alto la peripecia vital de un hombre del que uno se llenaba de orgullo, diciendo que era venezolano. Como Salvador Garmendia, pongamos por caso, que elevó la prosa venezolana a un nivel de excelencia extrema o como el maestro Chúo Zubillaga o el poeta Alí Lameda que enarbolaron con sus logros el gentilicio venezolano a extremos tales que al hombre de a pie, cuando le toca responder a la pregunta y de dónde vienen seres como estos en razón de la excelencia exhibida, tal como fue el caso con mi amigo el alemán de marras, tengan el derecho de corregir cuando escuchen una expresión como esta: es venezolano, pero es bueno, por esta otra: Es bueno porque es venezolano. Como tantos otros que en el mundo han sido.

Ese fue el caso de Alirio Díaz que hurgaba con tanta maestría en ese pozo sonoro que viene siendo la guitarra para sacar su sonido a flote con la naturalidad con que se expresan los pájaros del campo en la tierra que le vio nacer. ¿No dijo Baremboim que la música es aire sonoro?

Pues bien, lo cierto es que uno, desde esta razonada nostalgia en la que ahora le ha correspondido vivir, no puede por menos de traer a colación el trato, (aunque no hubiera sido más que circunstancial, como en este caso con Alirio), que tuvo con otras figuras venezolanas cuya fama trascendió en su momento las fronteras nacionales o quedaron para el consumo interno. Uno –digo– cuando conoce la hora de su deceso siente como si el árbol de esos recuerdos hubiera sido desgajado de una de sus ramas, una de las más frondosas, por cierto, sumiéndole en un extraño estado de manquedad.

atanasio9@gmail.com