• Caracas (Venezuela)

Atanasio Alegre

Al instante

Aburrimiento

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A quienes nos tocó vivir aquellos tiempos del existencialismo –en su fragor y esplendor– en los que se proclamaba que el aburrimiento descubría al ser, es decir, aquello a que quedamos reducidos después de prescindir de la hojarasca de lo ritual que nos enmascara, seguimos creyendo (así me parece) que el asunto no ha perdido vigencia en el hoy y aquí de la Venezuela actual.

Con alguna frecuencia se escucha decir, en vista del curso que han ido tomando los acontecimientos, que Venezuela no ha pasado de ser un campamento minero, exhibiendo en la actualidad esa situación de despojo final.

Tal consideración es inexacta.

Hubo un tiempo en el que este país estuvo a las puertas de convertirse en uno de los llamados países emergentes, o sea, en tránsito hacia el primer mundo. Era necesario que cuajaran ciertos procedimientos, entre los que  había que incluir la disposición política de ir poniendo en manos de una juventud que ostentaba las mejores condiciones de preparación el cambio de conducción que exigía el desarrollo del país. Para eso se necesitaba tiempo. La palabra que en alemán define al aburrimiento significa al pie de la letra largo rato y eso es lo que faltó en aquel momento: paciencia para hacer frente a la espera, con el fin de que el venezolano, genéricamente hablando, dejara de aburrirse de lo que venía siendo.

¿Hay tiempo más aburrido que el de la espera en un aeropuerto por una conexión con otra línea que anuncia un retraso cada vez que se pregunta por el tiempo de llegada? ¿O el de un viajero en una estación de ferrocarril antes el persistente retraso del tren que se proponía tomar?

Pues bien, algo parecido –comparo, pero no igualo– es lo que ha acontecido previamente a los tres quinquenios después de fraguarse esa brusca sustitución de quienes se encontraban al frente del país. Al cabo de estos quince años trascurridos, quienes han tenido la disposición para hacerlo, han ido descubriendo poco a poco –y recientemente, con mayor rotundidad– qué es lo que  había y qué es lo que se perdió en el camino. Porque Venezuela no era un lugar de paso como defienden quienes lo asemejan a un campamento minero. La vida  tal como se desarrollaba aquí tenía la solidez, el regusto y el contentamiento que podía tener cualquier otra parte del mundo e incluso, como valor añadido, era preciso contar con la benevolencia del clima, la simpatía de la gente, el sentido de creatividad y la ausencia de resacas bélicas por más de un siglo. Es lo que percibían quienes habían llegado de otros lugares a establecerse aquí y a tratar de sacar su vida adelante, o como dicen los españoles, a buscarse la vida. Había un lugar para todo y para todos, incluso para quienes, en vista de la situación de bonanza, llegaron con el propósito manifiesto de delinquir. Lo bueno y lo malo tenían una medida de tolerancia, un equilibrio que, en muchos casos, servía de motivación.

Pero cundió el aburrimiento

Tres son las clases de aburrimiento –volviendo a lo del existencialismo– que distingue Heidegger: podemos estar aburridos por o en. En el primer caso, lo que aburre es dejar pasar el tiempo para tomar, por ejemplo, una conexión en un aeropuerto hasta que llegue la hora de embarcar. En el segundo caso, se trata de lugares en los que nos vemos obligados a permanecer por la razón que sea. Supongamos que decido asistir a una conferencia de alguien que tiene fama de gran figura, pero, una vez iniciada esta, compruebo que el tema y la manera como se expresa el conferenciante me decepcionan, sin embargo, una regla mínima de cortesía me impide abandonar la sala. Es claro que no tardará mucho en apoderare de mí el aburrimiento. Hay un tercer modo de aburrimiento que  Heidegger llama un aburrimiento profundo sin causa que lo determine a la vista: se trata de una tonalidad fundamental que nos descubre al mundo y el papel que jugamos en él. O sea, el sentido filosófico por la pregunta: ¿Por qué hay algo y no más bien nada?

Esa tonalidad dentro de lo acontecido, de lo que pasa y de lo que podría suceder nos anuncia, librados de la opresión de no ser lo que quisiéramos, la posibilidad de la libertad.

¿Es esta la tonalidad del aburrimiento profundo la que se desarrolla, en su mayor parte, en quienes  piensan  de forma razonable en la estructura que debería llegar a tener el país, considerado su pasado, atendiendo a su presente y proyectándolo a lo que les gustaría que fuera?

Esa tonalidad del aburrimiento que lo envuelve todo como si se tratara de una niebla, puede ser, en tal sentido, una fuente de fecundidad para el pensamiento, entre otras cosas, porque nos pone de cara ante lo que significa la ausencia de opresión, estimulándonos a organizar y programar aquello que signifique el bienestar “desde el fondo de nosotros mismos,” según la  expresión del mismo Heidegger.

No habrá que olvidar entonces que el tiempo más importante de cualquier vida es aquel que todavía falta por vivir. Cosa aplicable de igual manera a la historia de cualquier país ya que es ella, la historia, la que viene a constituir el testimonio de su vida, como es el caso de la Venezuela actual.

 

atanasio9@gmail.com