• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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Asdrúbal Aguiar

La podredumbre de nuestra “res-publica”

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Los sucesos de Venezuela, objetivamente presentados, son como son y no como busca mudarlos el régimen de Nicolás Maduro, aprovechando el instrumental de la “pos-democracia”: lo real se vuelve irreal a manos de la virtualidad comunicacional y lo falso adquiere rasgos de certidumbre. La diatriba, cree este, no es de leyes o constituciones sino de poder comunicacional e imaginación. Pero en buena hora su perifonear carece de animador o ilusionista capaz de realizar el cometido. Hugo Chávez es cosa del pasado. Su herencia envenenada desnuda el mito bolivariano y descubre la amoralidad de los causahabientes, en plena guerra de sucesión.

Luego del affaire de Aruba, de un cónsul hecho preso por presunto narcotráfico y liberado por el mismo Maduro, como de la posterior denuncia de un alto oficial de la Armada, jefe de seguridad de Chávez, señalando que el mismo falleció el 30 de diciembre de 2013 a las 7:30 de la noche y que la cabeza del Parlamento tiene vínculos presuntos con el Cártel de los Soles, es obvio que el ahora usurpador, tanto como Diosdado Cabello, corran hacia adelante y se tropiecen.

Las muertes de las cabezas de los colectivos, las cárceles y torturas de opositores, la prisión del burgomaestre metropolitano, las manidas apelaciones a intentos de magnicidio o golpes de Estado que no son tales, son los coletazos de lo esencial, a saber, la muerte moral de la república.

La herencia económica y social de Chávez, al paso no es tal como ahora se la revela, salvo la corrosión profunda de la “élite” que lo acompaña en vida –no más de 100 se dice– y la pesada deuda financiera como los desafectos que deja sobre los hombros y el alma de los venezolanos.

La palabra “transición” y el documento de fe democrática (Acuerdo Nacional) cuya firma lleva a la prisión al alcalde metropolitano Antonio Ledezma, abreboca y esbozo de narrativa para un diálogo entre quienes pueden y deben dialogar para restablecer los cánones de una vida decente en el país, unidos en sus desgracias y padecimientos, chavistas y antichavistas, son por lo visto espantos en la Casa de Misia Jacinta.

Si algo cabe hablar con la “élite” de los causahabientes, con quienes moral y democráticamente es imposible dialogar, es para exigirles se pongan de lado y hagan menos gravosa la circunstancia nacional. Pero guiada en la hora solo por la ley de la supervivencia y el egoísmo instintivo, antes que corregir el rumbo suicida que le imprime a las cosas, da rienda suelta al odio y la brutalidad anidados y acumulados dentro del propio Estado. Intenta, cabe repetirlo, cambiar y hasta destilar la realidad para que deje de ser lo que es y no la golpee en la cara, por defecto de sensibilidad en la conciencia.

No obstante, los hechos son tercos. Luego del encierro de Leopoldo López y el secuestro que sufre el burgomaestre de la Gran Caracas, de la persecución a María Corina Machado y Julio Borges, seguido del fanatismo que hace presa de un imberbe policía nacional bolivariano y lo vomita con rabia sobre la inocencia de Kluivert Roa, de 14 años, se impone volver la mirada al pasado reciente. Cabe aclarar la memoria.

El 14 de febrero de 2014, en el Día de la Juventud, se desatan los demonios dentro de la “élite” sucesora y la primera víctima es uno de sus seguidores, Juancho Montoya, cabeza de unos de los “colectivos” armados que pugnan con la Fuerza Armada gobernante por el monopolio del poder absoluto. La opción o alternativa se hace agonal: comunismo a la cubana o narco-militarismo. He allí la clave de todo lo demás.

El país sufriente, que es uno, y la misma oposición –que según algunos y el propio régimen no logra amalgamarse al ser una buena y otra radical, y hasta pedírsele el absurdo de la serenidad unitaria en medio de un terremoto de violencia desatada– tiene como coraza de protección haberse acostumbrado a vivir en libertad, pero nada más. Se abroquela tras la dignidad de una lucha quijotesca desplegada sin recursos materiales durante 15 años, dentro de una cárcel de ciudadanos que es la República Bolivariana y gobiernan “pranes” que han hecho de la ficción y del simulacro electoral patente de corso para los desafueros. No obstante, esa opinión y el Acuerdo que busca interpretarla, sin cañones y con ideas rasgan con fino escalpelo la delicada piel de los sucesores.

Mientras, la comedia del golpe sigue. Los anaqueles de los mercados y las farmacias siguen vacíos. No hay insumos en los hospitales. Caen los ingresos en 35.000 millones de dólares y las reservas líquidas no alcanzan a 5.000 millones. La moneda se devalúa en 3.600%. Debemos 147.000 millones de dólares y somos el país más violento del Occidente, por obra de la podredumbre y ante la mirada cómplice de los gobiernos de Unasur.