• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

Al instante

Entre los peligros del caos y el cesarismo

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Muy oportuna como alerta –si nos dan los tiempos que se aceleran– es la advertencia de Fernando Egaña acerca de las dos dinámicas que corren separadas en Venezuela y que, de no ser ensambladas, pueden derivar en una verdadera tragedia.

El país político, por una parte, discurre sobre una autopista que hace relación prioritaria con el ejercicio del poder y el dilema del sostenimiento –real o con doblez según los distintos actores– del hilo constitucional. En tanto que al país nacional se lo traga una espiral de violencia y crisis humanitaria sin precedentes históricos, de suyo indigna e injustificable como suerte de milagro económico al revés, si se considera que la república y su peculado dilapidan durante 17 años, a nombre del socialismo del siglo XXI, una suma anual escandalosamente superior, ajustada en proporciones e inflación, a la que gasta el Plan Marshall para la Reconstrucción de Europa y beneficio de 285 millones de habitantes.  

La pavorosa imagen de las filas de viandantes a las puertas de abastos y farmacias –por haber mudado estos en destino de frustración y rabia: mixtura de carencias y megainflación– evoca en el imaginario a quienes caminan durante la Segunda Gran Guerra hacia las cámaras de la muerte. No exagero.

La salvaje cuanto inenarrable quema popular o el descuartizamiento, ante la impávida vista de autoridades y ciudadanos, de delincuentes a quienes se les encuentra robando en una hora de necesidades y angustias colectivas extremas indica la forja de un coctel capaz de estimular lo peor; si, acaso, lo que ya ocurre no basta como para mostrar una realidad social en la que han cedido los lazos de afecto, la creencia en las reglas de convivencia común y su valoración como indispensables, en suma, la estima por la democracia profunda.

Entre tanto, el país político –gobernantes, jueces, diputados, partidos– resume su circunstancia en términos igualmente agonales pero ineficaces, dada la hora nona. Nicolás Maduro, a despecho de sus conmilitones irredentos, reconoce la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias del 6-D, por presa, su revolución, de la heterodoxa marxista del siglo XXI; que usa la democracia como medio para vaciarla de contenido. Pero ingenua es la expectativa, como se demuestra, sobre la suficiencia de la soberanía popular y su pronunciamiento para modificar la raizal cultura totalitaria del gobierno y el resto de los poderes públicos que controla, con el apoyo comprado –dicho literalmente– del Alto Mando Militar. Aquellos no ejecutan ni reconocen las funciones legislativas y de control que constitucionalmente le corresponden a la Asamblea Nacional opositora, y esta, que cuenta con la legitimidad de su voz, carece de poder material coactivo. Es presa de un catecismo irrenunciable, el de los sacramentos de la libertad y el Estado de Derecho ante un adversario que le opone la violencia institucional desnuda y arbitraria.

Lo cierto es que el ritmo palaciego de facto y el nominalismo constitucional parlamentario se cruzan en una lucha desigual mientras el paciente, los votantes del 6-D, agoniza sobre la camilla del hospital republicano, espera que sus “médicos políticos” decidan si lo intervienen quirúrgicamente por la izquierda o por la derecha.

La cuestión no es de fácil solución, por inédita; salvo su parentela con la ominosa experiencia que viven los panameños bajo el régimen dictatorial de Manuel Antonio Noriega.

Hay un hecho que, además, cabe ajustar a la prevención de Egaña. La dinámica del “país político” sigue apegada a los cánones del siglo XX, a pesar del uso desbordado que hace –la parte que domina el régimen autoritario y militarista de Maduro– de la publicidad impresa, radial y televisiva para sostener su deliberada abulia, simular unidad en medio de su fragmentación mafiosa, ganándole tiempo al tiempo. Entre tanto, el país nacional se mueve a ritmo de vértigo bajo la presión de las necesidades y el bombardeo de la información digital instantánea que procuran los millennials, articulando emociones sin darles direccionalidad cierta. Hay un caldo de cultivo que, siendo real, adquiere potencialidad mayor en el imaginario y que no espera por las resultas del diálogo parlamentario formal o del que promete la Roma vaticana con su milenaria cultura de sosiego a cuestas.

La historia, madre y maestra, salvando contextos y centurias, muestra, como lo dice Cicerón, que “no hay mar o incendio tan terrible, cuya violencia no sea más fácil apagar, que la de una muchedumbre… desencadenada” y, como lo apunta Lucrecio, que “la conducción política se hunde en la turbia oscuridad del gobierno de la muchedumbre, cuando cada cual intenta alcanzar dominio y supremacía para sí mismo”.