• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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Asdrúbal Aguiar

La narrativa unitaria venezolana de 2015

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En crónica pasada rescato la magistral síntesis que de Jean Jaurés, político socialista francés de comienzos del siglo XX, hace Romand Rolland en su libro Más allá de la contienda: Inteligencia en la unidad, pasión por la libertad.

A propósito de mi relectura del pacto opositor de 2011 (Compromiso por un Gobierno de Unidad Nacional), dije estar sorprendido por el desencuentro sucesivo de sus firmantes. Unidad en la historia, en la inclusión, en el respeto, en el diálogo, en la capacidad, en el equilibrio y en el futuro, es el desiderátum y la promesa que se hacen para luego deshacer.

Intuyo y entiendo que por la terquedad de las realidades se trataba de una declaración circunstancial, oculta tras elocuencia de sus términos. La oposición, en vísperas de un hecho electoral, cree acceder al ejercicio del gobierno de forma instantánea. Y al perderse dicho impulso y subestimarse la esencia del compromiso adquirido, ante la frustración de lo esperado sobreviene la deificación instrumental del empeño democratizador.

El divorcio alrededor de los mecanismos y formas de la experiencia democrática: elecciones, constituyente, congreso ciudadano, todos vagones de un mismo tren, toma cuerpo y se impone.

Lo cierto, por lo visto, es que la unidad alrededor de los ideales, alimentada por el afecto recíproco que se cuece en el horno de la brega cotidiana compartida, jamás se alcanza mediante arrestos de racionalidad o de idealismo puro y menos en un instante de opinión compartida, que es solo eso, un instante.

La opinión pública, lo sabemos, oscila arbitrariamente y hay quienes la fotografían en sus segundos para hacer de ellos, equivocadamente, una matriz de opinión de suyo antidemocrática y explotarla, olvidando que la democracia es opinión y decisión informada con vistas al bien común.

En 1963, Rómulo Betancourt se refiere a la unidad entre los actores de 1958. Dice que se trata de algo distinto del “unanimismo de los déspotas”. Concibe la unidad democrática como unidad en la pluriformidad, como experiencias distintas sobre el colchón compartido del sueño libertario.

La unidad de 1958, en efecto, es consecuencia de la unidad nacional en la desdicha, que no discrimina durante la dictadura y es emblema de un reclamo común compartido ante los militares, en un silencio que es grito por el respeto a la dignidad humana.

No ocurre así entre 1945 y 1948 ni entre 1948 y 1958, cuando la soberbia aneja al poder y el sectarismo hacen presa de los hombres de la Revolución de Octubre, o a lo largo de la “década militar”, cuando los mismos actores democráticos prefieren sus odios “mellizales” en una hora de confusión, de cárcel y exilio. Hasta que, desnudo el país en su realidad, tras la boutique de Caracas y cuando al resto de la geografía se lo carcomen la pobreza y la prisión y caen los ingresos petroleros, sobreviene primero, antes que la unidad de los dirigentes, la unidad en la humillación colectiva.

Las colas de venezolanos, sin distingos sociales ni de adhesiones políticas, en las puertas de los mercados y farmacias para procurarse productos que no hay; la inflación y la escasez siderales; la entronización de la cultura de la muerte y la violencia; la transformación de nuestra moneda en “billetes de monopolio”; el ofensivo desplante hacia el pueblo sufriente por quienes lo miran desde sus púlpitos de opulencia en Miraflores o la Asamblea y anegados de cinismo  afirman que ¡hacen cola los venezolanos porque tienen dinero!, es lo que provoca esta vez y en hora buena la unidad de los agraviados en el sufrimiento compartido, como estado de conciencia.

Parece que desde abajo hacia arriba, en forma de ósmosis y en medio de la turbulencia antidemocrática drena, sobre los líderes de la oposición, la unidad como obra de la inteligencia.

El documento de este 23 de enero, que en su frontis autentican con su fotografía Antonio Ledezma, María Corina Machado, Julio Borges, Henrique Capriles, “Chúo” Torrealba, entre otros más quienes son testigos de los que han perdido su voz encarcelados –como Leopoldo López– o condenados al ostracismo, revela una clara comprensión de que las alternativas constitucionales de lucha son todas legítimas; que el entramado social y la participación política no son el monopolio de ningún sector social o partidario; que la unidad es la del pueblo en sus principios y en sus valores y la cruzada no es contra el pueblo sino contra un régimen totalitario que es el caos y mal puede, por lo mismo, resolver el caos.

El desiderátum es un pueblo ávido de prosperidad, propiedad, trabajo, y solidaridad; que reclama un Estado decente, austero y servidor; un pueblo sinfónico, de diversidad en la armonía, con una democracia sin apellidos y como estilo de vida, que celebre nuestra complejidad tanto partidaria como en redes de su organización social y de base.

¡Pasión la libertad, inteligencia en la unidad, es la consigna!