• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

Al instante

Entre el diálogo y la complicidad

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La suma calificada de los venezolanos se encuentra mineralizada alrededor de una premisa: el régimen que Nicolás Maduro comparte con Diosdado Cabello es un fracaso monumental. Es un pozo de aguas infectas que condena la opinión pública mundial. Cabe, diría Rómulo Betancourt, construir a su alrededor un cordón sanitario. Y eso piensan, incluso, quienes aún siguen leales a la memoria del fallecido Hugo Chávez Frías, el causante.

La realidad es esa sin matizaciones. Más allá de las críticas que nos merezcan el mismo Chávez o el matrimonio morganático en el que se empeña con tozudez, al fundir los catecismos intelectuales de Bolívar y Marx; tanto como lo procura a su turno el propio Castro, entre Marx y José Martí.

De modo que, cuando algunos analistas o aspirantes de la política doméstica insisten en que el país se encuentra dividido en dos pedazos irreconciliables que pugnan, atribuyéndole a ello el origen de nuestros males y para proponer como terapéutica la construcción de nuevos consensos o acaso una cohabitación entre partes, yerran por interés o defecto de perspectiva.

Lo que hoy se observa a todas luces es una unidad nacional de voluntades que desborda los espacios de utilidad o las parcelas políticas culturalmente hipotecadas. Ella demanda desesperada y en unidad salir del camino que nos lleva hacia el abismo; y es una unidad sobrevenida, es verdad, producto, sí, de una circunstancia: la de los estómagos, que no discriminan. Pero es unidad y no más una torta partida en mitades, según se afirma, pues el fracaso de la revolución y la rebeldía de los herederos se lleva por delante a toda la población, y a los revolucionarios. Esa unidad, sin discernimientos mayores, quiere y pide cambio. ¡Ya basta!, es el grito rabioso que resume la crisis venezolana y que todos a uno, en buena hora, ponen su mirada y desenlace en términos pacíficos y constitucionales en el voto como único espacio de libertad limitada que a todos nos queda, el 6 de diciembre.

La confrontación agonal, que si acaso la hubo y todavía la hay y cabe resolver en lo adelante –entre quienes siguen atados a la perspectiva cultural positivista, justificante del gendarme necesario o el padre bueno y fuerte que por todos vela y diluye nuestras falencias como sociedad pretendidamente madura, por una parte, y por la otra quienes, montados sobre las autopistas de la modernización aspiran a tener proyectos de vida propios y realizarlos con autonomía cabal– es algo que está allí. Medra desde nuestro ingreso con retardo al siglo XX y todavía nos divide. Pero esa divisoria de aguas ha sido felizmente postergada por la emergencia, por la conciencia común acerca de una tragedia sin alternativas de drama a la que cabe ponerle coto. Y por haber muerto nuestro último hombre a caballo.

Dos realidades inmediatas, si en ello queremos insistir, muestra el panorama nacional. La de un gobierno que se desmorona y es víctima de la desesperación, que medra sin aliento popular, atomizado entre clanes y “pranes”, ahogado en la ciénaga de su amoralidad y enfrentado al pueblo en su conjunto; sin querer respetar su salida democrática porque tampoco encuentra la suya; que no sea la cárcel o el ostracismo. 

Así, quedan atrás y por lo pronto, dentro del contexto de la crisis humanitaria en curso y en vísperas de elecciones, la rémora bolivariana que desde antaño se niega a la construcción de “repúblicas aéreas” –civiles y civilizadas, de suyo democratizadoras del poder– y le da fundamento a los liderazgos fuertes que conoce nuestra historia de traiciones y de patadas.

José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, y Marcos Pérez Jiménez, endosan las espadas y se hacen caudillos, y nos mandan. Y durante la segunda mitad del siglo XX –antes de que Chávez abra y cierre su período generacional y político de corte regresivo– las levitas y plumas de nuestros alfareros democráticos, Rómulo Betancourt y Rafael Caldera, otro tanto hacen desde sus partidos y también los mandan, pero para enseñarnos a mandarnos como colectivo. Pero el molde del “César democrático” se ha fracturado, quizás en espera de otro.

Por lo pronto, cabe un diálogo nacional entre las víctimas de tanto desasosiego, quizás para que nos vacune contra otro gendarme y ese es el desiderátum.

Pero se trata de un diálogo de la nación con la nación misma y jamás con sus victimarios. Lo ha dicho Chúo Torrealba y lo dice bien Juan en su segunda Carta –antesala del Apocalipsis: “Si alguno viene a ustedes y no transmite la doctrina –no practica el amaos los unos a los otros– no lo reciban en casa ni lo saluden, pues quien lo saluda se hace cómplice de sus malas obras”.

 

correoaustral@gmail.com