• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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El ayuno de Leopoldo

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Muchos refieren la huelga de hambre al testimonio que deja en vida Mahatma Gandhi. Es forma de resistencia pacífica contra la opresión.

Pero mirando el contexto y la experiencia venezolana de Leopoldo López y Daniel Ceballos, que practica antes el burgomaestre metropolitano hoy privado igualmente de su libertad, Antonio Ledezma, pienso que sus huelgas respectivas remiten al ejemplo del ayuno citado por los Sagrados Textos.

El ayuno o la huelga de alimentos es, por principio y primero que todo, un ejercicio de introspección. No mira tanto a los signos exteriores como al encuentro del ayunante consigo mismo, con sus ideales y lo que le trasciende. De modo que su comportamiento posterior, al hacerse visible a manera de consecuencias, adquiere autenticidad ante los otros. Es renuncia, es desprendimiento, es ejemplo que irradia, puesto que parte, justamente, de la entrega total, ajena al egoísmo, procuradora del bien común.

Los antiguos griegos hablarían de lirismo, del brotar de lo más íntimo del ser del artista que recubre o se refleja en sus obras de arte, más próximas a los sentidos.

El objeto de la huelga de hambre de Leopoldo –Daniel la concluye y la de Antonio queda en el lejano 2009– es cabalmente legítimo, y también su medio. Sin embargo, por respetar y tener presente esa intimidad que es originaria en la decisión de ayunar y solo puede valorarla él, como ayunante, cabe decirle que la huelga de marras nunca debe ser estéril. Y ese puede ser el riesgo sí, como “penitente”, se propone con ella doblegar a los otros en una pugna meramente voluntarista.

Forzar al autoritarismo del régimen de Nicolás Maduro para llevarlo hacia su desenlace democrático sin lograrlo, en lo inmediato, antes de que el “penitente” fallezca, es un despropósito. Pasaran los días y llegará Leopoldo hasta el punto exangüe.

Hacerle huelga a Maduro también es ocioso, si se confirma que el verdadero poseedor del poder dictatorial es Diosdado Cabello o Raúl Castro. Mas, uno u otro que sea el destinatario de tan admirable ejercicio de disciplina interior, hecho mensaje en la carne y huesos del líder de Voluntad Popular, la ejemplaridad de su huelga o ayuno se agota de realizarla ante quienes son hijos de la muerte. No olvidemos que los nombrados cogobernantes se hacen del poder y lo sostienen mancillado la dignidad del pueblo, derramando sangre inocente sin titubeos, para luego purificarlo a través del voto democrático.

Es llegada la hora de que Leopoldo suspenda su ayuno. Y no le pido que lo haga por su madre Antonieta, o por la valerosa Lilian o los hijos de ambos, pues ese pedido llega de manos de los expresidentes Pastrana y Quiroga. Se lo demando como amigo, para que su animi cruciatus (aflicción del espíritu) o huelga se preserve en su esencia y no la vea, si la ve, fútil en los hechos.

La huelga de Leopoldo –¡tu huelga, querido Leopoldo!– es un activo de lucha ya forjado. Es ayuno tu huelga, no debes olvidarlo. Y el ayuno es extraño a la mundanidad procaz o circense, que solo busca tocar la emoción de la galería. Es la huelga de hambre, bien entendida, una expresión de conversión personal y del colectivo que la sigue. Es un desafío ante el propio ayunante, un encuentro secreto con sus ideales, enseñanza y encuentro con quienes son depositarios de dicha enseñanza, y es esperanza viva de liberación.

Éticamente no está permitido al ayunante hacerse el mal para obtener un bien, es decir, llevar la renuncia, el sacrificio, más allá del límite que le impone el respeto de todo aquello que le es indisponible por sí mismo y por ser hombre, a saber, su salud, la vida, la existencia perfectible, no perfecta. 

No somos dioses. No debemos ceder a la tentación de repetir en nosotros el Gólgota. Y quienes se han endiosado dándole muerte a Dios –Hitler, los Castro, los Chávez, los Cabello– ven a sus semejantes como materia de caprichos, huérfanos de dignidad, despreciables.

La huelga que has acometido y la cárcel a la que te encuentras sujeto, Leopoldo, ha dado frutos generosos. Hay un despertar en Venezuela. La comunidad internacional que forman la opinión silvestre de nuestras sociedades y es distinta de la miopía utilitaria de los “políticos de oficio” como de los palacios de los mercaderes del Estado, o de quienes reducen el periodismo a un sincretismo de laboratorio, es finalmente sensible a la orfandad que sufre el pueblo venezolano.

Y ese pueblo, Leopoldo, ayuna ahora junto a ti pues le faltan los alimentos, es verdad. Al verte luchar desde tu prisión militar, no obstante aprende que la libertad para imaginar y decidir su futuro no depende de lo que se transe en mesas de ignominia o con gobiernos extranjeros o de lo que decida un régimen que nos ha abochornado con pecados de lesa humanidad.

 

correoaustral@yahoo.es