• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

Al instante

Urge reconstituir a Venezuela

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Hablo de reconstituir la nación como imperativo de la hora actual, evitando prevenciones y dogmatizar sobre los medios. Ya que, si hablo de constituyente, no pocos tacharán mi tesis como parcial y los árboles impedirán mirar el bosque.

Que lo primero sea poner de lado el obstáculo más ominoso –ora Nicolás Maduro, ora el inconstitucional Tribunal Supremo forjado por el “pequeño Nerón” Diosdado Cabello– y, al efecto, demandar de aquel nos presente prueba de no ser colombiano o acaso revocarle el mandato o reducírselo, y a sus jueces despacharlos por colusión y corrupción, importa y mucho, pero no es lo fundamental.

Todas las vías que se dispongan para la ordenación social y política de nuestra anomia, siendo constitucionales mal pueden excluirse. Cada una ocupa un vagón distinto dentro del ferrocarril de nuestra historia por hacer. Y como la política es hacer posible lo deseable, las circunstancias y la voluntad dirán que vagón calza mejor, al término, con el andén y la puerta principal de la estación que nos espera.

Insisto, pues, en lo vertebral. Cabe desnudar, si acaso el propósito es darle viabilidad integral a Venezuela, la gran farsa constitucional que seguimos viviendo.

Aprobada la Constitución de 1999 –suerte de tienda por departamentos que junta formas autocráticas y totalitarias de poder con expresiones inflacionarias y nominalistas de derechos humanos– la mayoría de los votantes que la aprueba es, en su momento, una minoría dentro de la mayoría con derecho a voto: 80% del 40% que acude a las urnas y se casa consigo mismo.

Ese esfuerzo constituyente fue una pérdida. De nada le ha servido al país para situarle, con pie firme y en su diversidad, en los predios del siglo XXI. Y para su autor, el fallecido Hugo Chávez, significa un mero comodín, dispuesto como táctica para vaciar de contenido la experiencia civil y democrática que llena la segunda mitad del siglo XX y reducir nuestra historia a la nada. Su objeto es, a fin de cuentas, comenzar la historia desde cero y reemprender la obra cesarista de dominación que visualiza y no concluye Simón Bolívar. ¡Una verdadera esquizofrenia paranoide!

Mientras tanto a esa mayoría que se muestra indiferente poco le importa que sea violada de modo contumaz la Constitución, o que se le haga decir lo que no dice, sobreponiéndosele la razón revolucionaria.

Lo paradójico es que aquella, sin saber de qué se trata o qué modelo o narrativa expresa la Bicha –así se la llama– redactada y enmendada por el propio Chávez y validada por su Asamblea Constituyente de circunstancia, más tarde la asume como su catecismo. Pero lo usa, igualmente, como comodín, para oponerlo al gobierno en modo tal de dejarlo en evidencia como régimen de la mentira.

El saldo no puede ser más ominoso. Quienes violan la Constitución durante 17 años de forma sistemática, ahora critican a sus detractores y opositores políticos por irrespetarla y no acatarla; obviamente, no en su texto formal u ortodoxia sino en sus interpretaciones de conveniencia sentadas desde la práctica judicial servil. Entre tanto, quienes no la acompañan en su nacimiento y la rechazan en la hora lejana o no les importa, hoy se empeñan en hacerla valer a rajatablas.

Hasta la saciedad he dicho que la vigente Constitución jerarquiza el Estado por sobre la personalidad del hombre y mujer venezolanos, cuyo desarrollo es atributo de este (artículo 3); se propone forjar al venezolano bajo un patrón ideológico unilateral –el bolivariano– (artículos 102 y 1) que de suyo niega, en lo real, el pluralismo democrático; y para ello instrumenta un totalitarismo comunicacional de base formativa para dichos fines (artículo 107). Todavía más, según ella, el presidente de la República es el dueño de todo y de todos (artículos 185, 203 in fine, 236-6, 236-20, 240, 252,322, 323, 326, 337).

A fin de cuentas, tras una retórica constitucional y legalista discurre un juego de ping pong entre la Asamblea opositora civil, y la dictadura sin disimulo residente en el Palacio de Miraflores y en la que alguna vez fuera casa de la Justicia. Mas, lo que parece preocupar al común no es el Estado de Derecho, sino la venida del Mesías –déspota de caponas y armado o uniformado con camisa tatuada de insignias y con gorra de beisbolista– que resuelva, de una vez por todas, el drama del “bachaqueo”, la hambruna y la inseguridad.

Pero esos problemas se han hecho gravosos, justamente, por obra de una narrativa que prefiere prohijar el autoritarismo y la arbitrariedad e impedir la emancipación popular. Y eso, tan elemental, no logramos discernirlo. Reconstituirnos y encontrar equilibrios para la convivencia civilizada –que las reglas de juego encarnen en la conciencia nacional– es lo importante, que no lo parece.