• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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Operación limpieza

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Para rescatar los derechos humanos violan derechos humanos. Es ese, no otro, el desiderátum de la llamada OLP, siglas que evocan las acciones de violencia armada paramilitar que pone en marcha la Organización para la Liberación de Palestina durante los años 60 y 70 del siglo XX.

En el caso de la diarquía gobernante en Venezuela, la Operación Liberación del Pueblo se inscribe en una lógica idéntica, el exterminio del enemigo. No cabe la detención ni el procesamiento penal de quienes delinquen. Procede barrerlos como escoria de la sociedad. Las cifras oficiales ya hablan de 22 muertos, más de dos docenas de ejecutados por las armas oficiales en pocas horas.

La cuestión revela el grado de postración moral a la que ha llegado la “cosa pública”. La polaridad del amigo-enemigo permea, incluso, hacia los ámbitos en los que el mismo gobierno alcanza discernir como políticos o económicos. No por azar apela a la imagen de la guerra económica para tapar sus omisiones.

El efecto no es otro que la división social, la fractura del afecto societario, en suma la pérdida colectiva de la identidad que nos hace pueblo: “El plan estratégico debe considerar que hay un enemigo”, afirma Hugo Chávez en 2004.

Pues bien, dentro de este contexto o cosmovisión casera no cabe patria que fragüe, menos experiencia democrática, pues se trata de la hobessiana premisa del todo contra todos.

Lo paradójico es que los enemigos de data reciente – los colectivos populares – no son aquéllos que fija como tales el chavismo durante la última década y algo más. Es su propia gente, son sus seguidores, quienes ahora, superada la “ilusión revolucionaria”, están incómodos y no asimilan la realidad pos-Chávez. Ahora son traidores, por distanciarse del proceso o manifestar su desencanto. De Henry Falcón, gobernador del Estado Lara, el propio difunto, llegado el momento, dice que “a ese traidor lo vamos a convertir en polvo cósmico”.

No cabe, así, dentro de la lógica revolucionaria, el planteamiento de Francisco, a quien algunos marxistas de la región consideran prójimo y para quien la política implica un ritual de “reciprocidad en una historia familiar y en una identidad colectiva (donde la lucha por la democracia como estilo de vida y sistema de gobierno no termina allí, sino que se transforma también en una lucha por la inalienable dignidad de la persona humana)”; escenario intelectual dentro del que no cabe, por ende, la “civilización del descarte”.

La cuestión es que en el origen de esto están las aguas podridas de las que se alimenta la experiencia que conoce nuestro país desde inicios del siglo corriente, transformadas en remolino que se engulle a sus propios contaminadores.

Nada bueno podía salir del pacto con la narco-guerrilla suscrito por el causante de Nicolás Maduro en agosto de 1999 y hace mudar nuestra débil institucionalidad en narco-Estado, y le hace eje fundamental del negocio de los estupefacientes en el mundo.

Las cifras son reveladoras. Y no hablo de las toneladas de cocaína que de tanto en tanto son atajadas en puertos y aeropuertos extranjeros, procedentes de nuestra geografía bajo la ley de la selva. Apunto, mejor, a la instalación de la “cultura de la muerte” entre nosotros, en tiempos de bonanza económica – no me refiero al hoy, cuando el agua llega hasta el cuello y hierve dentro de una paila demoníaca – y en una espiral inflacionaria de víctimas que salta en escalera: 4.500 homicidios en 1999, 24.980 homicidios en 2014. La vida, como dice el pueblo llano, nada vale; caras y escasas, si son, las medicinas y los alimentos.

De modo que, cuando se observa a los responsables de esta tragedia que deriva en holocausto celebrar la “operación limpieza” en marcha – excluyo a las familias de las víctimas en las que es explicable demandar el ojo por ojo, diente por diente – y a la sazón decir que garantiza derechos humanos; y al demostrarse que es obra de una circunstancia facciosa (el monopolio de las armas que reclama la Fuerza Armada tutelar del poder presidencial vs. los colectivos populares de defensa de la revolución o círculos bolivarianos del terror, creados por Diosdado Cabello, Freddy Bernal y Juan Barreto), no puede uno menos que temblar de pánico.

Las manos de Stalin, reza la prensa de 1938, llegan hasta Barcelona, España, dónde las fieras revolucionarias se devoran entre sí: “Los que ahora sufren como víctimas, hicieron sufrir como verdugos despiadados, a muchos seres inocentes”.

En una democracia, desafío que esta vez tienen los venezolanos a fin de reconstruir a la Nación, con escala el venidero 6 de diciembre, todo Estado y gobierno tiene el derecho y asimismo el deber de castigar el delito; pero dentro del marco de un escrupuloso respeto a los derechos humanos y bajo leyes democráticas.

correoaustral@gmail.com