• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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Negociaciones de paz en Venezuela

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Hay quienes insisten, con sus razones, en la urgencia de un diálogo entre los venezolanos. Ponerle fin al despeñadero institucional y socio-económico que sufre el país en su conjunto, antes de que la explosión social e intestina gane todo el territorio, es una de ellas.

Esa proposición es común a los observadores extranjeros y algunos la resumen en la prédica de encontrar puntos y espacios para la conversación con el chavismo, que tiene secuestrado al país y urge liberarlo.

El énfasis o la forma de postulación del diálogo, incluso en el mismo momento en que la emergencia ya golpea en nuestras narices y nos arrastra, revela, sin embargo, una admirable capacidad para la mimetización. Nos metemos y vivimos la tragedia sacándole ventajas, como para no verla. Como para que nos maltrate lo menos posible, disimulándola: ¡estamos al borde!, ¡a punto de violencia!, ¡a las puertas de una crisis humanitaria!

Lo cierto es que no estamos a punto sino en el punto; y al no asumirlo como tal, ni propios ni extraños se convencen de lo profunda y arraigada de nuestra tragedia nacional y hasta la consideran pasajera. De allí que el diálogo sea lo que sugieren estos para resolver la cuestión que nos embarga, incluso el papa Francisco.

Creo, no obstante, que el asunto es más grave y complejo. No basta con dialogar.

Vivimos los índices más elevados de violencia e inflación económica del mundo, tanto como somos aliviadero del terrorismo y domicilio principal del narcotráfico a nivel internacional; y el gobierno Maduro-Cabello, por su parte, no resuelve sino que se rige por el catecismo de las mafias a la hora de premiar o castigar. Pero, aun así, se machaca que ¡estamos a punto!, que no exageremos.

La verdad es que más allá de nuestra realidad ominosa y vergonzante los venezolanos estamos siendo interpelados por una consideración de base que mal podemos seguir postergando. ¿Se trata de dialogar o es posible dialogar democráticamente con el o los dictadores de turno o con los jefes del narcotráfico, y con ellos resolver lo coyuntural? Por lo pronto, en Colombia lo hace Juan Manuel Santos. Pero cabe preguntarse si acaso ¿se trata un diálogo entre pares, o mejor es un armisticio o probablemente un arreglo impuesto, en virtud de que Santos venció a la narco-guerrilla o esta a él?

Vista la situación venezolana, esa reflexión en paralelo no basta, ya que lo ocurrido y lo que padece nuestra población –incluida la chavista– es obra de un presupuesto cultural que nos rezaga y mantiene como presas de nuestro primitivo siglo XIX. En otras palabras, dos colectividades antagonizan y no se reconocen, una por aferrarse a la tradición del “gendarme necesario” –el padre bueno y fuerte que resuelve por todos y cobra como precio del bienestar la pérdida de las libertades– y la otra, hechura del siglo XX, que empuja por ampliar su modernización e integrarse al siglo XXI, al desafío de la libertad responsable.

Venezuela excluyó a buena parte de su sociedad moderna en 1999 y ha estado purgándola de su seno durante los lustros sucesivos. Prefirió resucitar el mito de El Dorado e impuso un texto constitucional solo con apoyo de la parte ávida de que Hugo Chávez Frías resolviese por ella y hasta pensase por ella. No es la vigente Constitución una síntesis o denominador común nacional capaz de contener la pluralidad de cosmovisiones existentes, dentro de un marco claramente democratizador.

Pues bien, que una nueva mayoría ahora sea contraria al matrimonio morganático Maduro-Cabello con vistas al 6-D y sus elecciones parlamentarias, es una cosa, apenas fundada en las carencias inmediatas y evidentes. Distinto es solucionar las cuestiones de fondo que han provocado el deslave de aguas envenenadas que hoy nos empapan. Y ello cabe abordarlo.

Se trata, luego del 6-D, de alcanzar una paz fundada en la convivencia y anclada en valores fundantes mínimos compartidos entre todos los venezolanos; que le den nueva tesitura a esa identidad que se nos ha diluido por efecto de un presente que decidió romper con su memoria histórica y le resta su carácter tensional con vistas al porvenir.

No se trata de dialogar con quienes son los responsables de nuestras desviaciones y nos niegan la madurez como pueblo, corrompiéndolo a diario. Y si esos diálogos proveen consensos, menos sirven, pues los consensos, dada su naturaleza, provocan entendimientos por el rasero, por debajo, dando lugar a sincretismos de laboratorio. Todo lo relativizan en el plano de la moral.

Se necesita en Venezuela de una auténtica negociación de la paz, entre sus gentes y con apoyo en una exigencia de “justicia transicional”. Colombia y Centroamérica han entendido esto, luego de los muertos que les dejan sus guerras domésticas. Nuestros muertos las superan, y en demasía.

 

correoaustral@gmail.com