• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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Insulza, haga silencio

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“¡Siga en silencio, señor Insulza, por respeto a los muchos muertos, heridos y presos venezolanos que pasaran ante sus ojos!”.

La OEA nace en 1948 como una suerte de refundación del Sistema Interamericano. Ancla sus orígenes en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, de neta inspiración mirandina.

Cambiando lo cambiable, es propósito común de ambos hitos en la historia de las Américas la defensa de la república democrática y su protección mediante el esfuerzo colectivo de todos los gobiernos. A la vez, y como consecuencia, la no intervención cristaliza como uno de los ejes del derecho internacional americano, que sensiblemente se ha desfigurado como principio por el hacer de distintos gobernantes, ignorantes u oportunistas, quienes la asumen como un muro de contención para sus despropósitos políticos y autoritarios, blindándolos tras la idea medieval de la soberanía o apelando a la reserva de los asuntos internos de cada Estado.

Se olvida de tal modo que la no intervención es la garantía vertebral de lo republicano y su intangibilidad, para purgar eventuales movimientos extranjeros e incluso domésticos que pretendan la resurrección de las formas de gobierno monárquicas, tal y como se lo propone el mismo Simón Bolívar con su Constitución de Chuquisaca, hecha el mismo año en que se adopta el pacto anfictiónico panameño. América para los americanos indica nuestra ruptura y separación definitiva de los modelos políticos del viejo mundo.

Luego de la Conferencia de Bogotá, donde Venezuela es representada por el expresidente Rómulo Betancourt, el compromiso con la democracia –de allí el llamado “cordón sanitario” alrededor de las dictaduras– adquiere otra vez su talante como principio estructural, que mal pueden trastocar el voluntarismo de los gobiernos o el dictado incidental de las mayorías populares.

De modo que, la no intervención, como regla, se hace compleja para significar hoy la libertad de toda nación y de todo pueblo para darse, democráticamente y sin interferencias, un sistema político y económico dentro de la pluralidad de opciones que ofrece la misma democracia, como contexto inmodificable.

Esto es así, no de otra manera, a pesar de lo que opina José Miguel Insulza, médico forense y enterrador de la OEA. Cree no superado, aún, el sistema internacional de Estados paritarios y absolutamente soberanos que rige antes y durante las grandes guerras del siglo XX; cuyos gobiernos disponen con total arbitrariedad del destino de sus pueblos bajo la mirada inerme de la burocracia internacional, como la que tuvo bajo su cuidado a la célebre Sociedad de las Naciones.

Olvida Insulza que sobre la dramática experiencia del nacionalsocialismo y el fascismo, que paren el Holocausto y llevan a millones de víctimas inocentes hasta sus hornos crematorios o campos de concentración, luego de 1945 se imponen las ideas del bien común universal y el orden público mundial, reflejadas en la Carta de San Francisco. En lo sucesivo los Estados y sus mandatarios no pueden tremolar sus soberanías para encubrir con impunidad sus violaciones de derechos humanos, entre estos el derecho a la democracia y al Estado de Derecho, que los aseguran en su vigencia y efectividad.

En las manos de Insulza, sea por oportunismo, sea por ignorancia o desviación ideológica, se disuelve la Carta Democrática Interamericana con argumentos propios de la primera mitad del siglo XX. De sus manos, por lo mismo, reingresa Cuba –abierta dictadura interventora– al Sistema Interamericano, y cohonesta los 180 atentados que al orden constitucional y democrático le infligen Hugo Chávez y su causahabiente, Nicolás Maduro, desde 1999.

A manera de despedida, quizás con la conciencia cargada y a punto de jubilarse, pretende el secretario de la OEA, tardíamente, afirmar lo que ya saben las miles de víctimas que a su paso deja la malhadada revolución bolivariana: No hay diálogo posible ni democrático o con destino cierto allí donde una de las partes empuña las armas y mantiene tras las rejas a sus adversarios políticos, por cultores de la democracia.

Tarde, pues, llega Insulza. Es preferible que, por vergüenza o como acto de contrición, guarde silencio; ese que lo acompaña durante la última década de agresiones manifiestas a la democracia en las Américas, sobre todo en Venezuela. ¡Y es que en silencio se frota las manos mientras los gobiernos de Ecuador y Venezuela montan su conspiración para dejar en tetraplejia a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos! Y silencio mantiene mientras los citados gobiernos reescriben a su antojo la “cláusula democrática” en sede de la Celac y la Unasur, para hacer de ella derecho de los gobernantes y no derecho de los pueblos que tales gobernantes se obligan a respetar.

¡Siga en silencio, señor Insulza, por respeto a los muchos muertos, heridos y presos venezolanos que pasaran ante sus ojos!

correoaustral@gmail.com