• Caracas (Venezuela)

Asdrúbal Aguiar

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César Miguel, víctima de la tiranía

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La reciente Declaración de Bogotá, firmada por 32 ex jefes de Estado y de Gobierno –Jamil Mahuad, de Ecuador, la endosa por pedido expreso que lo ennoblece– deja constancia del quiebre democrático venezolano y lo certifica. El cierre progresivo de la frontera, la condena de Leopoldo López a contrapelo de los reclamos de la ONU, los desafueros del capitán Cabello como primer victimario de la prensa libre, y el secuestro de las garantías electorales por las escribanas de Nicolás Maduro en el Poder Electoral, hacen evidente la cristalización de la dictadura.

También el tiempo de la simulación, del régimen engañoso que manipula la legalidad para hacer de la ilegalidad su fisiología y base del comportamiento cotidiano del Estado, llega su término; peor aún, la dictadura avanza hacia la tiranía. Y no es exageración.

De dictaduras, en especial de dicta-blandas, tenemos larga experiencia los venezolanos. Las de Carlos Delgado Chalbaud y los inicios de Marcos Pérez Jiménez con la Asamblea de 1952 son paradigmáticas del último fenómeno; pudiendo decirse lo mismo, al respecto y entre comillas, de los gobiernos democratizadores de López Contreras y Medina Angarita. Pero Pérez degenera en dictador y son típicas dictaduras, a comienzos del siglo XX, las de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. El último asume el poder y dice: ¡De aquí no me saca nadie, sino mi Dios que es el verdadero! Es el paradigma del padre tutelar de la provincia ultramontana.

Sea lo que fuere, con el intersticio de la democracia de Puntofijo que dura algo más de una generación, 40 años, nuestros gobernantes militares o los civiles en turno que ejercen el poder por voluntad de los primeros, mediando cárceles, exilios, presos engrillados y una prensa a la medida, todos a uno se comportan como “gendarmes necesarios”. Asumen ser guías más que servidores. Ven incapacidad en el pueblo para disfrutar con madurez del bien de la libertad. Esa es, incluso para nuestra tragedia, la matriz pedagógica que nos lega Simón Bolívar y que apenas recrea a inicios del siglo XX, con su pluma diestra, don Laureano Vallenilla Lanz.

Las tiranías –aquí sí– nos eran extrañas a los venezolanos hasta cuando Hugo Chávez decide fracturar el molde de nuestra cultura pactando con el narcotráfico colombiano y provocando la muerte moral, como paulatina, de la república. Y a la par, dejando que nuestra geografía sea violada en su virginidad ante su mirada pervertida de voyeur.

Se hacen del cuerpo de la patria nuestra los hermanos Castro –criminales cubanos hoy exorcizados por un sino de los tiempos que corren– mientras en silencio y a su vez lo rebanan desde Oriente los gobiernos guyaneses y desde el sur, Lula da Silva y su heredera.

Comparto, pues, la reflexión que otrora hace el ex presidente dominicano Leonel Fernández, al pedir de los suyos distinguir entre una dictadura y una tiranía, que de ordinario son metidas en el mismo saco.

Al dictador romano se le hace depositario del poder (magister populi) por el Senado, con el propósito de salvar a la república. El tirano, antes bien, abandona el rol de protector de su pueblo para hacerse déspota y criminal. De allí la expresión célebre, de origen griego, que ocupa a la escolástica medieval: el tiranicidio.

La cuestión, sin embargo, mejor apunta o se entiende en términos contemporáneos por sus consecuencias. La degeneración del régimen autoritario en despótico dada su colusión con la criminalidad. La tiranía es expresión acabada de incivilidad: es la “asfixia intelectual” –léase moral– de la que habla Leonel y es primacía de los instintos. En efecto, hasta en las dictaduras se sostiene, con sus desfiguraciones, la razón política o la idea del bien común. La tiranía cosifica. Le resta todo sentido a la dignidad de la persona humana. En ella priva algo más que el tanatos –o la muerte– y cede el eros, el amor por el prójimo. La muerte sin violencia, descriptiva de la primera expresión, le deja su espacio a las keres: al dominio de las hermanas amantes de la sangre.

Pero vuelvo a lo esencial. Dejo atrás la violencia fronteriza o los crímenes de Estado que marcan la “revolución” de Maduro y Cabello, a fin de reparar en lo sintomático de su tiranía en comandita, como el pedido de la canciller Rodríguez a su homóloga colombiana de controlar a la prensa, de callarla. O la amonestación con tinte discriminatorio que se le hace a César Miguel Rondón –venezolano nacido en México durante el exilio de su padre, el eminente luchador democrático César Rondón Lovera– por dejar que el alcalde de Cúcuta hable a sus anchas y horade aún más el ganado desprestigio de la diarquía gobernante.

La tiranía en Venezuela es, en suma, asfixia del pensamiento. Y cabe derrotarla.

 

correoaustral@gmail.com