• Caracas (Venezuela)

Arturo Serrano

Al instante

¡El puente es mío!

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Recuerdo que hace mucho tiempo leí una crónica de José Martí, quien tuvo la suerte de estar en Nueva York cuando el puente de Brooklyn se inauguró el día 24 de mayo de 1883. Recuerdo que el texto me impactó por la capacidad de Martí de transmitir con sus palabras la emoción que evidentemente sentía ante semejante logro humano. Recuerdo que describía los cables que soportan el puente, y cuando uno se encuentra frente a esa magna obra se hace claro de dónde proviene la emoción del poeta cubano. Pero más allá de las virtudes de la estructura, sorprende la vida que tiene el puente.
El puente de Brooklyn vibra. Y esta no es una metáfora, pues cuando caminamos por el puente de Brooklyn lo primero que notamos es esa constante vibración producida por la diaria circulación de miles de vehículos y personas. Personas de todo tipo: ejecutivos, estudiantes, turistas y gente que pasea lo hacen suyo diariamente. Es una estructura que provoca habitarla, hacerla de uno.
Una raya amarilla divide el piso superior del puente. Por un lado van los peatones y por el otro los ciclistas. Y ¡ay de aquel que se atreva a violar el espacio que no le corresponde! Alguien se encargará de hacerle ver su error, y probablemente la reprimenda no sea nada amable. Los norteamericanos no parecen estar tan acostumbrado a la espontaneidad/improvisación como nosotros.
Antes estaba cerca del puente lo que se llamaba "Ground Zero" y que hoy ocupa una enorme torre. Era sorprendente ir de la mejor muestra de lo que es la destrucción y la muerte, para llegar a este puente que es la mejor muestra de lo que puede lograr el ánimo creativo del ser humano.
Me siento en uno de los bancos que se encuentran en el corto recorrido de Manhattan a Brooklyn. Estoy solo. No me acostumbro a ese tiempo de quien nada espera y a quien nadie lo espera. Ese tiempo de quien no tiene agenda ni hora específica para llegar a casa. Noto las miradas envidiosas de los que recorren el puente vestidos de traje y también las miradas extrañadas de los turistas que no entienden por qué estoy solo, sentado en el puente de Brooklyn sin hacer nada.
Los colores son los de lo viejo. Madera curtida por el sol. Hierro pintado de gris con parches de óxido. El gris de la piedra. Huele a río y a viento. Huele a muelle. Los sonidos son los de ciudad ocupada y ensimismada. Ningún color, ningún olor y ningún sonido están de más.
Desde donde me encuentro se ve el puente de Manhattan. Ante la inmensa estructura de madera y piedra que es el puente en el que me encuentro, esa estructura que se ve a lo lejos y que está hecha de hierro no tiene nada que decir. Tal vez lo que se sientan en ese puente piensan lo mismo de mí y de mi puente. Porque es mi puente. Me provoca espantar a todos los que tienen la impertinencia de usar mi puente y gritarles como el loquito de Cinema Paradiso. Aquel que tan pronto como anochecía, sacaba a todos de la plaza gritando: "La piazza e mia, la piazza e mia!".