• Caracas (Venezuela)

Arturo Serrano

Al instante

El insomnio de Maduro

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Siempre he sido de muy buen dormir, pero llevo unas semanas con insomnio. No es por falta de sueño, sino por exceso de preocupaciones. Llego a la cama, empiezo a leer (ahora estoy leyendo la novela de David Alizo Nunca más Lilli Marleen, buena compañía para cualquier desvelo), me da sueño, apago la luz, cierro los ojos sintiendo que en pocos minutos voy a estar en los brazos de Morfeo y ¡PUM! llega a mi cabeza la certeza de que no es que la cosa esté muy pero muy mal, sino peor. Al principio la cosa estaba mal, después terrible, un poco más adelante la cosa era escandalosa, pero hemos llegado a un punto que pareciera ser de no retorno. Ahí en la cama empiezo a dar vueltas y me siento como Santiago Zavala (“Zavalita”), protagonista de Conversación en la Catedral, quien repite una y otra vez: “¿En qué momento se jodió el Perú?”.

Hay que prestar atención al tiempo verbal de la frase de Zavalita: pretérito perfecto simple. Antes uno usaba el presente como en la frase: “La cosa está mal” y que siempre deja abierta la posibilidad de un cambio, de que está mal pero pudiera mejorar. Ya pasamos esa etapa. En el lenguaje cotidiano los venezolanos hemos sustituido la esperanza del presente por la desesperanza del pretérito. Ya no es: “La cosa está mal”. Ahora es: “Esto se jodió”. Y los insomnes a quienes nos gusta darles muchas vueltas a las cosas, adoptamos frases más reflexivas del tipo de Zavalita.

¿En qué momento se jodió Venezuela? Haciéndome esa pregunta empiezo a dar vueltas en la cama (esto es tipo 11:00 de la noche) y pienso que mi sueldo se acaba tan pronto como llega, que en el año 2009 una lavadora costaba lo que hoy cuesta una comida completa de Burger King; que en el año 2005 se creó el bolívar fuerte con una equivalencia de 2,15 bolívares por dólar y que hoy (suponiendo que seas uno de los suertudos a quienes se les asigna ese dólar) vamos por 50 bolívares, que todas las semanas roban a punta de pistola a 2 y 3 personas de mi entorno cercano. Esto ocupa como 2 horas.

A la 1:00 am, paso de la reflexión a la arrechera. Me da arrechera que este gobierno se comporte como si el país fuera de ellos, como si ser elegido te diese la potestad de insultar a quien se opone a ti (nunca olvidaré el “sifrinos mariconsones” de Maduro); me da arrechera que usen el Teatro Teresa Carreño como si fuese el salón de festejos del PSUV, me da arrechera escuchar Radio Nacional y verla convertida en la emisora oficial de los chavistas y me da arrechera que no entiendan que usando todos los medios del Estado no es tan difícil llevar a los altares civiles a cualquiera. En esto se me van otras dos horas. En este punto me levanto, tomo un vaso de agua y voy al baño. Regreso a la cama.

Poco a poco se me va quitando la arrechera y, tal vez por el agotamiento, me entra la vena solidaria. Pienso que si yo no puedo dormir, ¿cuál será la situación de Maduro? Porque a mí nadie me va a convencer de que él no es consciente de que “la vaina se jodió”. Tiene que saber que por culpa de sus decisiones y la de su gente este país se está hundiendo cada día más hasta niveles que nos han llevado a la desesperanza. Sabe que han convertido la justicia en una burla y que han destrozado las instituciones republicanas. Lo sabe, y la certeza de que lo sabe me hace pensar que su insomnio debe ser mucho peor que el mío. Si yo doy mil vueltas en la cama sin poder dormir porque no sé ni siquiera si tendré dinero para pagar el puesto de estacionamiento que alquilo, ¿cuántas dará Maduro, que sabe que está llevando el país al caos? Ya son las 4:00 de la mañana y esta es la hora en que finalmente me quedo dormido.

A las 6:00 de la mañana suena el despertador y armado de valor empiezo un nuevo día.

@serranoart