• Caracas (Venezuela)

Arturo Serrano

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Arturo Serrano

Una historia de venganza

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Recientemente tuve la oportunidad de leer la maravillosa novela de José Miguel Roig titulada La decisión justa y que publicó Oscar Todtman Editores. Esta obra nos cuenta la historia de Enrique, un niño de 14 años, cuyos padres y hermanos mueren en el atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001. Envueltos por el humo, y con la certeza de que les esperaría una muerte peor si no lo hacían, los tres se toman de las manos y se lanzan al vacío para terminar estampados en el suelo. Desde ese momento Enrique solo alberga un pensamiento: la venganza. Pero como toda venganza, la de él es absurda y abstracta, casi diríamos que metafísica: debe matar a tres árabes para resarcir su deseo de devolver el orden al mundo. La venganza es siempre fea, pero en un niño de 14 años cobra visos de horror.

Si bien esta es una historia de ficción, estamos viviendo una época de venganza. Incluso las justas reivindicaciones sociales han cobrado un terrible tufillo a venganza que no solo busca corregir un desentramado histórico, sino que además quiere castigar a quienes ven como autores de ese desfase. Pero el problema es que la venganza, la cara oscura de la justicia, no busca solucionar un problema, sino darle rienda suelta al odio, uno de los sentimientos más terribles que puede albergar el ser humano. La venganza, tal como lo explica claramente René Girard es su obra seminal La violencia y lo sagrado, no tiene fin. A mata a B, por lo que B’ (familiar de B) mata a A, por lo que A’ (familiar de A) mata a B’, por lo que B’’ (familiar de B’) mata a A’’, por lo que A’’’ (familiar de A’’) mata a B’’, y así hasta que no queda nadie en el mundo. Tal como dice esa famosa parodia de la admonición bíblica, “ojo por ojo y nos vamos a terminar quedando todos ciegos”. Tal como dice Esquilo en Agamenón en una cita con la que empieza el epílogo de la novela de Roig: “La violencia tiene el hábito de engendrar la violencia”.

El carácter interminable de la venganza ha sido aprovechado por escritores y directores para crear obras cuya trama es movida por el solo deseo de venganza. Desde Ilíada de Homero, que es la historia de muchas venganzas, pasando por El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, que es la gran epopeya literaria de la venganza; desde Cabo de miedo (ya sea la vieja de 1962 dirigida por J. Lee Thompson o la nueva de 1991 dirigida por Martin Scorsese), pasando por Rambo (Ted Kotcheff, 1982), o Braveheart (Mel Gibson, 1995), o Munich (Steven Spielberg, 2005), y terminando por supuesto con Quentin Tarantino, el maestro de la venganza en el cine, cuyos trabajos más recientes desde Kill Bill no son sino historias de venganza; todas estas obras son perfectos ejemplos de cómo la ficción se ha encargado de cosechar los frutos de los terribles e hiperbólicos sentimientos que despierta la venganza.

Una de las caras más feas de la venganza es el hecho de que necesita ser pública. No basta con vengarnos, debemos dejar claro que lo hemos hecho. No basta con que matemos a quien mató, sino que además debemos evidenciar que lo hemos hecho y por qué lo hemos hecho. Tal como dice Elena, prima de Enrique en La decisión justa, “el vengador tiene que dar a conocer su venganza. La justicia es algo íntimo”.

La venganza debe dar paso a la justicia, pues es esta la que nos va a garantizar el fin de la violencia. La venganza engendra violencia, la justicia es la madre de la paz. Un Estado moderno se caracteriza por sustituir la venganza (como era el caso de los duelos, aún comunes en Europa hasta bien entrado el siglo XVIII), por la justicia. Es el desapasionado Estado el que debe ejercer la justicia, y solo así se logrará la paz. ¿Pero qué ocurre cuando el Estado no cumple con su deber de hacer justicia y más bien hace uso del monopolio de la violencia para defenderse en vez de defender a los ciudadanos? Entonces estamos abriendo la puerta a la violencia humana y que, a diferencia de la violencia animal (siempre con un propósito que una vez logrado se detiene), puede llegar al punto de aniquilar a todos los seres humanos. Plauto dijo que el hombre es el lobo del hombre, pero más correcto sería decir que el hombre es el hombre del hombre. Solo el hombre es capaz de abandonarse en el enfermo placer de resarcir sus más nefastos apetitos de venganza. Solo el hombre es capaz de exterminar a la humanidad para sentirse mejor.