• Caracas (Venezuela)

Arturo Serrano

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El bingo de las visas

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Miami es una ciudad que ha acumulado mucho amor y odio. Para unos es la meca y para otros es la entrada al infierno capitalista. En esta ciudad de los Estados Unidos, donde se concentra una inmensa población latina que de tanto habitarla ya la han hecho suya, y en donde el español es la lengua más hablada, se dan algunas dinámicas que ya componen la cotidianidad de los venezolanos que huyen en desbandada de las bendiciones de la revolución. Una de estas dinámicas es lo que he dado en llamar “el bingo de las visas”.

No hay encuentro entre dos venezolanos que se acaban de conocer en Miami en el que no haya una conversación que siempre comienza con la misma pregunta: “¿Y tú qué visa tienes?”. El asunto al que hace referencia esa pregunta es el hecho de que Estados Unidos ofrece visas de inmigrante o permisos de residencia en una variada gama que depende de las circunstancias de quien busca una nueva vida. Cada una de estas visas o permisos es identificada por las siglas que lo identifican (EB1, EB2, E1, E5, F1, F2, J1, etcétera), dando así lugar a esas conversaciones en las que se comenta acerca de las ventajas o desventajas de poseer una u otra visa. “Yo tengo la EB1”, dice uno de los afortunados; mientras que otro afirma con cara de tristeza: “Yo llegué hace un año con una B2”.

Algunos podrán decir que es de poca importancia este dato, pero resulta que cada visa tiene unos requerimientos que dan a cada portador un perfil que lo define. Esto hace que tener una u otra visa te ubique en la escala social y económica de la comunidad venezolana en Estados Unidos.

Por ejemplo, y solo por mencionar algunas de las letras que componen este bingo, si alguien le dice que tiene la EB-5, es porque al momento de aplicar a la visa esa persona tuvo a su disposición medio millón de dólares y un plan de negocios de la empresa que va a montar en Estados Unidos. Estos son los millonarios venezolanos de Miami. Si en cambio está frente al portador de la visa EB1(a), puede tener la seguridad de que esa persona es de muy alto perfil, porque esta visa solo se la dan a quienes están en lo más alto de su profesión, lo cual debe estar comprobado por premios de altísimo perfil (hasta el Nobel se menciona) y aunque sea la persona más pobre del mundo se la dan. A esta categoría también pertenecen los portadores de la visa O.

Luego están las personas que solo llevan consigo muchas ganas de echarle pichón a la cosa y quienes además tienen una empresa dispuesta a contratarles: estos son quienes obtienen (si tienen suerte) las visas H o las L. Para terminar esta lista podemos incluir los F, quienes tienen visa de estudiantes y tienden a ser gente muy joven que, si bien no lo dicen, probablemente tengan la ilusión de algún día quedarse en la tierra de Washington.

En la parte más baja de esta espontánea pirámide social se encuentran quienes fueron con visa de turista y se quedaron a ver si les tocaba un pedacito del sueño americano. Estos son los ilegales, quienes viven en un constante miedo de ser deportados y perder de un sopetón todo lo que han logrado durante su estancia.

Todos ellos juegan este bingo con la esperanza de que su sueño de reconstruir una vida que se siente perdida sea posible. Si entran en este bingo es porque han perdido las esperanzas de que en esta tierra de gracia tenga sentido seguir luchando, y es que la desesperanza es un sentimiento que compartimos los venezolanos.

Sean los EB5, los EB1, los H, los L o los ilegales todos tienen algo en común: esa tan cacareada patria de la que habla el gobierno les quedó pequeña y decidieron irse a tierras lejanas para jugar el bingo de las visas. Los afortunados que ganan, dejan allá su sudor y aplican sus conocimientos; lloran, ríen y siembran su tierra; se casan y tienen hijos. En conclusión: allá viven.

 @serranoart