• Caracas (Venezuela)

Arturo Serrano

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Arturo Serrano

Miss Venezuela y la libertad

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Una año más, un Miss Venezuela más. Tal como ya es costumbre, los muros de Facebook y Twitter se llenan de críticas a este evento que ya ocupa un lugar importante en el imaginario colectivo. Desde hace unos años para estas fechas las críticas son más virulentas y han dejado de ser acerca de los aspectos estéticos del evento (su cursilería, su exageración, si es en el Poliedro o en Venevisión, si se luce o no se luce, si las candidatas son o no bellas, etcétera). Últimamente los venezolanos han decidido acusar a Miss Venezuela, y en particular a Osmel Sousa, de todos los males que nos aquejan. Es así como esa vacía y absurda frase: “Por eso es que estamos como estamos” ha sido una vez más repetida hasta el cansancio esta vez en referencia al “magno evento de la belleza venezolana”.

Algunos ven en Miss Venezuela todo lo malo que hay en la sociedad venezolana resumido en las dos horas de duración del programa. Critican que convierte a las mujeres en objetos, y que se convierte en el pan y circo que nos hace olvidar lo que está pasando en Venezuela, y que gracias a él y a que actúa como analgésico no nos sentimos tan mal por todo. Miss Venezuela encarna para ellos todo lo malo de una sociedad. Pero el problema es que de esta manera crítica no se dan cuenta de que sencillamente están dirigiendo sus frustraciones personales hacia un show que no tiene ninguna culpa de los males de la sociedad venezolana.

Defiendo y siempre defenderé el derecho que todos tenemos de expresar nuestra opinión acerca de estos espectáculos, pero creo que es importante que quienes dirigen esas exageradas críticas analicen lo que dicen y se den cuenta de que están convirtiendo a Miss Venezuela en el chivo expiatorio al que dirigir todo el malestar que los venezolanos llevamos por dentro. También defiendo, y es importante defenderla, la libertad que tiene una mujer de participar o no en eventos de ese tipo. Para ponerlo claro: no es asunto ni mío ni de ninguno de los campeones morales que hoy las atacan.

Si una chica decide que quiere ir a un show de belleza, eso es asunto de ella. Resumir un concurso de belleza a un comercio de carne es ser injusto, pues hay bastante más de lo que podemos ver. Cada una de esas muchachas ha pasado por un riguroso y extenuante proceso en el que han debido demostrar su pasión, su disciplina, su voluntad para trabajar duro y sobre todas las cosas han debido tener un temple de acero para poder aguantar todo lo que han tenido que pasar para estar allí. Esas son características que les servirán no solo para una carrera en el mundo del modelaje, sino que van mucho más allá y en muchos casos les servirán para lograr muchos de los objetivos que se planteen en la vida.

He tenido la oportunidad de estar en contextos en los que está una Miss Venezuela y les debo decir que hasta los más intelectuales y preparados hombres y mujeres de este país se han rendido a sus encantos. Quien humilla y denigra a esas mujeres no es Osmel Sousa, sino ese que se las da de intelectual y desde su torre de marfil moral se atreve a juzgar a esas chicas por la decisión que tomaron de participar en el concurso. Si a alguien no le gusta Miss Venezuela, pues que no lo vea. Si esas personas necesitan una causa por la cual luchar, les garantizo que hay empresas bastante más noble que la de destruir un concurso de belleza. Es verdad que la mujer venezolana es mundialmente conocida por su belleza, pero hay que ser bastante cegato para no saber que también es reconocida por muchas otras cosas más importantes.

No se trata de defender el concurso o a Osmel Sousa, sino de defender el derecho que todos tenemos de dedicarnos a lo que nos gusta. Y si algunos pueden tomar la decisión de ser banqueros y otros la de ser profesores, otras pueden tomar la decisión de ser Miss Venezuela. Después de todo, el asunto se resume en que los límites a la libertad humana solo deben ser los que cada uno de nosotros mismos les ponemos.