• Caracas (Venezuela)

Arturo Peraza

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Arturo Peraza

Monseñor Romero pastor y mártir nuestro

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Así lo llama un hermoso poema de monseñor Casaldalga cuando todavía la sangre estaba fresca en la tierra y la conciencia de América Latina. Mucho le costó a la Iglesia reconocer que se trató de un martirio por la fe, porque el problema se centra en lo que entendemos por fe. Para algunos se trata de un conjunto de verdades que se profesan. Pero la fe es mucho más que eso. Se trata de una experiencia de Dios en la vida que nos compromete en especial con los hermanos y hasta la muerte.

El asesinato de Romero no fue consecuencia de una simple opción política asumida por el obispo salvadoreño, pues entre otras cosas Romero no profesaba una ideología concreta, sino que señalaba la necesidad de justicia y de respeto a los derechos humanos de su grey. Romero señala las consecuencias prácticas de un modelo de ateísmo que profesa verbalmente la misma fe, pero existencialmente idolatra el dinero, la fama y el poder como sentido último de la vida al punto tal que se asesina para sostener un sistema de opresión que es leído por el obispo como una expresión del pecado. Así, enfrentar el pecado implicaba la posibilidad de perder la vida, como el mismo Jesús y por amor a él y su doctrina de fraternidad y mesa compartida. 

La Iglesia al reconocer el martirio de Romero a la vez asume que nuestra fe tiene consecuencias éticas y políticas concretas. No se trata de un modelo socioeconómico concreto, pues esto es objeto de la libertad humana como mediación de unos valores. Pero la fe sí asume valores que no negocia. Se trata de que la fraternidad del pan que alcanza para todos es un criterio de nuestra fe. Se trata que la dignidad humana, expresada hoy en lo que llamamos derechos humanos es un criterio de fe. Que se odia la fe (el martirio siempre ocurre como expresión del odio a la fe) cuando se atropella la dignidad del otro, especialmente de aquel que piensa distinto de uno, cuando se cercenan las posibilidades de vida de un pueblo sometiéndolo a opresión.

En Romero resucitan las esperanzas de este pueblo latinoamericano que sigue luchando por una vida digna en un continente al cual Dios le ha brindado muchas posibilidades. Romero no puso su esperanza en las armas ni en el poder, sino en su pueblo sencillo que como pastor decidió acompañar en sus luchas, sus alegrías, esperanzas, dolor y sufrimiento. Esa es la Iglesia hoy al celebrar a Romero puede a la vez celebrarse a sí misma en su llamada. Romero es un signo del llamado de Dios a su Iglesia que peregrina en América Latina para que seamos nuevamente compromiso por la dignidad y la vida de todos.

 

*Provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela