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Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

La tarea educativa de los precandidatos a diputados

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Saturado de trácala el espectáculo paramilitar no tapará la crisis
Comienzan a menudear los llamados de los opositores y del gobierno a iniciar la campaña electoral para elegir los nuevos diputados. Creo que hay que darle duro a eso.

Se puede hacer campaña como precandidato a diputado actuando como promotor de organización y aprendizajes en actividades que implican la profundización de la democracia a través de le educación.

Habitualmente los candidatos van a la gente con una actitud de predicadores. A llevar una propuesta preelaborada que no supone interlocutores. Esa es la misma actitud de la educación tradicional: dar lecciones, predicar una verdad enciclopédica que debe ser acatada y memorizada. Una negación de los otros, de la gente, de los que deben aprender.

Más aún cuando los proyectos o las propuestas no están claras o tienen importantes diferencias.

El propósito de esta campaña electoral, que debería ser de todas ellas, tiene que ser fundamentalmente educativo.

La dignidad de las personas ha sido menoscabada, venida a menos por el rentismo, la filantropía política, el populismo. Por la imposición de una santo salvador que debería resolver todos los problemas pintándolos de negro petróleo.

Esa dignidad disminuida, cuando no rota, encuentra caminos, se recupera con la participación, y participar es llevarlos a discutir para buscar soluciones. Dos valores, dignidad y participación, que se complementan y que se logran y realizan en su ejercicio.

Me imagino los miles de precandidatos por todo el país, pueblos, barrios, urbanizaciones promoviendo discusiones, evidenciando problemas, en una pedagogía social interactiva. Independientemente de los resultados electorales, quedaría algo importante. No sería la reiteración de la visita del político para cosechar votos –que también se lograría–. Es vincular la campaña al respeto y reconocimiento de los eventuales votantes.

No es fácil y tal vez esto discrepe de los asesores electorales que la conciben en los términos de publicidad, imagen, maquillaje del carácter y la personalidad, consignas complacientes. Ya la gente tiene dieciséis años, o muchos más, recibiendo esos cuentos.

No es cosa de ir casa por casa, que también sirve. Es dialogar, discutir, humildad para aprender. Así, el propósito es implícito. Los valores se cultivan sin necesidad de predicarlos sino practicándolos.

La educación es, a la vez, el proyecto político, es llevar a la gente a construir su aprendizaje y el país, organizarse en grupos de participación y discusión en la búsqueda de soluciones para los problemas fundamentales de su localidad y, eventualmente, del país. No para pedir y mendigar como ahora ocurre, sino para trabajar, crear y producir.

Aterrizando esto, más aún, podemos suponer que cada precandidato tendría que lograr un grupo de apoyo de activistas, en el que cada uno de ellos se convierta en un promotor educativo que propicia esa organización en grupos.  El grupo se organiza no solo para recibir mensajes o propuestas políticas, sino para estudiar e investigar las características de su comunidad, sus problemas, necesidades y sueños. Unos 25.000 grupos construyendo el país.