• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

La solidaridad. Los valores. La calidad de la educación

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En dos artículos anteriores me he referido a la calidad de la educación. Para ello se propone la transformación de una educación ahora mayormente informativa   en una educación formativa. Y que la formación se refiere al logro de valores y competencias por los estudiantes.

He abordado, dentro de las limitaciones de este espacio,  dos valores: la dignidad y la participación. Ahora lo haré con la solidaridad.

En ciertas situaciones o ambientes, la formación adecuada de la persona puede ser indeseable. La formación es anterior a la ideología y puede anteponer la convicción a la lealtad. Como la proponemos, abona la disposición crítica en cuanto que al formar la dignidad ésta puede llevar a la persona a preguntarse si las cosas podrían ser de otra manera y no como la tradición o la autoridad imponen.

La solidaridad se refiere a la disposición y necesidad social del ser humano, pero es mucho, mucho más que eso. La solidaridad, tanto en términos y enunciados, como en realizaciones, como todos los valores, es cultural, histórica, contingente. Sus símbolos o enunciados pueden repetirse, pero la interpretación, el significado que se les otorgue a ellos depende de contextos y circunstancias. La elaboración cultural de la solidaridad ha generado una vasta simbología que incluyen melosas interpretaciones donde se la reduce a condolencia o a la envilecedora limosna. Para un guerrero la solidaridad puede ser recibir armas.

Más allá de esto la solidaridad tiene un sentido positivo y no debe confundírsela con la lealtad. Cabe hablar de lealtad en una mafia, pandilla o partido que puede invocarla para fines oscuros o negativos. La solidaridad en cambio, supone construcción, logro o superación

Es mucho más que un ponerse de acuerdo con otros. Implica un acuerdo positivo, constructivo, incluso cuando esa aproximación al otro sea por su dolor, necesidad y para ayudarlo a salir de ese trance.

Para nuestro contexto educativo, para la condición de nuestro país la solidaridad debe llevarse a  una práctica, a un ejercicio permanente, en apoyo mutuo, en trabajo grupal, discusión e investigación a propósitos de problemas pertinentes, para la construcción, la producción, la creación y para la formación de las competencias correspondientes.
Un cambio educativo profundo y de largo aliento que necesita el esfuerzo y apoyo de todos.

Hay un lado, si se quiere egoísta, de la solidaridad: más que un abstracto amor o condolencia por el prójimo, es comprenderlo como necesario, como imprescindible para la mutua realización y logro. Uno se solidariza con los otros porque ellos me son necesarios,  porque  son diversos y los necesito íntegros para que me enriquezcan, me hagan mejor y den testimonio de mi existencia.

Formar en la solidaridad requiere de la comprensión de nuestro país, sus comunidades, sus familias… mucho más que de la proyección de ideologías o formulas. Es la comprensión de un país minero, petrolero, envilecido por la filantropía gubernamental y grandemente necesitado de organización para el trabajo productivo y la superación de dañinas diferencias sociales.

Más que predicarse debe practicarse cotidianamente en la escuela y extenderse a familias y comunidades muy disgregadas y confusas en sus valores. A unas personas abrazadas a unas ciudades cuyas maneras y códigos no alcanzan a comprender, pero que entienden, de mala manera, insisto y repito con muchos otros, como proximidad a la fuente de la riqueza petrolera, a la que se llega, no tanto por el trabajo y el esfuerzo, sino por el acomodo a los políticos y empresarios poderosos. O, en otros casos, no menos costosos, en pandillas que devuelven con violencia lo que perciben como agresión de esos difíciles códigos y maneras urbanas.

Esto hay que incorporarlo a la ya propuesta transición política. Un esfuerzo grande que implica concesiones y acuerdos colocando como prioritario al país.

Gaza

En el momento de escribir me llegan las noticias del conflicto entre Israel y los palestinos. Bombardeos, destrucción de viviendas, escuelas y hospitales. Nunca deja de sorprender la intencionada fragilidad de la memoria, de guerras y exterminios, cuando los intereses políticos y económicos se atraviesan.


arnaldoeste@gmail.com