• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

Al instante

El referéndum no es negociable, pero sí hay que negociar

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Es una lanza tirada, es una solicitud aprobada por la gente y, además, en sí mismo, el referéndum es una negociación, un diálogo. Es una consulta relativa a un desacuerdo, es un derecho legal asumido.

Mientras escribo las malas noticias abundan: saqueos, manifestaciones bloqueadas, parlamentarios golpeados, Consejo Electoral cultivando su mala historia, gobierno liberal en mentiras y una grave sensación de orfandad y desespero en la gente. El caos reclama su protagonismo.

Pero sí hay muchas cosas que se deben dialogar y negociar.

El acatamiento de la Constitución Nacional.

La solución del hambre y la salud.

La violencia y la justicia.

La propiedad.

La producción, el trabajo.

El uso del petróleo.

La educación.

La corrupción.

El ámbito ecológico.

Son grandes problemas que no se pueden ni siquiera abordar para comprenderlos e iniciar su superación, sino con la participación de toda la nación y, en ella, de sus actores políticos e institucionales.

Me voy a extender en algo que ya he abordado en estos escritos, en correspondencia con mis propios deseos y experiencias: la educación.

La calidad de la educación implica un cambio social que requiere persistencia y continuidad, cosa difícil de lograr por los inevitables y necesarios relevos electorales en dirigentes, ministros, alcaldes que tratan de dejar en ella su marca, reiniciando proyectos y procesos, muchas veces sin tener mayor conocimiento de ella, que es una interacción humana de alta complejidad.

En estas condiciones de un persistente reinicio y discontinuidad, es necesario llegar a producir un proyecto nacional, negociado y acordado para ser realizado durante todo el tiempo necesario, que comience con la calificación y remuneración adecuada a los docentes, que converja a su reconocimiento y prestigio social.

La educación debe asumirse como un proceso de formación hacia el logro de valores y competencias en personas y grupos. Valores y competencias que se derivan de su ejercicio, de su práctica regular en las aulas. Esto tiene que ver con la profundización de la democracia llevándola a esas aulas en reemplazo de las tradicionales relaciones leccionarias, predicativas y autoritarias que impiden la participación e interacción con y entre los estudiantes a propósito de problemas que le sean pertinentes. Una necesaria profundización de una democracia que ahora se percibe tan débilmente arraigada que el gobierno poco vacila para atropellarla.

En las universidades con carrera pedagógica y con el auspicio de funcionarios del Ministerio de Educación, las discusiones sobre este cambio comenzaron hace varios meses en un ambiente de diálogo y convergencia y se han producido buenos documentos. Eso nos demuestra que son posibles los diálogos y acuerdos, sin la polarización o la desestimación de los otros.