• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

Un país en remate y la transición que se acerca

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Uno se mueve entre lo que quiere hacer y lo que tiene que hacer. Quiero  atender la cosa educativa y, en su vecindad, más especialmente el acorralamiento de la investigación social y científica. Desde la reforma de la Locti, que politizó la asignación de recursos con el torcido argumento de la necesaria pertinencia social de los proyectos, y hasta la más reciente amenaza de redefinir al IVIC. Los dirigentes intelectuales del gobierno resuelven, con una opaca ligereza, los viejos y complejos problemas epistemológicos que supone establecer linderos claros entre el conocimiento puro y el aplicado.

Pero lo que tengo que hacer siento que es lo político y atender en ello la aceleración del desbarranque hacia la crisis general. Es decir, hacia la confluencia de las diferentes crisis: económica, educativa, de salud, de seguridad… hacia un espacio ético, hacia un espacio de ruptura ética. En el entendido de que lo ético es lo que cohesiona a un conjunto social: nación, institución, familia, comunidad. Ocurrirá algo así como cuando una bolsa de metras cae al suelo. Cada metra, cada persona, queda suelta a la incertidumbre, a los instintos, en los reductos donde la supervivencia desplaza lo social, la solidaridad.

Esto suena a tremendismo y asusta, pero pareciera haber un designio maléfico que condena a nuestro país a esa condición: como que si no fuera suficiente con el mal gobierno y su fracasado propósito, se caen los precios del petróleo sacando al primer plano la certidumbre de nuestras carencias, de nuestras incapacidades, de nuestras ineptitudes.

Sí, nuestras, porque el gobierno y su proyecto importado son hijos de este país minero propenso a amarrarse a un mesías de la abundancia que evitará el tener que fajarse a trabajar, producir y crear.

Pareciera aflorar en algunos dirigentes y personalidades del régimen alguna noción de este desastre. Una suerte de vacilación en los lenguajes que no logra ocultar su rimbombancia y el abuso del discurso en primera persona.

Un algo así como que los otros tienen algo de razón y, de alguna manera, hay que tomar medidas independientemente del alto costo político en un año de elecciones.

Es bien probable que los opositores, a pesar del fraude lento, logren ganar una necesaria mayoría parlamentaria, pero eso no resolvería los problemas si es que esa recuperación política no fuera acompañada de un alto grado de realismo: es ver esta crisis general en su magnitud y profundidad y, consiguientemente, en la necesidad de buscar acuerdos básicos frente a esa catástrofe.

Es en todo esto en lo que pienso cuando, con otros que aumentan en número, proponemos un gobierno de transición, de salvación, de reconstrucción. Dentro de las leyes y la Constitución vigente.

No se trata de reemplazar, protestar o revocar al presidente –cosa que podría ser un asunto menor ante ese desbarranque–. Se trata de programar con acuerdos las maneras de disminuirlo y generar, al mismo tiempo, la conciencia de que mas allá de esta crisis general, nuestros problemas son tan graves, que  no los puede resolver una parcialidad política.

En escritos anteriores mencioné la necesidad de operadores políticos. Personajes o instituciones que entiendan que la política es negociar, buscar acuerdos, preservar –o buscar– el poder ampliando las alianzas. Los hay, los hemos visto actuar con cierta obligad timidez frente a los lenguajes de insultos y amenazas. Con la claridad de saber que hasta los profetas a veces se equivocan.