• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

Al instante

En la orilla de la violencia se abre un cauce

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Ya no es necesario el recuento de la tragedia, de la pobreza, de la ineptitud… no es cuento que contar. Tomó la calle y aumentan las erupciones.

Las próximas semanas nos sentiremos como habitantes de ciudades sitiadas por la guerra: las carencias y violencias trascienden y toman las formas de símbolos monstruosos. Las realidades se confunden necesitadas de otro orden de expresión. Una estética demoníaca que se abre paso en los grupos y mesas, en paranoias fecundas. Así que los temores crecen más rápido que lo temido. Una vorágine congelante que transforma las casas en celdas. Y las pláticas se empobrecen al resultar en catarsis monotemáticas. La paradoja del logro de la “máxima felicidad”.

Hace tiempo que malicio del término revolución. Wikipedia, ese espacio intangible que legitima la opinión, ofrece 125 menciones a otras tantas revoluciones. Las ha habido para todas las presunciones, incluyendo la bolivariana. Y, por supuesto, unas de izquierda y otras de derecha.

Con la palabra revolución ocurre como con las palabras IZQUIERDA y DERECHA que reducen las gestiones políticas humanas a la arcaica topografía de la Asamblea francesa. Tiene uno que preguntarse, ante esa pobreza del lenguaje de periodistas y políticos, si no sería conveniente crear un “izquierdómetro” o un “derechómetro” de infinitas calibraciones para ubicar en gavetas correspondientes los vericuetos de gobiernos y partidos: el gobierno chino: ¿es de izquierda?, los ayatolás iraníes: ¿son de derecha? El presidente guerreado de Siria: ¿es de izquierda? Los infinitos y muy nerviosos generales venezolanos ¿son de izquierda?

Revisando un poco los cuentos uno encuentra que casi la totalidad de las revoluciones, diestras o siniestras, se dan por los efectos de un agente extraño, una imposición. Parecen no ser procesos sino erupciones, y con ellas un personaje o grupo que aprovecha una “coyuntura” para dar un golpe. Pero, además, que luego del golpe, tarde o temprano, viene una regresión. Un juego mucho más complejo que un simple salto hacia adelante y que ratifica que si no cambian los valores, cosa exclusiva de los humanos, las revoluciones son escenarios de cartón.

Veo la noticia de la extinción de los dinosaurios que, según se sabía, la había causado el golpe de un asteroide revolucionario. Pero la noticia me dice que no, que no fue un putsch revolucionario, sino un largo proceso de degeneración, de evolución regresiva lo que acabó con esos, ahora simpáticos, bichos.

Entonces, palabras sustentadoras de las noticias tales como las mencionadas “revolución”, “izquierda”, “derecha” pierden significado. Pero se usan pertinazmente como sustitutas de pensares más fértiles.

El gobierno de Venezuela: ¿es de derecha?, y su derrumbe ¿es de izquierda? Y esta revolución ¿es irreversible?

Lo cierto es que el gobierno todavía tiene tiempo para un repliegue ingenioso y por la puerta ¿grande? ¡Es hora de que negocie! No ayuda un lenguaje procaz que incita a la violencia.

El   inicio del referéndum y la bella y reconfortante fiesta del firmazo revocatorio, con todo y las piedras que las poco sutiles rectoras colocarán,  abre un necesitado cauce, una necesaria causa que disipe un tanto la angustia saqueadora. Una fuente de sentido para el sacrificio que nos rodea y crece. Ese Guri desaguado por el abuso, ese magnífico lago deviene en un monstruo que en su sequía simboliza esta crisis general y sus dolorosos efectos éticos.