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Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

La necesidad de operadores políticos

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Es difícil hablar de la existencia de operadores políticos, tanto en el gobierno como en los opositores. Un operador político tiene la amplitud y la flexibilidad para encontrar puntos de coincidencia, por menudos que ellos sean, para usarlos como recursos de negociación, de coincidencias mayores o, por lo menos, de clarificación de aquellas diferencias insalvables.

En el juego político corren, por lo menos, dos discursos: lo que se dice, por una parte, y lo que se termina haciendo. Eso es inevitable, lo que se dice, incluyendo a aquellas personas que tienen una cartilla memorizada, un dogma asumido, terminan por expresarla en versiones, en interpretaciones que descubren su propia personalidad. La teoría política, con frecuentes incursiones psicológicas, enfatiza esto.

No es cosa de hipocresía o sinceridad. Es la conciencia de la existencia de esas maneras de la realidad: la realidad escénica, teatral, estética y la realidad de los hechos. Ambas realidades son construcciones sociales y, como tales, no son “puras”. Se mezclan y tornan borrosas.

Un operador político sabe que su propósito, que el propósito mismo de la política es el de lograr alianzas y disminuir el poder del adversario. Cuando el juego político, dicen los sabios, le cede el puesto a la violencia, a la guerra (que también dicen los sabios que es la continuación de la política por otros medios) se lleva a la nación al desastre.

Las alianzas no tienen que ser en el abstracto y, por lo tanto, confuso y muy interpretable campo de los principios ideológicos. Pueden ser para propósitos pequeños o breves que tienen la gran virtud, para un país en profunda crisis, de abrir ciertas esperanzas, no solo en cuanto a pequeños logros, sino en la percepción de los adversarios como gente inteligente y sensible.

El líder referido a radicalismos y proclamas de guerra resulta apresado por ellas y es entonces cuando el operador político actúa. Reduce las proclamas a posibilidades.

La historia reciente mostró el enfrentamiento de dos posiciones llenas de soberbia: las de un conjunto convencido de tener el poder y la razón de su lado para imponer una necesaria revolución; y la de otro conjunto, de larga permanencia en el gobierno, convencida de la necesidad de conservar su poder y resistirse a cualquier cambio. Esas posiciones se redujeron a los anacrónicos y simplistas términos de izquierda y derecha, que pronto descubrieron su poca fuerza significativa. Sobre todo cuando en el campo internacional la supuesta izquierda se metió en cursos políticos y negociadores armando gobiernos con perfiles no ubicables en esa topografía simplista de izquierdas y derechas: China, Irán, Vietnam, Chile, Brasil… Países que ejemplifican las fusiones, las hibridaciones culturales (y, por supuesto, también políticas) de estos tiempos y que algunos, con lenguaje periodístico, llaman pragmáticas.

El uso de esos términos, izquierda y derecha, usados como clisés con mucha frecuencia por el gobierno, a veces llega a extremos ridículos. La corrupción, ¿es de derecha o de izquierda? El rentismo y la filantropía política, (populismo) ¿son derechas o torcidas? El autoritarismo, ¿dónde se ubica? El mal gusto, ¿qué filiación revela? El ridículo, ¿a quién identifica?

Lo cierto es que hace falta un lenguaje adecuado para referirse a un país en profunda crisis amarrada al rentismo petrolero, a la filantropía política y a la bajísima capacidad para trabajar, producir y crear. Que ha hecho de la espera de la dádiva, y de la picardía para lograrla, una identidad.

Además de los operadores políticos, hay que acudir al diálogo como un campo de operación política. Diálogo que, si funciona con discreción y sin aspavientos y sin dejarse apresar por proclamas y gritos de guerra, puede despejar el camino a lo que hemos propuesto como un gobierno de transición que incluya a la gente más capaz que, independientemente de su tradición política, pueda emprender, con la imprescindible unidad, la  reconstrucción ética y material del país.