• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

La educación y el hombre nuevo

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Entusiasma mucho a la gente del gobierno la idea de educar para lograr un “hombre nuevo”, y para lograrlo acuden a dos recursos: la acción social y  la prédica reiterada.

La acción social podría tomar el curso de promover todo lo que fuera necesario para la construcción del país. Fundamentalmente, la producción de bienes y servicios para satisfacer las graves necesidades que tiene un país con grandes carencias, discriminaciones y postergaciones. Pero toma la vía de la filantropía política o los carnavales de electrodomésticos, acompañándola de amenazas contra los infieles y abusos de unos poderes públicos con notoria deficiencias de sus integrantes.

La prédica reiterada. Es una función de vieja raigambre religiosa asumir que la verdad existe en las palabras y que su emisión reiterada se transforma en aprendizajes. No, los aprendizajes y el conocimiento son construcciones sociales que se logran a partir de lo que la persona ya es y tiene. Desde su acervo cultural. Si ese acervo no se activa en las relaciones sociales, poco se logra.

Hablar del hombre nuevo no pasa de ser un enunciado propagandístico. Los seres humanos, tal como somos ahora, hombres, mujeres y sus variedades sexuales, unos más torcidos que otros en pasiones, despechos, amores y esperanzas, resultamos de selecciones, conflictos, migraciones, hibridaciones, mestizajes y fusiones en las cuales ha intervenido, muy profundamente, nuestra condición cultural de creadores inteligentes.

Ha sido un devenir complejo que no es determinable voluntariamente. Por más que se quiera no se puede recomenzar la historia, como no sea en su condición de relato, de historiografía. Pero no han faltado personajes, movimientos, sectas o partidos que quieran hacerlo, no solo pretendiendo recomenzar la historia, sino también reviviendo glorias o fidelidades pasadas, y, desde ellas, abanderar guerras, exterminios, fraudes, engañifas.

En lugar de eso hay que abrir los cauces a la formación y al logro de competencias que, más allá de las destrezas por entrenamientos, repeticiones y memorizaciones, busque la educación de la persona como sujeto digno, respetado y reconocido en su diversidad, en el ejercicio de la democracia como participación desde esa diversidad en ambientes de aprendizaje donde tales cosas se practiquen cotidianamente. 

A esa educación, que puede realizarse en las aulas, debe agregarse la pedagogía social. La que ocurre en todo el juego social y en el que tienen particular importancia los modelajes, los ejemplos, los aconteceres. La mentira, por decir algo, que acompaña en pareja a la corrupción, puede estropear mucho trabajo de maestro o escuelas voluntariosas. Una  sola acción perversa de un gobernante, sobre todo si es presidente o líder relevante, marca y da señales de que nada es cierto y todo es posible.

Así, obligar a la gente a hacer colas en actitudes mendicantes para obtener casi cualquier objeto o servicio abona un creciente escepticismo y una siembra de corruptelas. Casi se podría decir que donde hay colas hay coleados. La creatividad florece y crecen las ofertas para baipasear la cola. Una ética pícara que no puede ser eliminada con persecuciones ni sanciones al contrabando o al bachaqueo. Los delitos, así vistos, dejan de ser delitos cuando se tornan prácticas de una mayoría y no se puede aislar a los culpables.

En un ambiente donde la justicia se ha politizado y comercializado, puede sonar raro (o idiota) ser justo o esperar justicia. Se hace normal avecinarse al poder para buscar un veredicto favorable.

No es posible ni necesario buscar un hombre nuevo. Lo posible y necesario es que seamos una mejor gente, cultivada en la dignidad que el trabajo trae, en el cultivo y disfrute de nuestra tierra y su diversidad cultural, en una unidad colaborativa de esfuerzos convergentes.