• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

Al instante

El diálogo regresa

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El diálogo parece retornar, se mueve cobijado, inseguro.

Es comprensible. El gobierno no la tiene nada fácil, ha tenido que tragar funche sin agua. Se trazó progresivamente una ruta llena de juramentos y consignas que se reunieron con el gasto social (la manera de llamar a la filantropía política). Un mundo de compromisos que, más que incomodar, le impiden actuar políticamente. Un todo o nada muy similar al de ciertos sectores de los opositores.

En algunos opositores y gente corriente se miran las cosas con afán excavador. Se quiere llegar al hueso, ver la sangre. Con unos laxativos que desahogan pero no curan: cualquier cambio es solución.

En la gente del gobierno un mirar para otro lado, un hacerse los locos, un acusar, a los críticos, con reiteradas y encadenadas adjetivaciones de conspiradores, de burgueses de derecha, lacayos del imperio, guerreros bacteriológicos… pero también con un miedo tremendo, no a los errores sino a mostrar infidelidad. Perdidos los argumentos, conservar el poder es el propósito, aun a costa del propio país.

Viejos, muy viejos problemas se reunieron con otros más recientes. Creció el enorme reguero en el que estamos. De eso hemos escrito y conversado, con seriedad o sin ella.

Estamos ensartados y tenemos que ponernos de acuerdo. Aún la sangre, que la ha habido, no ha llegado al río, y en eso de conflictos no estamos en situación tan grave como otros países que llenan las noticias.

Buena parte de los problemas, y sobre todo los más importantes, tiene causas muy arraigadas que escapan de voluntades y buenos deseos. Requieren la participación de todos.

A los encuentros primerizos el gobierno lució paciente y los opositores con una impaciencia que logró ser acertada. Pero ahora, agotado el debut social, toca ir con temas gruesos, más allá de los justos e inmediatos reclamos democráticos como el Consejo Nacional Electoral, el Tribunal Supremo, la Fiscalía, el ventajismo, las próximas elecciones…

Digamos de uno muy mencionado, de viejo ancestro y tal vez el más profundo. Con diversos nombres, pero mencionado por ambos sectores: el rentismo. La dependencia de la renta petrolera. Renta que se ha usado para el enriquecimiento de unos cuantos, el mantenimiento del gobierno y la compra de conciencias con el justo motivo de pagar la deuda social.

El rentismo y sus variantes y derivaciones –populismo, clientelismo, filantropía política– ha sido tan cultivado y está tan arraigado en nosotros que va mucho más allá de lo económico: es una condición ética –prefiero llamarla ética y no moral, porque atiende más a los valores que a los comportamientos– que está arraigada así, como una fe y, como tal, es un referente mayor de actitudes y decisiones. Así implantado, el problema no ha sido, entonces, cómo trabajar para producir, sino cómo pelearse para distribuir esa renta.

La literatura es abundante sobre este tema, que de ninguna manera es original de Venezuela. Sus orígenes se pueden trazar a los modos coloniales. Pero ahora tiene que ver con el petróleo y nos toca abordarlo y resolverlo: ¿Cómo poner a trabajar y a crear a nuestra gente? ¿Cómo asumir y superar esa culpa integral de complicidad generosa?

Hay que hacer graves y difíciles cambios, manejos económicos y de otros campos. Pero a la larga atiende a la educación, a la formación de las personas y sus grupos. Pero no la educación concebida en los términos de su pobre calidad actual, como prédica, como lección escolar, sino como una práctica consecuente, reflexionada, despartidizada y a largo plazo. Lo que podría llamarse un proyecto de Estado. Que no excluye diferencias en las maneras de ejercerlo, pero que supone un concepto dialogado y acordado.

 

arnaldoeste@gmail.com