• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

Al instante

La crisis general es el nuevo actor

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Al tomar un poco de distancia del cuadro sociopolítico, lo más mentado es la contienda entre dos actores: el gobierno y la oposición. Actores que arrastran una ya larga polarización con el uso de todos los recursos legales o ilegales, petroleros o propagandísticos, verdaderos o fabricados y que se han mantenido atrincherados: la oposición en sus tradiciones, el gobierno en sus fetiches.

Pero lo cierto, más allá de esa contienda, es que la crisis ha avanzado y se ha hecho crisis general.

No son raras las advertencias, mayormente de los economistas, que, con frecuente acierto, alertan sobre los graves problemas de ese orden. Pero rara veces se refieren a algo mucho más grave y mayor: el campo ético de una crisis general. Se pueden tomar o recurrir a medidas, empréstitos y compromisos de enmienda, pero lo que no es formulable, lo que escapa de los esquemas es el quiebre de una nación envilecida por muchos años de populismo rentista, petrolero, minero.

Como miasma terrible, como los monstruos que descienden sobre los pueblos que tan fieramente pinta el viejo Brueghel, y penetran en todo, en lo externo, en las relaciones y en las intimidades de las personas. En los lábiles terrenos de los insomnios y las angustias donde adquieren sus máscaras demoníacas.

Hay veces que las crisis conducen a creaciones, pero la ruptura ética que viene con esta crisis general supone descohesión y desintegración. Extravío de lo social y reclusión en el territorio egoísta y animalizado del sobreviviente. Desde unos valores ya largamente débiles, se entra en una debilidad mayor, hasta casi una extinción de los grandes referentes. Tumeremo puede ser un “pequeño” ejemplo.

Eso trae la emergencia de acontecimientos que, con el propio lenguaje de los actos prontamente difundidos o magnificados por los medios, redes sociales y teléfonos, comenzarán a actuar, a configurar ese actor emergente.

Si ya ha resultado difícil hacer que los dos actores mencionados, gobierno y oposición, entendieran que es necesario sentarse con discreción e inteligencia a negociar, mucho más difícilmente entenderán el manejo eruptivo y descompuesto de la crisis. Pero esta figurará, cada vez más, presionando.

Hemos apelado a la competencia política de líderes actuales. De esos que saben que la sustancia de la política es la negociación y que de ella son enemigas tanto las fidelidades mesiánicas como la ceguera que la defensa de la riqueza o el anhelo del poder genera. Ciertamente, debajo de la política siempre está el poder, pero eso es terreno de la necesaria discreción en el uso de las cartas.
Aun cuando la política puede tener soportes emocionales, es más que todo una actividad racional. Son juegos y acciones meditadas, no inocentes. Es mucho más que contabilidad de votos o fusiles.
No es cosa de usar el llamado al diálogo (palabra, por cierto, de tan usada toma un sabor meloso y hastiante) como muestra de astucia. Es ir a los encuentros con los otros negociadores con la convicción de que no hay otra salida y que negociar implica concesiones y personas.
Así que no es la política instinto o espontaneidad. No es repetición de consignas y tozudeces esperando que el otro las acepte.
No pueden los opositores ceñirse a los reclamos y presiones de sus sectores más radicales y elementales. Tampoco lo puede seguir haciendo el gobierno. De mantenerse así, sin hacer política, es bien probable que este actor emergente, la crisis general, los desplace, trayendo con ella otro orden de demandas, de gobierno, de más ofertas o dádivas.

Dicho más claramente, ese nuevo actor podría significar una catástrofe mucho mayor. No son buenas novedades las que podrían salir de esta crisis.

Supongamos, con gran optimismo, que el presidente renuncia o es revocado y que es elegido un nuevo presidente. Lo encontraremos –nos encontraremos– con la intacta herencia chavista. La misma que ahora apresa al gobierno. Con un agregado: una gente, devota o no del mesías, sometida en la misma crisis general que ahora tenemos y en actos de reivindicación agitados por lo que quede del aparato chavista.

Aún hay tiempo para el entendimiento, incorporando a la negociación a ese actor emergente: la crisis general.