• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

La crisis general y la coalición como una transición

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La crisis general apenas comienza. Una crisis general se da cuando los diversos componentes o funciones en crisis de un grupo social, de una institución, de una nación, incluso de una persona, convergen, se reúnen de tal manera que invaden el campo ético. Entendiendo lo ético como lo que integra, cohesiona, da sentido a una existencia. Es el terreno de los valores, de la percepción del otro, de las personas y sus grupos como imprescindibles para la comprensión de sí mismo y darle sentido a esa existencia.

Esa muerte del chamo tachirense, que remueve nuestra disposición a las lágrimas, bien puede ser una señal, una manifestación de esta crisis general, de esta desintegración.

El gobierno se manifiesta acorralado. En la creencia de que el mucho hablar, insultar,  vociferar e inventar cosas no solo las hace realidad sino que oculta esa crisis general. Inventos que podrían llegar a la locura de sabotear o suspender las elecciones.

No me toca ahora analizar las crisis parciales: lo económico, la corrupción, las carencias alimenticias, la salud, la educación con sus maestros hambreados, la violencia e inseguridad, lo político en sus contradicciones e ineficiencias, lo institucional en su amasijo de disfunciones, la justicia y los jueces en su venalidad y subordinación, lo militar en su extravío identitario y confusión de tareas. En fin, campos en los que los especialistas correspondientes han hecho su tarea y no hace falta ni cabe aquí repetir.

Con todo lo feo que resulta citarse, desde hace más de un año en estos mismos escritos y medio, he usado la palabra transición, que ahora aparece cargada de pecado. Con poca imaginación se la usa para nominar conspiraciones, magnicidios y golpes de Estado. La he usado, al igual que muchos otros, y que cada día aumentan, para referirme a un gobierno de coalición. Un gobierno que reúna a lo mejor en personas, conceptos y propuestas del país para afrontar esa crisis general.

Dicho de otra manera, los problemas son tan graves y tan difíciles que no pueden ser resueltos, ni tan siquiera abordados con profundidad, sino con un esfuerzo conjunto y convergente de todos. Un simple cambio de gobierno tampoco lo logrará. Más concretamente, y aun cuando los partidarios del gobierno se reducen apresuradamente, este gobierno significa, en abigarrado conjunto y curso itinerante, lo que muchos habían esperado. Hay voluntades e ideas que hay que incorporar a la recuperación, a la reconstrucción del país. No es, entonces,  necesario esperar el cambio presidencial. El mismo presidente puede convocarlo. En uso eficiente y políticamente inteligente del diálogo se le puede abrir el paso a ese gobierno de coalición, de salvación.

Todo indica que los opositores van a ganar las elecciones parlamentarias, y hay que ir en esa dirección con lo mejor de los esfuerzos. Pero hay que saber que con esa mayoría parlamentaria el mandado no está hecho. No, ¡es claro que no! Ese cambio solo profundizará la crisis general y, en buena medida, conceptualizarla y destaparla será la tarea de esa nueva Asamblea. Pero la coalición, que no es necesariamente conciliación ni cuenta nueva, es el curso más eficiente y posible para la reconstrucción.

El gobierno, en búsqueda de su necesaria supervivencia ulterior como propuesta política, tendrá que convenir, y lo hará a menos que opte por profundizar lo que ha iniciado: la represión. Represión gubernamental es violencia. Una vía muy repetida y con inercias propias: sería más y más violencia, más y más represión para un país que ya no puede ser aterrorizado. El terror no es una opción posible ni siquiera con un autogolpe. Lo que sí es posible es la muerte, la tortura y la violencia: una inversión de terrible pronóstico que tarde o temprano se revierte.