• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

Al instante

Tras confesión de su fracaso, el gobierno debe buscar entendimiento

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El largo preludio y envoltorio retórico de las “medidas” no fue otra cosa que una confesión de fracaso. Un fracaso que tardó 17 años en incubarse.

En una larga reiteración de lecciones y monsergas se enmarca esa confesión. El gobierno habla del “modelo rentista petrolero” como si hubiera venido del cielo y no como una práctica reiterada y consciente de ese populismo. No fue una epidemia, ni un designio del destino, fue una política asumida en función de la proyección de un líder mesiánico, que usó en despilfarro grandes recursos.

El ejercicio de ese populismo rentista fue el eje político pero, además, el cultivo de valores mineros, de la condición de país asumido como inmensamente rico con “las mayores reservas petroleras del mundo” y que van en una dirección muy lejana del pretendido “hombre nuevo”.

El producto ha sido la corrupción más generalizada, el tráfico de influencias, el mercado negro como norma, el bachaqueo como vereda de supervivencia cuando las comunas, vecinos, unidades de trabajo electoral resultaron armaduras de complicidades para la compra-venta de voluntades, reductos de tráficos y palanqueos.

La economía rentista es vieja, antigua, anterior al capitalismo. Fue el modelo del mercantilismo en su versión ibérica, que siguió el imperio español cuando asaltó al nuevo continente, su gente, su oro y su plata para incrementar un poder que luego malversó en guerras, dominios y boatos. El de ahora es un rentismo populista que no se logra esconder con los remoquetes mal ensamblados del socialismo del siglo XXI o el Plan de la Patria.

Esta confesión de fracaso, como ruptura de la cohesión gubernamental, se agrega a las muchas otras manifestaciones y componentes de la crisis general: en alimentación, salud y medicinas, en servicios públicos y transportes, inflación, guerra entre pandillas militares de la Guardia Nacional y el Ejército por el manejo de la droga, pudrición de aparatos de distribución, tráficos de alto nivel y costos en Pdvsa, dudas y digresiones de los propios factores e integrantes del gobierno. Una larga lista que no excluye nada de lo que pueda ser todo el juego social y, como si todo fuera poco y cosa inevitable, que no ocultan los aplausos obligados de caras fastidiadas, el agotamiento de los personeros y sus discutibles capacidades y competencias.

No, señor gobierno, como se ha repetido mucho, es una crisis ética.

Ante esa confesión de fracaso lo que queda no es la toma de “medidas” o  remedios. Debería ser la apertura a negociar para el diseño de una transición, integrada por todos los factores necesarios para ello con o sin el actual presidente, pero no vemos ninguna señal en esa dirección y se hace tarde.

Es mucho lo que está en juego y el cambio podría resultar muy costoso, sobre todo para los mismos integrantes del gobierno y sus culpables jueces complacientes, si se agudizaran, como es de prever, las tensiones y agresiones y si es que no coge calle todo este gran lío.