• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

Al instante

Tres actores en el caos

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Es difícil hablar de actores cuando la atmósfera es de caos. En el caos no son distinguibles los actores, y más bien son re-actores. Todo es confuso y nebular y hay poco espacio para predecir.

Como actor principal está el gobierno, que más que actor es un grupo actoral cuya nota dominante es la descomposición: Presidencia, poderes públicos, buena parte del Aalto Mando Militar y una densa madeja de intrigas. Uno ve a sus integrantes confesar, entre líneas, la inevitable salida del presidente y sus gobernadores y se consuelan pensando en que será el año próximo, dejándole el puesto a un vice por él mismo nombrado. Algo así como una oportunidad para transar sin comprometer el juramento de fidelidad.

Al presidente se le ve cotidianamente ufano de manejar el poder militar. Los militares son un lío donde compiten las preocupaciones profesionales sinceras, con los imperios mafiosos de agrupaciones circunstanciales en torno a caudillos con poder. Allí ser honesto es ser sospechoso. Por lo tanto hay que aplaudir.

Los criterios económicos del gobierno también se vienen abajo, en un curso que contraría las pretensiones de esa colcha de retazos ideológicos que fue el socialismo siglo XXI. Los precios se salen de madre, la devaluación da saltos. A este cuadro se agrega la dolarización sin dólares. Los precios suben para alcanzar los niveles internacionales, lo que parece propiciar las importaciones a precios colombianos con la reapertura de la frontera. Es decir, lo que los economistas han repetido, terminaremos ganando treinta dólares para comprar harina a dólar y medio.

Improvisa fórmulas yerbateras de organización “comunitaria” que han ido desde los círculos bolivarianos hasta los CLAP, que una vez más unen caridad con clientela y en peculado de uso presentan en el Teatro Teresa Carreño un tal Congreso de la Patria en afán de contentar a los aliados del azorado Polo Patriótico.

El segundo actor son los opositores. Los llamo opositores porque no son una singularidad, todos lo sabemos. Tratan, y a veces lo consiguen, un cierto campo de unidad. Pero uno siente que esa unidad es el punto de arranque de una competencia. No sabemos quién llegará de primero en esta carrera. En todo caso, y a diferencia del gobierno, que se descompone, la oposición se compone, trata de integrarse pero aún no logra el perfil necesario para el juego político tomando la iniciativa. El lenguaje en los discursos agresivos, que tanto usan los voceros presidenciales, no tiene la altura necesaria para comunicar confianza. Sobre todo cuando el drama no termina cuando salga el gobierno actual: habrá que construir y eso necesitará confianza.

El tercer actor es la crisis misma, que no acata directivas. Está en su propia inercia, de hambre, carencias e inseguridad, que no es manejable. Cualquier incidente con un policía loco puede desencadenar el gran rollo. Veo el tono con el que controlan colas y manifestaciones, les resulta difícil controlarse cuando ellos mismos sufren lo que reprimen.

El referéndum debe entenderse como una forma de diálogo. Es acudir con dos posturas dialogantes a un juez: los votantes. Es necesario, para una profundización de la democracia, que se vaya a ese diálogo. Pero la democracia es incómoda cuando no nos favorece y, además, aún no es un valor establecido.

De cualquier manera, el presidente va a salir. Está ya escrito, sus vecinos lo saben y lo miran casi con ojos de velatorio y seguro que están pensando: ¡Hay maneras elegantes de salir!

Si el chavismo quiere permanecer como movimiento político, para un eventual retorno, más acá de su pretendida eternidad, tendría que negociar y saber replegarse para reagruparse y tomar aliento.