• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Unidad para la transición. La dignidad extraviada

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La crisis sigue su curso, al punto de formar trágica parte del paisaje, y los lamentos tienen el sabor de la desesperanza. A ella ahora se refieren constantemente tanto la gente de la oposición como del gobierno. Como patrimonio nacional.

Para lograr comunicarme, debo hacer algunas precisiones en cuanto a mi manera de ver y nombrar las cosas.

Esta crisis es el afloramiento de un largo padecer social que, lejos de haber sido resuelto, o por lo menos abordado, ha sido agravado por el actual gobierno.

Ella tiene que ver, ciertamente, con una economía parasitaria. El gobierno en todos sus quince años se ha apoyado en una filantropía política, que también se ha llamado populismo, clientelismo, rentismo. Pero que, en todo caso, significa el uso de los recursos petroleros para la compra de conciencia de la gente.

La economía es una disciplina de extremos borrosos, pero que en su afán por parecer científica prefiere trabajar con cantidades. Cuantifica los procesos sociales y los lleva a formulaciones, más o menos estrictas. Pero para comprender lo venezolano hay que ir más lejos. Hay que ir a lo ético, al sistema de valores que enmarcan el comportamiento y la toma o ausencia de decisiones.

En esos sistemas de valores, tal vez el primordial es la dignidad. Valor que atiende a la conciencia de sí como sujeto válido, merecedor de respeto y reconocimiento. La dignidad soporta la toma de decisiones en cuanto al propio curso o proyecto. Su debilitamiento alienta la dependencia, la propia postergación.

Y es, justamente, en la reflexión sobre ese valor, sobre la dignidad, donde podemos encontrar los criterios para comprendernos.

Desde hace mucho tiempo vimos menguar, sin mucha conciencia de ello, nuestra propia dignidad. Delegamos el ejercicio de nuestras decisiones, el respeto y la necesidad de trabajar para producir y construir, en los manejadores políticos y económicos del petróleo, nacionales e internacionales.

Usar el lenguaje de la Guerra Fría para atribuirle la culpa al “imperialismo” es simplificar el problema.

Occidente –ahora llamado “comunidad internacional” y que se enfrenta a ciertas versiones acorraladas del islam– es una cultura que arranca con el Renacimiento, pero que toma cuerpo en el centro de la naciente Europa como modernidad. Emigra con los Padres Peregrinos a Norteamérica y de allí se expande, en carriles de guerras, invasiones y negociaciones, por todo el mundo.

Es la globalización de esa cultura que, en sus zonas difusas geográficamente internas o externas, se fusiona o mestiza para generar cosas como las que vemos en China, que continúa, por otros medios, la misma vocación expansionista de Occidente.

La occidentalización en Venezuela ha seguido el curso –y los intereses– del petróleo. Fusiones y mestizajes que trajeron dictaduras y formas democráticas, a veces con altos costos humanos y ecológicos.

El socialismo, tanto como el liberalismo, son modos ideológicos occidentales y ambos se versionan de maneras peculiares, como bien sabemos y presenciamos. Vistiéndose con atributos vistosos, en uso atropellado de símbolos, lenguajes y religiosidades.

El uso actual, insisto, de los ingresos petroleros para la beneficencia con propósitos políticos argumentados como distribución de la riqueza, además de ser limitados, tiene la propiedad de expandir consiguientemente el recipiente, la necesidad cierta o simbólica de las personas.

Ese límite, ese agotamiento de los ingresos petroleros es el centro económico de la crisis, que al hacerse social llega a todas las formas de relación. Los personajes más preparados del gobierno lo saben y, ahora, lo confiesan. ¡No alcanzan los reales!

Ese es el problema y esa es la tarea: la reconstitución ética de la nación. Es un trabajo de aprendizaje y construcción social que debe lograrse con hechos, en realizaciones a partir de un gran acuerdo nacional. No es cosa que pueda hacer el gobierno solo y en decadencia como está, ni los opositores confusos y descosidos como se muestran.

No es otra revolución. Tiene que ser un proceso concertado de construcción de un país.

arnaldoeste@gmail.com