• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

Soberanía e independencia. Viajar para pedir

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El discurso oficial es corto en el uso del lenguaje y menudean términos que suenan a gloria y trascendencia. Un tono de mensaje celestial que se ha atribuido con frecuencia a los héroes. Uno tiene que imaginárselos en una altura particular desde la que se vería a los mortales muy disminuidos y obedientes. No supone reflexión, iniciativa ni exigencia creativa.

Independencia y soberanía son dos palabras impelables en las proclamas y peroratas oficiales. Voy a abrirlas un poco, más allá de sus significados de diccionario que ofrecen referencias importantes a pensadores europeos: Bodin, Rousseau, Hobbes…

Soberanía, en lo cotidiano, evoca espacio, territorio sobre el cual se domina y se ejerce un poder no discutible. Susceptible por demás y, por tanto, generador de un variado conjunto de símbolos: cantos, banderas, escudos, poemas acoplados de tal manera que al tocar a uno de ellos se toca a todos. El gobierno se las arregló para incorporar a ese conjunto de símbolos el de una persona, un mesías que los personificó: “un hombre a caballo” al cual solo habría que seguir, independientemente de que hablara de Socialismo siglo XXI o del Vudú.

Independencia, aun cuando es vecina,  evoca mas bien una condición ética, autonomía para decidir de por sí, sin subordinación impuesta. Así la he propuesto para la formación y la educación de la gente: se  debe aprender a imaginar, crear y tomar decisiones afrontando el riesgo que ello trae. La independencia está en la base de la realización de la persona y del País. 

No obstante, los dos términos  independencia y soberanía se han solapado en su uso histórico y mucho más en este discurso oficial.

Pero, lamentablemente, las cosas exigen mucho más que discursos. Lo que leemos, oímos y presenciamos, es el extravío de sus significados en cualquiera de sus acepciones: una soberanía crecientemente hipotecada para obtener divisas y poder mantener el curso de esa hipótesis irrealizable que es el socialismo siglo XXI y una independencia que solo se enuncia, cuando las decisiones, iniciativas y creaciones necesarias para construir el País se subordinan a los intereses del mercado internacional y de una China creciente como imperio económico.

El mal está hecho y las promesas, ahora imposibles de cumplir, están en la calle. La crisis general crece y como tal, más allá de lo económico, social y político, invade lo ético y la cohesión del País. Una crisis que comenzó hace décadas y que pudo haberse superado, hace quince años, haciendo que la gente entendiera que había que trabajar y aprender para hacer crecer el País y sacarlo del pozo moral de la minería,   diversificado la economía y evitando el uso de los ingresos petroleros para corruptelas, comprar conciencias y votos.

Toca aprender a vivir en la penuria que se viene encima. Independencia para tomar las decisiones más adecuadas y soberanía para saber que este, nuestro País,  está inevitablemente vinculado a lo que ocurre en todo el mundo, a todos los países. Un vínculo que debe utilizarse, sin prejuicios ni afiliaciones a bloques políticos, para enriquecerse culturalmente e intercambiar nuestros productos con el mejor provecho posible, como también lo hacen, sin que nos quede duda, los rusos, chinos, gringos o europeos.

Aunque suena árido e imposible para los oídos de juramentados y justicieros de parte y parte, vendrá el tiempo de diálogo, de concertación, de coalición. Aunque ahora se vea imposible, los hechos lo van a obligar.