• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

Profundizar la democracia en la educación

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La necesidad de cambios profundos en la educación formal es cosa repetida y aceptada. Pero la dirección pedagógica de ese cambio, que es donde reside el peso mayor, no es comprendida. Muchos piensan, como es habitual, que otro tiene que cambiar, que el cambio es una prédica, no una acción.

Hay que actuar.

Es necesaria una militancia en el optimismo.

Ese optimismo –que a veces pierde pie en la circunstancia– no me hace olvidar que el cambio es a largo plazo.

Una educación de calidad es aquella que logra en la persona valores y competencias. Valores como grandes referentes para el propio proyecto de vida en sociedad: dignidad como respeto y reconocimiento, participación, solidaridad, diversidad, continuidad con la naturaleza… y competencias: como saberes, habilidades y destrezas adecuadas para su desempeño en el trabajo y en contextos ciertos. Un logro que se da por su ejercicio, por su práctica reiterada.

Es pues, la educación formal mucho más que una cuestión de cobertura, de números, de pura incorporación. Se le puede llegar a la mayoría para envilecerla y matar su dignidad, lo que es contrario a la concepción de la democracia como fuerza creadora.

Profundizar la democracia es llevarla a todos los ambientes y, particularmente, a las aulas.  Eso no existe. Me asomo con frecuencia a ellas y lo que encuentro es un maestro o profesor hablando y reprimiendo para que su discurso, su lección sea atendida, sin que los estudiantes participen y discutan. Discurso o lección que deja muy pocos aprendizajes. Lo que resulta que buena parte de lo poco que se aprende es haciendo tareas con la ayuda de una madre que comparte la importancia de aprender o de un compañero dispuesto. De allí que las familias disueltas resultan en altas cifras de fracaso o exclusión escolar.

Lo anterior es una dirección de cambio que adelantamos en otros países con buenos logros. Bien quisiera seguir haciéndolo en mi país.

Un esfuerzo de esa naturaleza, como otros de similar importancia, solo es posible con un acuerdo y voluntad de ejercicio. Pero lo impiden la división y polarización y el empeño de imponer criterios reductores. Bien sea para regresar al pasado o para imponer una revolución que se descubre cada vez más turbia e ineficiente. Incluso impiden la libre aproximación para discutir. El temor a ser utilizado o tergiversado políticamente, inhibe.

Es el imperio de la sospecha. Es la ausencia de confianza.

Buscar eso es una tarea política. Ha sido, en teoría y práctica, la política.

Pero para ello se necesita, de parte y parte, liderazgo y coraje.

Generar confianza, abrir el diálogo, buscar la participación de los más capaces menos que de los más leales es, a fin de cuentas, un ejercicio político.

Hay una gran diferencia entre preservar el poder, como fin en sí mismo, que tener el poder como medio para construir el país.

La ilusión o la prédica revolucionaria, como ocurre con los partidos y organizaciones, terminan por hacerse ritos. Por hacerse carne de burocracia.

Y allí se embotan los proyectos y afloran las inferiores truculencias humanas.

Esto no es novedad. Esto lo saben los gobernantes y líderes políticos. De haber sido repetido en la historia, ahora está en los manuales.

El diálogo como ejercicio regular, que es a fin de cuentas el propósito de los poderes y las instituciones democráticas. Discutir, deliberar, tomar decisiones es su pretensión. La Asamblea Nacional, los tribunales, las fiscalías, los defensores de derechos y, sobre todo, el Consejo Supremo Electoral, son los instrumentos legales, constitucionales, obligados para garantizar la justicia y oportunidad del diálogo y la necesaria confianza para que prospere.

Pero todo lo anterior resulta imposible si la lealtad a una doctrina, dogma o recetario obliga su imposición. Eso es medieval, eso no es revolucionario, eso no es socialismo. Eso lo saben los cultores de la lealtad.

Eso lo puedo comprender para las estructuras militares: maquinarias leales de guerra y muerte. Pero no para la sociedad: en ella debe residir una democracia profunda.

@perroalzao