• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Mercado negro o mercado rojo

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Una rápida revisión histórica descubre que el mercado negro ha acompañado buena parte de las grandes crisis sociales de muchos países. Surgen con guerras y catástrofes naturales que traen severa escasez.

En Venezuela esa sombra se ha extendido a casi todas las actividades. Mucho más allá del comercio y compra de la canasta básica, que es mucho decir: toda acción pareciera tener costos adicionales. Diligencias por papeles y documentos, pasajes, medicinas, espacios en hospitales, venta o alquiler de inmuebles, compra de automóviles. Toda gestión es un peregrinar por los caminos inciertos de ese mercado, no solo ya de la inseguridad, que generosamente produce la violencia, sino de la rutina del diario vivir.

Nos preguntamos cada vez, ¿nos merecemos esto?

Pero aun, lo peor, que pareciera que nunca tiene fondo, está por venir.

Concentración cambiaria, devaluación, aumento de la gasolina y otras graves medidas económicas, tanto si se toman como si se dejan de tomar, no auguran sino un agravamiento de la crisis social.  A ella convergen la crisis del sistema de salud y la incertidumbre política.

Esta última, es tan espesa que casi se puede tocar en cada declaración de los gobernantes. Marchas y contramarchas, lenguajes confusos y contradictorios, marcahuellas y contrahuellas.

Se repiten los ingeniosas y espectaculares montajes para distraer a los ansiosos o atraer a los mendigos: las misiones, el Dakaso, las fronteras culpables en manos de visires generales. A un extremo descaro cuando a un peculiar gobernador  se  le desliza la confesión de que los Guardias Fronterizos son venales y que hay que anticipárseles el soborno aumentándoles los sueldos.

El cuento lo sabe el gobierno, la oposición y la gente de las colas: el País está quebrado, las deudas son mayores que los ingresos. Se produce muy poco y la desconfianza arropa.

Pero hay que detenerse en algo mas grave. Mucho más que el dinero y las inversiones, mucho más que las tecnologías e instrumentos, que las ideologías o fórmulas de pretendida validez total,  lo fundamental en una comunidad es su solidez ética. Es la percepción  que tiene de sí misma como sujeto válido que merece respeto y reconocimiento. Es la condición desde la cual se lanza la iniciativa, la creación, la producción.

La solidez ética es la que explica la rápida recuperación de países luego de graves hecatombes o guerras. Las inversiones, los instrumentos, las tecnologías caen en barrancos de despilfarro si no hay esa condición ética que las reciba.

No es un simple estado espiritual. Tiene que ver con la dignidad. Es una conjunción no medible de historia y circunstancias, de experiencias y logros, de conflictos y superaciones: es un  aprendizaje social.

La pretensión de determinar esa necesaria dignidad con ideologías maravillosas o controles y leyes solo deriva en evasión del control, en ilegalidad y en una condición de marginalidad de tal magnitud que la corrupción se torna una  manera de ser, como  descomposición del cuerpo social. En aquello que la telenovela brasilera llamaba “todo  se vale”.

La historia y la literatura abundan en las caídas de pueblos y naciones en esos barrancos.

La cohesión social que acompaña la propia dignidad de un pueblo, por sus propias gestas y trabajo, no la sustituye lo que dimana de un caudillo o sol milagroso, que resulta tan frágil y efímera como lo es su resplandor. Para nuestro caso, no hubo cohesión ética sino todo lo contrario: la negación de si como personas al asumir la condición de mendigo.  El pago de esa mendicidad y la negrura roja,  agotó las arcas. Nos quedamos sin dignidad y sin plata.

Lo que nos queda no es cosa de controles y marcahuellas. No es cosa de espectáculos propagandísticos o dramas de frontera y contrabando. Es una tarea de todos. Es ponernos de acuerdo para esta reconstrucción.

arnaldoeste@gmail.com