• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

Infieles en el gobierno

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La historia de los dogmas es infinita. Tiene que ver con la facultad humana de crear instancias de trascendencia. Personas, símbolos, hecatombes, proclamas, manifiestos sueltos al juego social, y no pocas veces aupados por intereses de poder político, económico… toman el vuelo de lo sagrado y, en esa condición, son objeto de culto, de fidelidad y, por lo tanto, de infidelidad.

De ortodoxia o heterodoxia. Desde el poder establecido gracias al dogma sagrado se juzga a los otros, a los infieles.

Se pueden citar muchas historias, pero el desangre del Medio Oriente mucho tiene que ver con lo sagrado, los fieles y los infieles,

Hace ya rato que el gobierno tiene la pista perdida, el libreto roto. No sabe qué hacer y la ignorancia se reúne con la ineficiencia en un barranco angustioso y costoso.

En ese extravío busca brújula y referencia en el legado heredado y se acusan unos a otros de infieles, traidores, escuálidos infiltrados… Un curso peligroso en el que se van acumulando daños, insultos y rencores. Se mina así la moral de los partidarios que terminan por asumir posturas pragmáticas, avecinadas a los menos trascendentes bienes materiales: los reales.

Hay libritos, escritos y larguísimos discursos. Muchos de ellos gravemente contradictorios, otros en lenguajes ambiguos con aforismos y cuentos vecinales necesarios de ser interpretados y, por lo tanto, sesgados para favorecer a unos o a otros.

Hay una serie de televisión muy vista, Los Borgias, que relata el mundo vaticano y florentino en la época emergente del renacimiento italiano, llena de fidelidades, infidelidades, asesinatos y guerras. ¡Como para verse en ese espejo!

Mientras ese culebrón se desenrolla en el gobierno, el país se disuelve. Las crisis en los diferentes sectores convergen hacia una crisis general que, más allá del dogma, acosará a todo y a todos en un continuo de desespero. De codazos por sobrevivir en un barco que se hunde.

Las soluciones no están a la vista: hay que construirlas. No las tiene, por supuesto, el gobierno, pero tampoco los opositores. Más aún, hay problemas tan graves que esas soluciones, por muy acertadas que sean, no podrán acometerse sin la participación de todos, de todos los sectores.

El camino a esa participación de todos pasa por el diálogo. Encuentros operativos de discusión que generan confianza básica y que, sin eliminar diferencias o ideologías, busquen progresivos acuerdos.

Un referente de esas discusiones bien podría ser la Constitución vigente. En ella está lo básico para un juego democrático e, incluso, la constitución de un gobierno integrado, de coalición nacional.

Por supuesto que con el clima enervado y de búsqueda de culpables lo último parece imposible. Habría que, sin suprimir las críticas y discrepancias, echarle agua a ese fogón.

La campaña electoral para la nueva Asamblea Nacional ha arrancado con mucha modorra, pero hay muchos que piensan en llegar a ser elegidos como diputados. Bien podrían ellos tomar un camino propositivo, local o nacional que incite debates interesantes y diferentes a los de fieles e infieles.