• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Educación en la participación

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La gente me pregunta sobre lo que va a pasar. ¡Creen que uno lo sabe! Tal vez porque uno escribe cosas, da clases y predica (a veces más como catarsis que por convicción). Cuando en realidad uno se hace la misma pregunta.

Presiente que la crisis general se va a profundizar con graves penurias, que los opositores ganarán las elecciones y que esa nueva Asamblea Nacional será un gran avance pero poco podrá resolver si se dedica a arreglarle las cuentas al gobierno en lugar de procurar acuerdos y coaliciones para afrontar así este desastre.

No sé lo que va a pasar, pero sí creo saber lo que hay que hacer: participar.

La participación, justamente, es el curso contrario al de un gobierno autocrático y descarriado.

La Constitución vigente, que tiene un tono presocialista y nos define como una democracia participativa, estableció muchas cosas que fueron luego violadas en la pretensión de aplicar el, tempranamente agotado, socialismo del siglo XXI. El gobierno siglo XXI se nos ofrece como una pieza de teatro de enredos con repetidos personajes: la justicia obediente con  jueces acólitos e ineptos, incapaces siquiera de redactar una sentencia con alguna argumentación hilvanada, el CNE que patrocina el ventajismo, el defensor del pueblo como militante chavista de rebuscada elegancia, la señora fiscal terriblemente mimética, un contralor que tiene mirada fina para inhabilitar opositores, generales con miradas torvas y esquivas que parecen esperar oportunidades.

La pretensión de hacernos una sociedad y unas personas participativas no pasó del enunciado. Pero la profundización del viejo populismo y del rentismo que lo ha abonado llevó a unas organizaciones y relaciones sociales que redujeron la participación a una infinita y omnipresente cola donde los pobres, ciertamente, se han hecho visibles: la manera de recibir una cuota del petróleo a cambio de la dignidad y la conciencia. Cola que no solo está en las calles y supermercados: está  más que nada, y el gobierno bien los sabe y poco puede hacer (no es fácil cortarse la propia mano), en los conflictos mafiosos que florecen en los ministerios, fronteras y gestores de negocios y que es donde se ha trajinado la mayor porción de los ingresos petroleros: droga, oro, diamantes, gasolina en proporciones mucho mayores a las de las pimpinas o las bolsas de mercado con harina, azúcar, pasta de dientes y otras lameduras que la gente de a pie o en moto, lleva por calles y trochas.

Hablar de valores suena a monserga un tanto cursi. A linimento que cura todo. A conseja de viejos. Pero hay que hacerlo. La participación mucho más que una forma de relacionarse con lo social, el barrio, la familia, el grupo de amigos, la empresa, el barrio, la calle, el condominio…, es un valor, es el ámbito de lo ético. Un referente mayor, de carácter fideico, en relación al cual se toman decisiones, se hace un proyecto de vida, se disfruta, se produce, se trabaja, crea o también se vegeta.

Ese valor no se ha establecido en nosotros, en su lugar recostarse del gobierno en espera de sus dádivas o limosnas es otro y contrario valor: el de la mendicidad. Es el que ha cultivado el gobierno.

Los valores se logran con un ejercicio pertinaz y se iluminan en momentos de graves crisis o catástrofes. Son aprendizajes. Es cosa de educación con el ejemplo y la acción.

Las aulas, apresadas en carencias crecientes, son pobres espacios de menguada democracia: en lugar de cultivar la participación se cultiva la obediencia y el silencio. Se premia la sumisión y el acolitismo. Se prepara el terreno para los caudillos y populistas. Hay que transformarlas en ambientes donde se construyan valores y competencias participando.