• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Cupos universitarios y exclusión escolar

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Es clara la actitud autoritaria e ilegal de imponer a las universidades los estudiantes que deben ser inscritos. Independientemente de los criterios que las universidades tengan, su autonomía les permite decidir sobre su matrícula.

La educación venezolana es excluyente y siempre lo ha sido. La pedagogía vigente así lo determina.

Las cifras son contundentes: para 2012, en básica (1º a 9º grados) se inscribieron 4.977.566 niños; en media, diversificada y profesional, 828.926. En educación superior, para 2006 (OPSU) se inscribieron 1.222.985 (solo 20% llega a ese nivel) y egresan 110.106 (las cifras son esquivas, el ministerio no las suministra, las tomo de venescopio.org.ve). Puede haber variantes, pero lo evidente es que hay un número muy grande de jóvenes fuera de la educación formal, la que combina incapacidad para retener e incapacidad para formar. ¿Dónde están esos jóvenes? y ¿por qué no están estudiando? Es de pensar que se reparten entre empleos ocasionales, la llamada economía informal (una versión clemente del desempleo) y la muy formal violencia juvenil.

Una aproximación cuidadosa a las aulas de clase y a lo que en ellas ocurre las descubre en una pedagogía informativa, con frecuencia autoritaria, no participativa, fastidiosa y no orientada hacia la formación de valores y competencias. Una información poco relevante y significativa que el niño percibe como poco vinculada con su eventual proyecto de vida, realización social, aspiraciones y trabajo productivo.

Una buena parte de la educación superior es igualmente informativa, no pertinente ni orientada hacia una atractiva función creativa o productiva. Los estudios universitarios corresponden a una cierta gama de vocaciones que también resultan selectivas y jerarquizantes. Los eventuales sueldos, ahora también muy menguados, se perciben, ciertamente, como vinculados a la posesión de un grado universitario y se menosprecian otras calificaciones y competencias: artes, técnicas, ciencias puras,  sociales… imprescindibles para la construcción de un país.

No toda persona tiene que seguir estudios universitarios, pero todos tienen el derecho, que corresponde a una necesidad de la nación, de lograr una educación suficiente para su propio logro y su participación activa y productiva en la sociedad. 

El docente, muy apresado en sus carencias económicas, tiene poco tiempo o voluntad para cambiar esa condición. Las autoridades educativas, también apresadas, pero en una mística predisposición política, tienen poca voluntad, apoyo o recursos  para impulsar cambios.

Todo eso es excluyente. Hay una exclusión persistente, continua y además no explícita, lo que implica que no hay manera fácil de denunciarla. El estudiante termina por creer que es su culpa, que se ha ido de la escuela porque no tiene inteligencia o aptitudes para proseguir.

Las sociedades actuales nos llevan a estimar mucho más una educación formativa que la informativa vigente. Información cada vez más remplazada por lo digital, por Internet. Lo que no ocurre con la formación, que es inseparable del juego social, de la interacción que debe verificarse en un ambiente de aprendizaje

Hay que hacer cambios, tan importantes como difíciles, que coloquen como primordial lo pedagógico, la forma de la relación social que se establece a propósito de los aprendizajes. Cambios hacia los cuales hay que dirigirse con un sólido acuerdo nacional y una gran persistencia durante varios años.

arnaldoeste@gmail.com

@perroalzao