• Caracas (Venezuela)

Arnaldo Esté

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Arnaldo Esté

Bitácora de la crisis general

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Uno trata de atender otras cosas importantes, pero la crisis general se nos viene encima y así lo refieren los contertulios de Internet, las valientes radioemisoras, este periódico y algunos noticieros de televisión.

No obstante, tengo que mencionar tres cosas: el 50 aniversario del Holocausto memorado con un concierto de la del Sinfónica Venezuela en el colegio María Auxiliadora; la muerte de Zapata, el necesario amigo de todos, y la celebración del 40 aniversario del Sistema de Orquestas con su importante e interesante creador, José Antonio Abreu. En este hombre se reúnen dos cosas: un liderazgo creativo, persistente y socialmente comprometido con una vocación y necesidad de nuestra gente para atender una convocatoria tan compleja como pertinente. El maestro Abreu con gran inteligencia política logró sortear carencias y cambios de gobierno para sacar adelante ese proyecto. Muchos proyectos sociales como este, y en otros campos, podrían prosperar si se establecieran como proyectos de Estado, de toda la nación, independientes de los cambios de gobiernos. Con una continuidad diferente a los que pretenden que la historia comience con ellos. Sabiendo, como ya lo hemos aprendido, que no hay revolución ni proyecto político que logre enterrar la historia. Ente otras cosas porque cada persona y cada pueblo es lo que ha sido, es desde su acervo e historia como se construyen sus comprensiones, conocimientos y creaciones.

Pero la crisis sigue su tenebroso excavar.

Cuando todo el mundo apremiaba la necesidad de cambios económicos adecuados, el gobierno lanza un reencauche del estoposo sistema cambiario. Difícil de entender y más difícil aun de aplicar.

La enfermedad holandesa, que varias veces hemos citado, es mucho más que un trastorno económico. Aquí se presenta como una crisis general que es un trastorno ético. En cuanto que lo ético refiere a lo que integra, a lo que cohesiona tanto a una persona como a un grupo. Así, la crisis general es un proceso de descohesión, de des-integración. En una incertidumbre que hace aflorar lo más elemental y egoísta. Un curso que, como sentimos, va ofreciendo efectos y sus correspondientes síntomas.

Tal vez los más relevantes están y seguirán estando en los servicios: el agua vendrá escasa y turbia, la electricidad se hará espasmódica y el alumbrado público apagará luminarias (cuenten los de su calle), el aseo urbano se hará desear cuando su camiones no encuentren repuestos, los alimentos se harán más escasos y las colas (aun en los sótanos) se harán belicosas, los maestros y profesores de todos los niveles pararán su trabajo porque los reales no les alcanzan, Internet será angustiosa, el transporte público (Metro, autobuses, camionetas, jeeps, taxis, aviones) se hará más caro y errático, los hospitales y clínicas tendrán más largas colas (especialmente en las emergencias), la salud tendrá una dramática selectividad (no me puedo imaginar los crematorios sin gas). La lista puede ser muy larga y con el sabor de las posguerras.

Este listado no es agorero (agorero es lo que simplemente se anuncia con mala leche). Es más bien diagnóstico: está ya a la vista.

El gobierno lo sabe, pero agrava el panorama confesando inestabilidad, denunciando guerras, atentados y golpes de Estado detrás de cada piedra, en un torbellino de insultos, amenazas y demostraciones de fuerza, deshojando margaritas esquivas con mirada miope.

Esa actitud contrasta con lo que encontré en el Aula Magna de mi universidad, la UCV. Estudiantes de varias universidades públicas y privadas se reunieron y presentaron ideas y proposiciones que reflejaban intercambios y discusiones y lo que llamaron “hoja de ruta”. Algo muy importante que, si se traslada a todos los opositores, significaría un incremento importante de su poder político.

La crisis general terminará por obligar al gobierno a ir a un diálogo con cartas abiertas y, no solo a ello: tendrá que formar un gobierno de coalición, de unidad, de salvación. No porque lo quiera (tampoco aun lo quiere buena parte de los opositores), sino porque la cosa se pondrá realmente pelúa. No por guerra económica, golpes ni otros inventos de libros viejos, sino porque la crisis se meterá en todos los sitios y casas, incluso en las de los militares, virreyes y clientes de la banca suiza.