• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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Los valores propios de las ONG

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El concepto de organización no gubernamental nació  en los años de la posguerra cuando la Naciones Unidas, recién refundada, definía sus objetivos básicos: asegurar la paz mundial y promover el desarrollo de los pueblos. La primera de estas dos tareas corría como responsabilidad básica de los Estados, y la segunda se refería a todas aquellas Organizaciones Sociales que, de una u otra manera, promovían el desarrollo social y económico de las sociedades.

Este “mal” nombre de “No Gubernamental”, demasiado limitante y burocrático, se quedó establecido oficialmente, a pesar que su contenido se ha ido cambiando y ampliando constantemente. A nivel venezolano, igual como en otros países, se intenta evitar su uso lo más posible. Así, hablamos de Sinergia, la asociación que nos agrupa, de Organizaciones de Desarrollo Social y de Promoción Humana, que apuntan directamente sobre nuestra función que voluntariamente queremos cumplir en nuestros países, todavía llamados “en desarrollo”.

En su origen, hace como cincuenta años atrás, estas asociaciones surgen mayoritariamente promovidas por iniciativas vinculadas a la Iglesia Católica y varios empresarios preclaros; luego se añadieron variadas iniciativas solidarias. Estas iniciativas se orientaban básicamente a los sectores más desasistidos, y sus esfuerzos abrieron un sinnúmero de nuevos acciones y caminos en el quehacer social.

Dentro de estas iniciativas destacadas, en aquellos primeros decenios, sobresalen las referidas a vivienda popular, los kínder y preescolares, atención a los niños excepcionales, la promoción integral de la mujer, el trabajo organizativo-comunitario, lo referente al micro-financiamiento y su asistencia técnica. Igualmente, toma importancia la atención/cuidado del medio ambiente, especialmente el cuidado de la flora y de la fauna, la atención a la población en riesgo, incluyendo a los niños y jóvenes, todo lo referente al VIH, y a los derechos humanos.

Describo todo esto en pocas palabras, sin mencionar la cantidad de novedosas iniciativas hoy en marcha. Pero cada una de estas líneas de trabajo representan un enorme esfuerzo, donde la iniciativa voluntaria y la mística de trabajo, junto a la convicción de sacar al país y a sus sectores populares adelante, formaban la base de un progreso humano y social de alto calibre, promovido por la sociedad civil organizada.

Muchas de estas iniciativas, una vez probada su eficiencia, se convirtieron en políticas nacionales y forman, hoy en día,  parte de la responsabilidad del Estado o de un  ministerio específico. Lo que puede parecer como un proceso normal y expresión de una madurez mutua, no siempre es reconocido. Hoy en día, a veces, son cuestionadas y minimizadas por los nuevos funcionarios que muestran un desconocimiento flagrante y una ceguera llamativa.

Es así que observamos, que el Estado actual y sus instituciones se sienten dueños absolutos de lo social. Piensan desde su esquina y desde su perspectiva y, sin saber, se encierran en una cárcel que a lo largo los ahoga hasta a ellos mismos. Las relaciones con nuestras organizaciones son casi inexistentes, o no se traducen en un trabajo común que podría ser muy beneficioso para todos.

Las organizaciones sociales deben seguir buscando nuevas alternativas dentro del desarrollo social. Agachadas o bien de pie, deben seguir cumpliendo su papel. Y con satisfacción constatamos que muchos logran encontrar  iniciativas oportunas en estas difíciles circunstancias. Debemos evitar el seguir viviendo de un pasado que no está más presente. Debemos igualmente, evitar acostumbrarnos a las rutinas de sobrevivencia y procedimientos que hoy no tienen más sentido. Debemos mantener un espíritu animoso y de compromiso social que nos hará abrir nuevas posibilidades, lo más cercanas a la gente y sus comunidades que pretendemos acompañar.