• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

Al instante

La energía transformadora

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¿Será posible reconstruir este país fallido? ¿Habrá voluntad  y capacidad en la época que nos espera, para salir de la maraña que nos abriga? ¿Hay futuro?, ¿con quiénes? ¿Y cuántos años nos va a costar: diez, veinte o cincuenta?

Con frecuencia observo y oigo referencias más bien pesimistas y negativas. La sensación, entre muchos, es que estamos “predestinados” al fracaso, a la imposibilidad de conformar un país básicamente moderno y democrático. Hay ejemplos en abundancia para confirmar esta sensación, desde nuestra condenación como país petrolero (el estiércol del diablo), acostumbrado a un paternalismo fatal y capaz de dejarse llevar por “los pajaritos preñados” de un socialismo fantasioso y utópico, hasta la lucha ciega por el poder donde el bien común casi no entra en juego. Además, el capital humano se ha ido mermando al observar que muchos de nuestros (supuestos) mejores cuadros técnicos se han mudado al exterior. Para no olvidar nuestras deudas internacionales y el desmembramiento de nuestras instituciones.

No comparto este sentimiento de condenación colectiva. Todo lo contrario: estoy convencido de que habrá suficientes energías y capacidades presentes (y a consolidar) para enfrentar con positivismo esta tarea macro que debemos realizar. Una vez que se prenda el sentimiento de “ahora sí”, nacerán y consolidarán miles de voluntades que captan que la historia les exige la grandeza de una nueva creación. No desde cero, sino a partir de los conocimientos y realidades acumuladas que serán las piedras para realizar este futuro. O como escribe Milagros Socorro en su Twitter: “La sensación es de que en cualquier momento amanece… y estamos tan impacientes por ver el sol y sentir la brisa mañanera disipando sombras”.

Todavía me recuerdo como joven adolescente, mi visita a ciudades alemanes totalmente destruidas. Y donde en medio de una temperatura para congelarse, centenares de mujeres (sus hombres habían muerto…) formaban filas continuas para sacar los ladrillos rojos de los edificios destruidos, limpiarlos y amontonarlos para la pronta construcción de sus nuevos hogares. Capté esta profunda fuerza moral y humana que siempre deben acompañar los grandes momentos.

Quizás no somos suizos ni alemanes. Pero cuando observo a nuestro pueblo y sus adquisiciones a lo largo de los cincuenta años que estoy en este país, puedo valorizar la gran energía presente que ahora debe ser manejada en función de un nuevo gran proyecto a realizar. No olvidar que la mayoría de las casas de nuestros sectores populares fueron construidas por ellos mismos con una tenacidad ejemplar. No se puede olvidar la gran cantidad de empresas urbanísticas y de constructores que hace años puso a Venezuela a la cabeza del continente en este renglón de urbanizaciones populares.

A pesar de todos los problemas en la educación observo, en Internet y en los blogs, cantidad de iniciativas, estudios y reflexiones que nos hablan de una dinámica creadora con grandes miras hacia el futuro. Y, sorprendentemente, nuestras organizaciones sociales que fueron desconocidas o saboteadas por la actual administración pública sobreviven con fuerza. Han adaptado sus programas y equipos humanos para adecuarse a las nuevas realidades, pero siguen activas como nunca y dispuestas a colaborar e invertir en esta nueva etapa que está en sus albores.

Los miles de emprendedores, que como un fenómeno humano esperanzador está presente en todas partes, reflejan las energías en ciernes presentes en nuestra sociedad, y reflejan un futuro productivo que caracterizará nuestro país. La resiliencia que tiene nuestra gente en momentos tan difíciles como hoy, será mañana la fuerza del progreso deseado.

Una especial atención hacia nuestros estudiantes de las instituciones superiores. Han resistido a pesar de las persecuciones o los que todavía están sufriendo cárceles. Entre ellos están los que mañana podrán dirigir los proyectos nacionales de progreso y bienestar y los renovados partidos políticos.

En la misma línea constato la actuación integradora de empresas y sus cámaras, gremios y federaciones empresariales. La integración actual es superiora la dinámica administrativa y burocrática de antes y están redefiniendo su papel futuro, muy ligado a la responsabilidad social de cada uno de ellos.

Podía seguir nombrando muchos espacios sociales y productivos en la misma línea: a la banca privada que sobrevive con un alto nivel ético y profesional y que se abrieron al microcrédito; al comercio con las miles de bodegas que deben hacer gimnasia para sobrevivir y siguen sirviendo en medio de grandes dificultades.

Pero la mayor energía transformadora es la moral y la espiritual. En la esencia de la realidad humana está inscrita como el ADN de la energía moral. En cada persona y en toda la sociedad, desde lo más profundo de su ser, está el deseo innato e imborrable de lo justo, de lo recto, del respeto, de un mañana mejor. El liderazgo nacional debe dar el ejemplo, no tanto en palabras como en hechos observables. Todas las instancias de la sociedad deben aportar en eso, cada uno en su campo. Es una energía que todos deben aportar con miras al bien común.

La energía espiritual es aquella que apela sobre los valores más altos, ligados a nuestra fe cristiana. Es la seguridad de que Dios anda en el buen hacer de cada uno. Es la seguridad que nos llena de energía, que nos hace capaces de tumbar montañas, de allanar valles y de conducir los ríos al mar. Nuestra Iglesia Católica y sus autoridades bajo la guiatura espiritual del papa Francisco, junto a las demás iglesias cristianas y religiones deben asegurar la profundidad de esta etapa para asegurar cambios substanciales y auténticos y no un maquillaje  pasajero.