• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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Somos un diálogo

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Una idea impactante: ¡Somos un diálogo! Por cierto lo encontré en El País, escrito por la filósofa Adela Cortina, la que me sirve para desarrollar esta idea. Es una definición reveladora y prometedora.

Me atrevo a aplicarlo desde el nacimiento de un niño o niña que continúa su aventura humana iniciada en el seno de su madre, con palabras de amor, caricias y canciones. En todos sus primeros años realiza paulatinamente un apasionante diálogo con su entorno presente y particular, por medio de sus sentidos, vista, tacto, gusto, olor, audición y sabor. Y no olvidar los kinestésicos que incorporan paulatinamente movimientos y espacios. ¡Qué belleza!

Es un diálogo permanente donde estas débiles criaturas, en sus variadas experiencias, modelan sus propios sentimientos, conductas y construyen lentamente la columna vertebral de su vida. Sin saber, han comenzado a participar en la vida con el mejor regalo que la humanidad puede ofrecer: vivir en un hogar y en una comunidad con un permanente diálogo, con todas las limitaciones como es también la realidad de la vida humana. Pero igualmente, definimos así nuestros nudos personales, nuestras fobias, nuestros enredos que nos caracterizan igualmente: son luces y sombras, yin y yang, virtudes y pecados que conforman el resultado de este diálogo humano.

Tal verdad: “Somos un diálogo”, sigue vigente como reto en la vida del joven y del adulto, hombres y mujeres de todos los colores y naciones y de todos los tiempos. En cada etapa de la humanidad aumenta la exigencia y complejidad que las sociedades expresan en sus creencias y culturas, descubriendo las nuevas exigencias del diálogo y confrontando con dolor sus obstáculos y limitaciones que afectan a cada sociedad y la humanidad en su totalidad. No somos tan perfectos ni tan capaces, como alguna vez nos imaginamos. La fantasía de lo ideal debe obligatoriamente incorporar sus límites. O para decir cristianamente, debe incorporar la realidad de lo imperfecto, la debilidad en su diaria expresión, por lo cual debo saber pedir sencillamente perdón.

Así observamos, aunque nos duela: la xenofobia para con los extranjeros, como constatamos de manera llamativa en Europa, en esta época, pero igualmente entre nosotros, en menor grado, para con determinados grupos y pueblos.

El racismo que condena apresuradamente ciertas razas y pueblos originales. Vemos sus dramas en Estados Unidos y en muchos otros países. Largo tiempo disfrutamos en nuestro país de una convivencia hermosa y progresiva hacia la integración de las distintas razas. En los últimos largos años se han introducido acusaciones y juicios que dañaron este proceso para llevarnos a prejuicios y falsas “prudencias” que nos afean.

La homofobia para con los homosexuales, muy común en grandes sectores de nuestra sociedad,  que puede llegar algunas veces a violencia ocasional. El papel de la Iglesia en la línea de Francisco, obliga a un respeto y a cierto reconocimiento. Además, en nuestras comunidades encontramos y respetamos su presencia permitida con las normales exigencias.

La aporofobia quizás es menos reconocida, pero resulta en el rechazo y el enjuiciamiento moral hacia los más pobres y marginados. Nos da asco acercarnos a los barrios más pobres o atender a gente de mal aspecto.

Pero lo que más de todo esto hoy en día nos afea son los prejuicios y los insultos políticos que afectan a toda nuestra sociedad, a sus instituciones y a nuestras familias. Las palabras más humillantes, agresivas y decadentes forman parte de nuestro léxico diario y nos moldea la mente y nuestra conducta. Diariamente lo podemos vivir en las relaciones sociales, pero también dentro nuestro propio corazón donde surgen con una evidencia inusual. A todos nos toca las consecuencias, pero igualmente la obligación de cambiarlo en diálogo.

Si aceptamos el punto de partida: “Somos un diálogo”, necesitamos tomar conciencia sobre las respectivas consecuencias de esta fuente de mi ser que  está en esta idea. Debo sanarme de esta fobia de la división social, del odio que se transpira y que define tantas vidas. Debo sanarme de los prejuicios simples y supuestamente evidentes que normalmente tienen una alta dosis de superficialidad. Debo sanarme de pensar en blanco y negro, y permitir matices y variantes que incluyen al otro, a sus pensamientos y sentires. Debo sanarme de mi verdad como algo absoluta, aceptar que solo en la buena escucha y el real respeto (no fingido) podemos conformar nuestra verdad alcanzable y progresiva.

¡Somos diálogo! Es una de las esencias de nuestra vida. No lo puedo desconocer ni ridiculizar. Lo debo promover en la práctica diaria donde se desarrolla mi vida. En especial, los que tenemos tareas sociales y pastorales, donde se encuentra mucha gente con sus variadas opiniones y puntos de vista. El invalorable hablar sincero. Saber escuchar y saber entrar en la piel del otro para entender mejor su punto de vista, y percibir la realidad. Nuestras actividades de encuentro, celebración y convivencia son los espacios para vivir y sentir que somos un diálogo.