• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

Al instante

Armando Janssens

Nuestra descomposición social

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La primera vez que sentí con fuerza la dinámica de la descomposición social fue la noche del Caracazo, año 89. Fui por la tarde a mi barrio, donde realizo mi trabajo pastoral, para animar a la gente en aquellos momentos difíciles, y los encontré en un ambiente de fiesta, alrededor de un sancocho de carne, llevada por los “malandros”, durante el día, y entregada a la comunidad para su deleite. Luego constaté que algunos de ellos habían regalado algún electrodoméstico “expropiado” a las maestras de su escuela primaria. Y eso, en presencia de los alumnos que, juntos dijeron: ¡“Gracias, Señor!”. Desde aquel momento, el “malandro” recibió su “cédula de reconocimiento”, con el claro acuerdo de no molestar en este barrio sino en otra parte.

Algo parecido, pero con alguna diferencia, sucedió tres semanas más tarde. La Guardia Nacional entró en algunos edificios de clase media, en la avenida Lecuna, donde se había saqueado una gran mueblería y una tienda de electrodomésticos, y piso tras piso revisaron los apartamentos de los vecinos y recogieron gran parte de los muebles y aparatos desaparecidos.

Esto, y muchos otros ejemplos, me indicaban, en aquel tiempo, que en nuestro querido país, donde se hablaba de progreso y del gran crecimiento de la educación y de la ciudadanía, al mismo tiempo las normas básicas de “lo mío y lo tuyo” estaban lejos de ser evidentes. Como se podía observar, las normas de la convivencia pública no estaban claras y cada uno las interpretaba a su manera.

Desde aquellos momentos me quedé pendiente de todos los signos que indicaran un progreso o un retroceso. Pude constatar, con dolor, que estamos –y hoy en día más que nunca– en un deterioro social y moral que como un virus ha invadido todos los cuerpos: familia, comunidades, instituciones públicas, empresas, etc., que abarca al Estado y a toda la sociedad hasta en sus tuétanos. Todos lo vivimos y sufrimos, de una y otra manera, y nadie puede escapar de eso. Es la tragedia que cargamos. Es la perpetuación del desajuste social y moral que nos asfixia a todos.

Ejemplos sobran. Y acusaciones también. Cuando oigo las críticas contra los motorizados que, de hecho, son un permanente peligro en avenidas y carreteras, no puedo escapar de hacerme algunas preguntas. ¿Si los que manejan carro, mañana manejaran motos, su comportamiento sería más prudente o más civilizado? ¡Lo dudo profundamente! Con contadas excepciones, igualmente seguirían los abusos y el caos que ahora observamos. Es expresión de esta descomposición social en todos los ámbitos. Descomposición heredada, y que pareciera constituir nuestro ADN nacional que no se adecuó suficientemente a nuestra necesaria convivencia citadina. Se pueden esgrimir muchas explicaciones: que no hay autoridad, que no se castiga severamente, que a los funcionarios del tránsito no se les paga lo suficiente, etc. Todo eso es verdad pero, en el fondo, no hemos hecho la “terapia” colectiva necesaria ni la formación ciudadana que nos conduzcan a una actitud más respetuosa y solidaria en la vida pública. Según mi opinión, no existe una moral ciudadana generalizada, sino muy individualizada. ¡Cada uno hace lo que le conviene, lo que le parece y lo que le da la gana!

Se pueden seguir enumerando casos y situaciones en los que se observa este desmoronamiento de manera clara. Las cifras de embarazos precoces no solamente no se estancaron, sino que en los últimos largos años aumentaron; sin duda, reflejan un debilitamiento de la moral humana y juvenil.  

Algo que viene también de lejos, pero que se ha acentuado en este último decenio, es la corrupción que se convirtió en una realidad generalizada tanto en los de arriba como en los de abajo. Basta observar, por ejemplo, lo referente a la escasez, la venta y reventa de productos de primera necesidad por segundas y terceras manos. Desde los de arriba hasta los de muy abajo, por todos lados, hay desvíos que permiten que los recursos lleguen a manos inescrupulosas. ¡Y no son muy pocas!
Pero donde brota con mayor claridad la descomposición es en la presencia de la violencia diaria con sus miles de muertes y lesionados. Todos la sufrimos y la tememos permanentemente. A esto se suman los secuestros de todo tipo, los robos por miles y los cuasi asaltos en jeeps y autobusetas que, hasta en pleno centro de ciudades, se realizan sin mucha resistencia.

¿Cómo se explica todo esto? Sin duda la presencia de la droga y su comercio omnipresente explican el aumento de este fenómeno en gran parte. Asimismo, la debilidad de las policías –demasiadas veces involucradas– y el irregular funcionamiento de la justicia –donde también el billete reina– debilitan el tejido humano y aumentan las tentaciones para mal actuar.

Desde que el presidente Hugo Chávez llegó al poder, las cifras de violencia crecieron de manera vertiginosa. En menos de un par de años, casi se duplicó, y comenzó su expansión en las ciudades y hasta en los pueblos más lejanos.  

Personalmente, y con prudencia, pienso que el lenguaje y las imágenes utilizadas en los discursos oficiales de las altas autoridades se introdujeron en las mentes y corazones de mucha gente débil, con los resultados conocidos. No reclamo lo que dicen, tienen total derecho de expresar su opinión. Si en determinado momento el presidente Chávez logró una cercanía humana muy próxima a la gente común, en muchos otros momentos era muy diferente. Insultos de todo tipo, un tono de intensa violencia, gestos y expresiones corporales que avivaban los resentimientos acumulados y dinámicas que, queriéndolo o no, “caotizaron” nuestra sociedad, dieron inconscientemente permisos y justificaciones a la gente de malvivir y a los débiles que pululan por todas partes.
 
Hasta aquí esta breve descripción de esta descomposición social que vivimos con preocupación todos los día actuales. ¿Todo está perdido? ¿Estamos condenados a eso? ¡Claro que no! Pero de eso conversaremos en una próxima oportunidad.