• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

Al instante

“Estoy cansada, no aguanto más”

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Me lo comentó una vecina, bajando por el ascensor del edificio. No lo dijo en tono virulento, sino más bien triste. Como madre de familia de varios hijos, debe llevar el peso de conseguir la comida, en colas que duran horas y horas, pagar el condominio, el cual es cada día más caro, la búsqueda de las medicinas como si se estuviera visitando los siete templos, el pago del colegio y el peso de la inseguridad que rodea el edificio y la zona donde vivimos.

Tales observaciones: “Estoy cansado”, “no aguanto más”, las oigo con frecuencia entre la gente de todos los sectores de nuestra sociedad. Lo que se podría imaginar como un circunstancial sentimiento como otros tantos en la vida, se está transformando en un suspiro frecuente, dicho de variadas maneras, pero es expresión de un desánimo, cada día más presente, de un sentimiento incrustado en nuestra población.

Como sacerdote en medio de los sectores populares e involucrado en organizaciones sociales, tengo la sana obligación de reaccionar, dando algo de ánimo y esperanza. Lo hago, o mejor dicho, lo intento, con mucha convicción a través de una palabra o un razonamiento y hasta, como es lógico, apelo a nuestra fe, para crear horizontes y esperanzas. Pero no siempre se me es fácil. Como ser humano que soy, siento en mí mismo el gusano de la confusión y el sentimiento de estar confundido por las circunstancias adversas.

Así, me era difícil contestar rápidamente a mi vecina desanimada del ascensor, me despedí con comprensión y apelando a que la situación puede mejorar, si sabemos votar oportunamente. Al igual como a un grupo de emprendedores que se reúnen en los locales de Cesap para celebrar sus resultados y compartir sus problemas, utilizo mi tradicional ejemplo de que “no hay un callejón sin salida”. Y si de repente encuentro un obstáculo, aparentemente infranqueable, “¿qué hacer?: ¡brincar y seguir adelante!”. Tales animaciones no llegan, hoy en día, más lejos que un momento pasajero de alivio, pero se tornan muy pasajeras y superficiales.

La acumulación de dificultades es tan grande que hasta comienzo a preocuparme de que la gente me pida demasiados consejos y soliciten respuestas acertadas que no puedo formular. Siempre he intentado acompañar lo vivido y lo expresado por cada uno de ellos. Es lo mejor que puedo hacer: escuchar con real atención su sentir y expresar mi comprensión en lo planteado; descubrir en sus propias palabras y opiniones alguna semilla con futuro que casi siempre está presente. Y desde allí crear un hilo que abra la dimensión de la esperanza. Apelo a lo ya logrado en el pasado, a la lucha de años en la que lograron vencer y progresar, la familia creciente, la casa que ya construyeron e instalaron, los hijos que avanzan, los estudios ya obtenidos, hasta la felicidad de los nietos que siempre iluminan.

En cuanto al país, les hablo de la responsabilidad cercana de las elecciones de diciembre y de la seguridad que de allí nacerán nuevas oportunidades para superar la situación. Pero al igual que yo mismo, no la ven tan evidente y esperanzadora. La virulencia está presente y el real deseo de trabajar en común no es tan extendido: Muchos temen que los meses venideros y el año próximo pueden ser peor. ¡Ojalá no sea así!

Y, además, el problema para nuestra gente no es el mañana sino el hoy, la violencia hasta en el transporte público, el robo de la mercancía que llevan a casa, el pleito con los hijos que no se conforman con la nueva situación de pobreza que ya invadió a muchos sectores populares.

Hace dos años ya se captó la disminución de los ingresos de la mayoría de la gente y las limitaciones por motivo de la permanente inflación. Pero hubo reservas para aguantar temporalmente, además de la postergación de algunas compras para el hogar. Pero el último año, este año 2015, el salto es terrible y los últimos largos meses afecta la supervivencia diaria. Cada día la comida es más reducida y la nutrición se debilita visiblemente. Lo que durante años había sido un permanente avance acertado que aplaudimos, se cae como una casita de naipes. Las comidas y su variedad nutricional se reducen, las arepas son más pequeñas y menos acompañadas, la carne es excepcional y hasta los huevos desaparecieron por motivo de un pleito entre gobierno y productores. Felizmente, las campañas de Mercal  siguen funcionando a su manera y es el refugio para mucha gente, pero no abarca la demanda por motivo de la pobreza creciente.

Como respuesta al clamor de mucha gente: me energizo decididamente, intento superarme más.

Me energizo a partir de muchos elementos. Nuestra propia madurez acumulada, a lo largo de la vida, es el fundamento de nuestro sentir y actuar. Hemos pasado épocas tan diversas y situaciones tan contradictorias que fueron superadas, no hay elementos para pensar que la situación de hoy es definitiva. Conocía, como niño viviendo en Amberes de Bélgica, la guerra, los bombardeos, los refugios, el subterráneo de la escuela y de mi casa, los silbidos de los cohetes V1 y V2 que cayeron con gran frecuencia sobre la ciudad y su puerto, y podría seguir nombrando otras calamidades. Conocía, luego, un país saliendo de sus cenizas, como conocí muchos años más tarde una Venezuela avanzando e integrándose en lo social y lo humano. Al lado de todas las manchas de la viruela que hoy en día nos afea, conozco la belleza de mucha gente, su capacidad de avanzar y sus valores escondidos entre los escombros de la implosión moral. Pero a pesar de todo, no estamos al final de un camino, sino en un nuevo comienzo.

Me supero además por mi fe en un Dios de Amor que nos deja campo libre para pensar, decidir y actuar como lo vamos a hacer dentro de pocos días en las elecciones venideras. Su cercanía y la de nuestra Iglesia y su Fe que no se conviertan en subterfugios, sino en elementos motivadores para superarnos en una dinámica de convivencia basada en el diálogo y el respeto m