• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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Armando Janssens

50 años en Venezuela: ayer y hoy

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Cuando llegué hace 50 años al país, en marzo del año 65 para iniciar mi trabajo pastoral, como sacerdote diocesano al servicio de la Iglesia en Venezuela, encontré un país en plena ebullición democrática. Siete años antes, había logrado deshacerse de una cruel dictadura militar, cambiándola por una democracia civil e iniciando una temporada del mayor progreso educativo y sanitario de la historia del país. Por todas partes se ampliaba la educación primaria, pero especialmente la media y la universitaria, donde por primera vez también miles de jóvenes de los sectores populares pudieron participar. Viendo las cifras de aquel entonces se debe reconocer que ha sido un esfuerzo sobrehumano con trabajo y resultados donde hasta el número del personal docente se multiplicaba casi por diez en el primer decenio.

Similar la situación en el campo sanitario. Se construyeron grandes hospitales en casi todas las capitales de los estados donde no existían, y en Caracas se complementaban los existentes con los hospitales de Los Magallanes, el Pérez Carreño y El Llanito que permitieron la atención a la población creciente de nuestra ciudad.

A mi llegada, Caracas no tenía ni 1 millón de habitantes y todo el país llegaba a una cifra en pleno crecimiento de 9 millones en comparación con los 30 millones con los que contamos hoy en día. Tal fenómeno es el resultado de la creación en el año 35 del Ministerio de Salud y Asistencia Social, que para ese entonces contaba con un equipo muy capaz de médicos responsables que en 10 años logró controlar las grandes enfermedades endémicas que hoy en día están regresando, como la malaria, la lepra y la tuberculosis y así disminuir los altos índices de la mortalidad infantil, con la conocida consecuencia del vertiginoso crecimiento poblacional.

Nuestra Iglesia había logrado firmar, dos años antes de mi llegada, un modus vivendi entre el Vaticano y el gobierno con el consiguiente nombramiento como cardenal de monseñor José Humberto Quintero. Así pasó de una etapa que hasta el momento fue de muy limitada libertad de acción a una que dio origen a mayores libertades y que se expresó en la creación de una estructura eclesial de 36 diócesis y arquidiócesis que abarcan todo el territorio nacional y que dio inicio a grandes obras educativas como AVEC, Fe y Alegría, APEP y Cáritas entre muchas otras. A pesar de que se ha tenido un permanente déficit de sacerdotes y religiosos para atender los fieles, no se puede desconocer el número importante de seminarios que se ocupan de la formación de nuestra generación de relevo, como de las numerosas casas de religiosas, con una llamativa presencia en los sectores populares.

Pude entusiasmarme, cuando observé en mis viajes al interior, cómo pequeños caseríos perdidos en la costa tenían por fin luz eléctrica y lo celebraban con un sancocho comunitario; igualmente estaba presente cerca de Barlovento cuando un pueblito, gracias al trabajo de ellos conjuntamente con una ONG y la gobernación, instalaban la red y abrían la llave que permitía el acceso del agua a sus casas, especialmente a la escuela donde por primera vez los baños funcionaban como debía ser. Nunca olvido el anuncio en letras simples en la carretera de Barinitas a Santo Domingo, en los Andes, que notificaba con orgullo la inauguración del puesto de salud, donde una enfermera, esperándome en la puerta del centro, atendía con gran esmero todos los días a la población y el médico pasaba religiosamente cada semana.

Este crecimiento reposaba mayoritariamente sobre los precios de petróleo, muy modestos en comparación con los actuales. Igualmente estaba presente la corrupción, que es una enfermedad endémica de nuestra sociedad. Todos los partidos políticos existentes tenían líderes de alto nivel, pero su crecimiento desbordado trajo la debilidad humana de nuestro país con el veneno de la falsa ambición y riqueza. La guerrilla por fin pacificada podía entrar en el quehacer político y se lograba un ambiente de convivencia envidiado por muchos países cercanos.

Cuando hoy en día, 50 años más tarde, me despierto cada mañana no siento mi tradicional entusiasmo espontáneo y deseos de avanzar que durante largos años me acompañaba. Por lo contrario, mi primera oración es pedir la fuerza y la entereza para saber enfrentar los acontecimientos inesperados que se presentarán, y especialmente la ecuanimidad para saber juzgar y actuar con madurez en mi trabajo y con la gente en la tarea de crear justicia, paz y amor. Palabras grandes pero que forman parte de mi leitmotiv de vida.

Lamento que ahora encuentro un país dividido y dañado en su diaria convivencia. Nunca me pude imaginar que las palabras vehementes e insultantes de los más altos líderes del gobierno podrían envenenar las mentes de tanta gente y, queriéndolo o no, apoyar actitudes de desprecio y violencia hasta la muerte de muchos indefensos. Cuando veo las colas en los mercales o supermercados y observo el aguante de nuestra gente durante horas a pleno sol para llegar a conseguir un poco de harina de maíz o la leche y pañales para los niños, me siento triste y avergonzado. Cuando los amigos de oriente me cuentan las horas sin electricidad, y los de los Andes, la ausencia de agua potable, no sé qué pensar ni qué decir, fuera de denunciar la incapacidad de los responsables y del gobierno en general. Lo que debería ser normal en una sociedad medianamente desarrollada se ha convertido en todo lo contrario entre nosotros.

Cada domingo en el barrio después de la misa la gente me habla de todo esto y especialmente los mayores cuentan lo que deben hacer para conseguir los medicamentos. Nuestro pueblo tiene el don para hablar en lenguaje médico y con las palabras justas que no están a mi alcance. Pero las historias son claras: no consiguen lo que necesitan y temen las consecuencias. Ni hablar de las intervenciones quirúrgicas que no se pueden efectuar por falta de todo. Además, llama la atención la disminución del número de médicos en determinadas especialidades. La emigración de muchos galenos se convierte en un asunto ético y moral que también debe ser tratado.

Y en lugar de encontrar soluciones razonables y acciones oportunas para enmendar estos problemas concretos, sigue por parte de las autoridades el rosario de acusaciones de supuestos sabotajes, de culpa de la cuarta, del imperialismo y el capitalismo. Ni una sola palabra seria de mea culpa, ni de búsqueda de acuerdos, ni de incorporar técnicos que saben del problema pero que no están dispuestos a ponerse la franela roja y participar en las innumerables concentraciones.

Y creo que todavía no hemos visto lo más grave: la pobreza creciente que va invadiendo con pasos gigantes nuestra población de abajo para arriba. La gente ya ha gastado lo que tenía en reserva y ahora debe encarar los precios altos con la pérdida de valor de su propia moneda. Cuando leo que algunos estudios serios prevén que dentro de menos de un año 50% de los hogares estarán en pobreza, me parece que estamos llegando al “llegadero”. Y debo añadir en el último momento el drama de dos jóvenes decentes de mi barrio que fueron asesinados a mansalva cuando regresaban de una concentración en rechazo a la detención del alcalde Antonio Ledezma y cuyos entierros fueron inesperadamente pagados ¡por el gobierno…!

Espero, deseo y rezo para que nuestra sociedad encuentre el camino para enderezar esto y salir de este rollo. Sin duda las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional será la ocasión por excelencia para abrir el juego y lograr democráticamente algún cambio real y efectivo.

Ojalá no debamos esperar mucho tiempo.