• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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Armando Janssens

¡Viva el Mundial!

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¡Era mi día de gloria! Cuando llegué el domingo antepasado a mi barrio para la misa dominical, la gente amiga me gritaban desde la entrada y adelante: ¡Bélgica, Bélgica! Y un grupo de jóvenes me acompañaba para buscar dónde estacionar y para recibirme con fuertes abrazos y felicitaciones, igualmente emocionados. Era la primera vez en mis casi cincuenta años en el país que se hacía referencia a mi país de origen que, además, no es muy conocido entre la gente. Pero ahora sí hubo motivo para este imprevisto entusiasmo.

El día sábado –el día anterior– en la competencia mundial de fútbol en Brasil, Bélgica había ganado 3 a 2 al equipo de Estados Unidos, en un duelo de noventa más treinta minutos. Un juego lleno de emoción y que llegó a ser una de las mejores exhibiciones de la competencia futbolística. Con un alto nivel de creatividad y aguante para con el equipo de la potencia mundial, logró doblegar su fuerza y obligarlo a salir honradamente de la competencia. ¡Era David que ganó a Goliat, como tantas veces pasó en este juego deportivo! Vea, por ejemplo, a Costa Rica, para nombrar el más llamativo. Logró de sacar a España y a Italia que eran los favoritos más renombrados. Y estuvo a punto de repetir eso con Holanda. ¿Quién podría imaginarlo?

Coincidió tal evento cercano con el Día del Padre que celebramos en el barrio, y donde los mismos jóvenes por propia iniciativa habían adornado la capilla con todas las banderas de los países participantes en este fasto deportivo, y cuyos nombres y ubicaciones apenas conocíamos. La predicación vino como anillo sobre el dedo con los numerosos papás presentes, hablando de la responsabilidad personal y social, el juego en equipo (¡la familia!), la honestidad y el “fair play” (jugar sin trampas) que no nos es tan común. Igualmente se hizo referencia a los gestos religiosos de muchos jugadores latinos al momento de entrar en juego o de conseguir el tan deseado golazo. Un momento intenso en el cual cielo y tierra casi se tocan con alegría y seriedad, bajo la mirada misericordiosa del Cristo Redentor de Río de Janeiro.

Pero esta vez la atención se centraba sobre Bélgica y un mapamundi ayudó a ubicarlo y relativizarlo: ¿Tan pequeño? ¡Algo como el estado Guárico de nosotros! ¿Y qué come la gente? Bastantes papas fritas y los famosos mejillones y, naturalmente, los pralines de chocolate, tan conocidos. ¡Sí, pero nuestro chocolate es mejor!

Al lado de la euforia pasajera con el equipo de Bélgica, la simpatía manifiesta iba a Colombia y también a Brasil. La gran descendencia neogranadina juega un papel importante, y en general las familias colombianas tienen estructuras familiares más sólidas. Hasta logran con frecuencia avanzar social y económicamente, y producen por eso algo de envidia. Brasil siempre ha tenido mucha simpatía venezolana, especialmente en el fútbol. Y a pasar de que bajó un poco su nivel de fama, seguro que nuestra gente iría con ellos hasta donde llegaran.

Es agradable constatar la inmensa curiosidad de nuestra gente. Se interesa en muchas más cosas de lo que se puede imaginar y saben un poco de todo. No solamente en esta competencia máxima, sino en tantos otros aspectos. Aquí la tan nombrada marginalidad es relativa. Saben, igual que todos, el precio del dólar libre y sus fluctuaciones, y comprenden mejor que nadie los enredos del gobierno con los problemas del desabastecimiento. Además, casi no hay familia que no tenga acceso a la computadora gracias en parte a las Canaimitas, pero falta con frecuencia Internet. Desde la primaria los muchachos aprenden a investigar por medio de este instrumento.

Por todo eso y mucho más: ¡Viva el Mundial! Ha sido un intermezzo tan necesario para recuperar un poco de equilibrio y de emoción sana en estas temporadas tan difíciles. No hay rojitos ni escuálidos, todos somos iguales con la gran variedad de ser “hinchas” de nuestro equipo preferido. Solamente hay pena porque nuestro equipo Vinotinto no participó en este magno evento. Seguro, un día futuro lo vamos a poder celebrar.