• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

Al instante

¡Ven, Señor Jesús!

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Todos nos pusimos de pie. Invité a que nos colocáramos la mano sobre el pecho como símbolo de convicción y compromiso. La capilla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el barrio de El Observatorio, arriba del 23 de Enero, estaba llena de gente de todas las edades: jóvenes que se preparan para la primera comunión y otros para la confirmación, las señoras de Talita Khoum que llevan la comunión a los enfermos, el coro que siempre acompaña los servicios litúrgicos, los integrantes del Centro Comunal con su kinder y el cyber, los distintos grupos juveniles de “Crecha”, y evidentemente las familias y la gente de la comunidad cristiana.

La capilla está bellamente adornada gracias a los voluntarios, con muchas estrellas brillantes y el pesebre luce como todos los años en su lugar preferencial, bajo el cuidado del arcángel Gabriel. Hasta los Reyes ya están presentes, solamente falta el Niño Jesús que debe esperar hasta la noche del 24.

Pero, en este primero de los cuatro domingos del Adviento, lo que ha sido el centro de atención es la tradicional corona hecha de ramas de pino que nunca pierde su color, adornada con cuatro velones que sucesivamente se prenden cada domingo y simboliza la fe creciente.

“Ven, Señor Jesús” repetimos a una sola voz, mientras Rolando –el responsable de la catequesis– prende con un ligero temblor en sus manos la primera vela. Surge un ambiente de silencio y devoción: ¡Ven, Señor Jesús! Repetimos todos con insistencia:

—Dame un corazón puro que elimine mis prejuicios y odios y que me acerque a los demás.

—¡Ven, Señor Jesús!

—Dame una mente clara que me haga diferenciar con amor el bien y el mal que me rodea.

—¡Ven, Señor Jesús!

—Dame unas manos que sirven a todas y todos con generosidad y eficacia.

—¡Ven, Señor Jesús!

—Dame la actitud acertada con los niños y jóvenes que deben crecer en un ambiente tan adverso.

—¡Ven Señor Jesús!

Un fondo musical de dos guitarras subraya la intimidad del momento. Hay un silencio sagrado, solamente interrumpido por un carrito de heladero que pasa por la calle. ¡Qué momento grande! ¡Momento intenso!: ¡“Ven, Señor Jesús”!

¡Algo inesperado! La señora Benilde entra con la Biblia alzada y la lleva al atril para la lectura del Evangelio. Con sus 40 años sigue siendo muy comprometida con su familia y el trabajo de la vicaría, vive intensamente su fe. Pero esta vez, contrario a lo común, se deja tomar por la emoción del momento y la música de las guitarras e inicia un baile, como jamás pudimos imaginar y describir. Es más que un baile: es una expresión corporal vivida desde adentro, desde su corazón y su convicción y que mueve su ser en un acto de fe.

El diálogo entre las guitarristas y la bailarina es espontáneo y se complementan ambas sin fallas. Y todos los asistentes están pendientes, no dejando escapar ni un solo movimiento, ni una sola nota. Cuando por fin me entrega el libro de las lecturas no pude decir más que: “Ven, Señor Jesús”, lo que toda la capilla reafirmaba con un sonoro aplauso, nacido de la admiración por la bailarina y por la profundidad del momento.

Como se sabe, el sentimiento religioso está muy presente entre nuestra gente, especialmente en los sectores populares, y abarca casi la totalidad de la vida. Desde cuando se levantan hasta cuando se acuestan, viven esta dimensión casi de manera natural. La presencia cercana de lo  divino y la referencia a la Virgen y a los santos dan un sentido evidente a sus vidas. Es cierto que muchas añaden devociones ajenas que nos obligan a estar atentos para orientar y catequizar. Al igual que hay bastante distancia entre la fe y el comportamiento moral: pocos o casi ningún matrimonio, pero si decenas de bautizos.

“Ven, Señor Jesús” sigue siendo la meta de nuestras vidas en esta comunidad asistida por las hermanas de Vorselaar. La ponemos en presente por medio de la oración y la formación. Igualmente, por medio de la catequesis familiar que involucra a los padres en la preparación de los sacramentos iniciales. Pero la celebración de la misa dominical es el mayor acontecimiento donde el encuentro entre todos alrededor del altar y de la Biblia es la fuente más expresiva de nuestra fe: ¡Ven, Señor Jesús!