• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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“Hacer”

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Este artículo forma parte de un texto más amplio, que presenté en la Universidad Valle del Momboy de Valera, en Trujillo, en ocasión de recibir un doctorado honoris causa, el viernes 17 de abril próximo pasado. Agradezco con gran corazón al presidente del Consejo Superior, Francisco González; la rectora, María Teresa Bravo Luna, y Mario Chinchilla, secretario académico, y las demás autoridades por este reconocimiento que transfiero con alegría a tantos colaboradores de ayer y hoy, que han hecho posible las obras que hoy constituyen nuestro legado.

 

Cuando hace más de cincuenta años asistí al Curso Introductorio de Liderazgo Juvenil del Movimiento Scout en mi ciudad natal de Amberes, en el norte de Bélgica, aprendí de manera sencilla, pero definitiva, algunos elementos básicos que a lo largo de los años de mi vida me orientaron en la delicada pero atrayente tarea de construir un liderazgo social.

Era, y es, una trilogía aparentemente sencilla pero de un poder extraordinariolo que en aquel entonces me enseñaron: “Hacer, hacer con, hacer-hacer”. Cuatro veces se repite la misma palabra: “Hacer”, sin duda una palabra de acción, de movimiento, de decisión, de esfuerzo, de meta a alcanzar, de objetivo a definir. Una palabra – “hacer”– no tan común en nuestra cultura, sino más bien donde lo declarativo está en boga. Esto sigue siendo la forma de hacernos presentes socialmente, donde la declaración, el discurso, lo formal-jurídico, lo teórico-abstracto, para no decir lo especulativo, es lo que nos distingue y define. Con frecuencia nos quedamos en el pasado y no nos quedamos pendientes del futuro. Demasiadas veces tapa nuestras relativas incapacidades de hacer, realizar, construir y realmente avanzar sin marcadas referencias a “este animalito” –este virus– que nos acompaña y que es el petróleo, el cual nos ha dado abundantes recursos, sin muchos esfuerzos y con resultados relativos. Y de repente cuando los precios caen, ya no sabemos cómo “hacer” para sobrevivir con cierta dignidad. Frente la pobreza creciente no hay palabras que alivien, ni discursos que solucionen.

De todo esto, y mucho más, se trata el “hacer” de una persona que se pone en marcha con la idea de cambiar en algo este mundo, por limitado que pudiera parecer. Él invita para la actividad, él elabora la carta explicativa, él la reparte entre las amistades más cercanas y él la explica, él prepara el día y el lugar, él organiza la actividad y él busca las sillas, él recibe la gente con cordialidad, él da las palabras de bienvenida y también de clausura, él agradece a la gente que asistió y los pocos que ayudaron en algún momento, él hace el informe y él espera la reacciones posteriores, que sin duda serán lentas, inseguras y contradictorias. Seguro que entre los fundadores de la Universidad Valle de Momboy, o de tantas otras iniciativas sociales que nacieron en esta bella tierra de Trujillo, muchos se reconocen y hasta sonríen, no por la ingenuidad que pudiera parecer, sino por esta hermosa sensación de hacer cosas y salir del anonimato para iniciar este camino del compromiso social que sin duda quema en muchas ocasiones pero que, al mismo tiempo, es el acumulador de energías renovables y por eso sostenibles, en este apasionado mundo donde vivimos. El hacer individual es sin duda la gimnasia fundamental de mi desarrollo social. Me enseñó mucho y me enseña mis límites, al igual que mis capacidades, y sigue siendo la fuente de las demás etapas posteriores. Pero como todos la pueden imaginar, es una etapa que debe ser superada y complementada en el “hacer con”.

El segundo paso es evidentemente de mayor alcance y complejidad: “Hacer con”. No me muevo yo solo, sino invito a otros para formar parte de la iniciativa, colaborar con mi propuesta, tomar responsabilidades sencillas que puedo seguir coordinando con mayor facilidad. Les convenzo de la validez de la iniciativa y con ellos planifico los detalles de la actividad a realizar. Repartimos las responsabilidades y hasta evaluamos juntos los recursos que utilizamos para luego definir el paso siguiente e intento formar un equipo que comulgue y se identifique con mis ideas, mis fantasías, mis experiencias. Sí, ya se pueden dar cuenta: se trata de un líder con su equipo que se convierte, en sus propias palabras, en “mi” equipo. Al fin y al cabo el deseo, consciente o no, es el de tener un equipo de colaboradores para realizar lo que siempre hemos soñado.

No se debe subestimar el valor de este esfuerzo que se realiza. Para muchos será un aprendizaje de buen nivel y les dará tiempo para madurar en eso de hacerse trabajador social. Los que ya tienen más tiempo en este camino de trabajar en dependencia de otros, sin mayor capacidad de ser reconocidos, se cansan paulatinamente. No se sienten más con el mismo entusiasmo de antes y comienzan a ver las debilidades de lo emprendido.

En realidad, hay una gran diferencia entre “trabajar con equipo” y “trabajar en equipo”. Esto último es una diferencia cualitativa que nos deja entrar en dinámicas muy superiores y nos conduce a la creación colectiva de todo el equipo y sus integrantes. Es la fuente inagotable donde todos aportan ideas, construyen, ejecutan tareas diversas, evalúan en sana crítica, y definen los pasos siguientes. Con los necesarios matices inherentes a esta dinámica, no todos pueden estar en todo; es la base de cualquier iniciativa. El arte radica en mantener la coherencia interna del equipo alrededor de sus objetivos y metas, y lograr una salud mental adulta que permita su funcionamiento armónico. Todos los que trabajamos en esto debemos tener experiencias variadas y algunas veces no tan exitosas.

Al fin y al cabo es de allí de donde nace la capacidad de “hacer-hacer” como la tercera etapa de este camino emprendido. Ya en esta etapa surgen las dinámicas grupales, en gran parte influenciadas por el encuentro de caracteres y personalidades. Con gran frecuencia hemos observado que el esfuerzo de buscar consensos y acuerdos entre una gran variedad de personas de un equipo absorbe tiempo, mucha energía y bastantes roces que agotan. Debemos revisar con frecuencia si el tiempo dedicado a la creación de un equipo eficaz, hasta algunas veces no es mayor que el tiempo dedicado a la consecución del objetivo planteado.

En este “hacer-hacer” está la culminación de este proceso personal que pide un sano desprendimiento y una capacidad de acompañamiento, gozoso y satisfactorio.

Me recuerdo todavía una conversación con el padre José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría, institución que hoy en día celebra sus setenta años de intenso trabajo educativo, en las bellas instalaciones en El Valle de Mérida, donde descansando a su elevada edad me expresaba su felicidad por ver cómo esta iniciativa que nació en un barrio de Catia, en Caracas, seguía su camino, y me aseguraba: “Está en buenos manos, no depende más de mí, a pesar de que sigo soñando permanentemente con él”. Y al mismo tiempo dibujaba los talleres de una nueva escuela para fabricar instrumentos musicales.

Igual me puedo imaginar que aquí, en nuestra Universidad Valle de Momboy, pasa algo similar cuando su fundador y primer rector, Francisco González, junto con su equipo, observan, después de tantos años, los logros obtenidos: una universidad moderna, anclada en las comunidades, con un nivel académico reconocido, con una permanente capacidad de adecuación a las circunstancias y con un espíritu emprendedor que apunta sobre una riqueza que luego profundizaremos.

Igualmente puedo hablar de mi propia vivencia en el Grupo Social Cesap, que ya tiene más de 40 años de trabajo en la acción popular, y que sigue creciendo en épocas muy complejas, en una gran variedad de programas; en Sinergia que hace 15 años comenzó con un equipo de excelentes responsables de una docena de organizaciones sociales; en Bangente, el banco de la gente emprendedora, integrado por un banco comercial y, en su origen, por 3 organizaciones sociales, que en estos 15 años ha otorgado más de 500.000 créditos a sectores populares; en Proadopción que, con gran sencillez y eficacia está dando un giro en el manejo de este delicado asunto. Todo este esfuerzo con equipos humanos de nivel comprometido y, por qué no decir, militantes, en el sentido humano, democrático.

Reconozco que este “hacer-hacer” se instaló en mi vida gracias a la riqueza humana que se formó en cada una de estas iniciativas. Igualmente debo reconocer que me produce –a pesar de las normales y múltiples limitaciones y equivocaciones– una profunda felicidad y gratitud para con todos aquellos que se convirtieron en hacedores de este camino común, gracias a Dios.